ArcelorMittal vende la sede de Luxemburgo

Vista general del edificio de la Avenue de la Liberté, hasta ahora sede oficial de ArcelorMittal en Luxemburgo. /
Vista general del edificio de la Avenue de la Liberté, hasta ahora sede oficial de ArcelorMittal en Luxemburgo.

La operación llegó al Parlamento luxemburgués para que se impidiera la entrada de capital chino y ruso en uno de los edificios emblemáticos del país

JOSÉ MARÍA URBANO

ArcelorMittal ha resuelto el terremoto que supuso en su día el anuncio de que se disponía a vender la sede de la multinacional en Luxemburgo, un edificio de estilo neoclásico situado en el corazón de la capital luxemburguesa, en la Avenue de la Liberté, el mayor bulevar de la ciudad.

La operación, cerrada hace algo más de un mes, vuelve a poner de manifiesto algo que en las últimas semanas ha sido objeto de reflexión en Avilés y en Asturias a raíz de lo sucedido con Alcoa. El resumen siempre es el mismo: las multinacionales no entienden de romanticismos ni de territorios cuando se trata de engordar su cuenta de resultados.

La sede social de ArcelorMittal, un edificio imponente, orgullo de Luxemburgo, comparado en muchas ocasiones con el palacio de los Grandes Duques, que algunos lo sitúan por debajo incluso por su significado, fue la herencia recibida por los Mittal como consecuencia de la opa lanzada sobre Arcelor en 2007, fruto a su vez de la fusión llevada a cabo en 2002 por la empresa luxemburguesa Arbed, la francesa Usinor y la española Aceralia. Y mucho antes, el edifico histórico fue la gran sede de Arbed, el mayor empleador privado de Luxemburgo, el eje sobre el que se cimentó su gran industria, con intereses supranacionales, fundamentalmente en Sudamérica, y más concretamente en Brasil.

Pues bien toda esa historia escrita entre las paredes del gran palacio de la Avenue de la Liberté se ha cerrado de un plumazo para dar paso seguramente a nuevas oficinas del banco nacional luxemburgués que finalmente ha protagonizado la operación de compra.

La historia de una venta

Una de las cláusulas de la opa por la que se fusionó Arcelor y Mittal -algunas de ellas se quedaron en papel mojado a los pocos meses de cerrarse el acuerdo- recogía que la sede social de la nueva compañía líder mundial de la siderurgia estaría en Luxemburgo, ocupando el inmueble situado en el centro de la ciudad, que ocupa 15.000 metros cuadrados. Se trata de un edificio construido en 1922, con las alas agrupadas en torno a un gran patio interior. La fachada principal se distingue por una puerta flanqueada por columnas, adornado con figuras, que incluyen las de Mercurio y Victoria, símbolos del éxito, el comercio y la industria. En su entrada principal figura labrado sobre la piedra el nombre primitivo de Arbed.

ArcelorMittal mantiene la sede oficial en la capital luxemburguesa, aunque todo el mundo sabe que la sede ejecutiva y efectiva se encuentra en Londres, en Berkeley Square, en donde Aditya Mittal, el hijo del magnate indio, tiene su despacho.

El nuevo gigante siderúrgico nunca se encontró cómodo con la monumental sede luxemburguesa, y de hecho hace tiempo que estaba prácticamente vacía, habiendo traslado a su personal a un edificio de oficinas en la zona de Petrus, en el bulevard d'Avranches y Gasperich, en donde ocupa tres-cuatro plantas.

De ahí a la venta del edificio sólo quedaba aprobar la decisión y comunicarla. Y así se hizo entre la incredulidad de un país que ve en esa sede uno de los símbolos de la prosperidad de quien figura como uno de los centros financieros más importantes del mundo, el mayor centro de banca privada de Europa, líder en Europa Central de empresas de reaseguros, y en el que el sector financiero es su pilar más importante, el que soporta el 22 por ciento del empleo. Pero la siderurgia siempre ha sido para los luxemburgueses el modelo de éxito de la diversificación iniciada en el siglo XIX. Por eso, el anuncio de la venta de la sede fue mal digerido desde un principio, sobre todo cuando empezaron a trascender noticias tan dispares como las que situaban el edificio en manos de un banco chino, o en las de inversores rusos, que planteaban transformarlo en un gran complejo en el que se integraría un hotel de lujo, un centro comercial y un espacio cultural.

La posible venta no se quedó en una simple operación urbanística y financiera, sino que al tratarse de un edificio emblemático, catalogado como patrimonio nacional, que es la protección más importante que se puede conceder a un edificio en Luxemburgo, el asunto llegó al mismo Parlamento nacional.

Y al final se impuso la solución menos mala: que la antigua sede de Arbed se quedara, de alguna manera, en manos del Estado. Y así es como a mediados del pasado mes de noviembre se firmaba el convenio de venta por el que el 'Banque et Caisse d'Epargne de l'Etat' (BCEE) se convertía en el nuevo propietario.

Los números de la operación no han trascendido, lógicamente, pero en el convenio firmado algo habrá tenido que ver la promesa de la compañía siderúrgica de construir una sede nueva, en un edificio de nueva planta, con capacidad para 1.200 trabajadores.

La operación cerrada constituyó una cuestión de Estado, no sólo por la implicación de un banco nacional, sino por la presencia en la misma firma del convenio de nada menos que del primer ministro de Luxemburgo, acompañado del ministro de Finanzas y de el de Economía.

Los luxemburgueses han respirado tranquilos al poder preservar uno de sus símbolos, evitando así que capital chino o ruso se quedara con un edificio que representa al país. De momento se ha salvado de las garras del capitalismo tras meses de negociaciones en los que fuentes de ArcelorMittal reconocieron que habían recibido y estudiado numerosas ofertas. En esta ocasión, el estado luxemburgués pudo apostar más fuerte.

 

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