Dos científicos avilesinos encabezan la labor del Instituto Josep Carreras

Los científicos avilesinos Pablo Menéndez, director del Instituto Josep Carreras, y Cristina Prieto, que prepara su tesis doctoral. /
Los científicos avilesinos Pablo Menéndez, director del Instituto Josep Carreras, y Cristina Prieto, que prepara su tesis doctoral.

Pablo Menéndez, director del centro, y la bioquímica Cristina Prieto investigan fórmulas para combatir una de las leucemias infantiles más letales

BORJA PINOAVILÉS

En ocasiones, la influencia avilesina puede ser detectada en los campos más insospechados, desconocidos y, sin embargo, importantes del saber humano. Y no es imprescindible alejarse demasiado de las fronteras comarcales para comprobarlo. Ejemplos de ello son los científicos Pablo Menéndez Buján y Cristina Prieto Fernández, ambos originarios de Avilés. No en vano, desde hace ya varios meses se han transformado en dos de los engranajes que hacen funcionar el Instituto de Investigación contra la Leucemia Josep Carreras, adscrito al hospital Clínic de Barcelona.

A pesar de su origen común, la presencia y las responsabilidades de estos dos profesionales difieren notablemente. Hace ya un año y cuatro meses que Pablo Menéndez, de 40 años y con una trayectoria a sus espaldas plagada de éxitos en Canadá y en Gran Bretaña, asumió el cargo de director del instituto, primer y único centro español dedicado exclusivamente al estudio y tratamiento de los tumores de la sangre. «Lo que intentamos es establecer modelos celulares para comprender cómo se generan las dolencias, qué células atacan y qué fármacos resultan eficaces», resume.

La suya es una evolución profesional que aspira a emular Cristina Prieto. A sus 26 años, es una de las nueve integrantes del equipo que lidera directamente Menéndez, al que se incorporó el pasado mes de enero, con el objetivo de concluir su tesis doctoral a lo largo de los próximos dos años. Y eso pese a que jamás imaginó que llegaría a encontrarse en la situación presente. «Sinceramente, mi plan era dedicarme a algo más técnico, pero en el instituto caí por casualidad en una clase de Biología con una profesora que hacía muy bien su trabajo. Me contagió su pasión y decidí replantearme mi futuro», recuerda la joven.

No obstante, además de sus orígenes existe otro elemento que ambos comparten: el afán de encontrar una cura para la leucemia linfoblástica aguda del lactante, una dolencia que afecta a los niños menores de un año y que, pese a su rareza, goza del dudoso honor de tener una tasa de mortalidad del ochenta por ciento. «En España somos los únicos que trabajamos con este tipo concreto de leucemia», afirma con orgullo Prieto, consciente de la trascendencia de su labor. Y es que, aunque la modalidad de la enfermedad que investigan afecta sólo a entre ocho y diez niños al año, cuenta con el peor pronóstico posible. «Se trata de un tumor muy cercano al momento del nacimiento, y eso reduce nuestro margen de actuación», interviene Menéndez.

Sin embargo, su lucha contra esta patología no está exenta de obstáculos, y no exclusivamente clínicos. Conocedor de las realidades que se viven en otros países, Menéndez reconoce sin ambages que «en España la investigación se toma como un juego, y a nosotros se nos ve como a gente que no sabe qué hacer y que mata su tiempo con esto». Y de esa tesitura responsabiliza, en buena medida, al Gobierno de la nación. «El apoyo gubernamental es muy bajo, porque los políticos sólo entienden de ciclos de cuatro años. La ciencia necesita mucho más tiempo para dar resultados. Y luego pasan cosas como el ébola, y no estamos preparados para ello».

Para personas como Prieto, ante las que se extiende un camino profesional incierto y, probablemente, ligado a la emigración, esos impedimentos resultan tanto más incomprensibles cuando se atiende a la reputación de los científicos profesionales. «Hasta donde he podido comprobar no se nos valora mal fuera de España. Aún queda algo de ese tópico de que somos un país de fiesta y olé, pero se sabe que estamos luchando a diario con lo poco que tenemos, y que no lo hacemos mal».

Con todo, ni ella ni sus compañeros de equipo pierden la ilusión que les embarga. «No creemos a diario que vayamos a cambiar el mundo, pero pensar que, algún día, colaboraremos en que un niño sobreviva nos anima a seguir peleando».