El entrenador de los chavales

El entrenador de los chavales

Presidente del Llaranes C.F., le gusta inculcar valores como disciplina y deportividad a los críos mientras pelea por la supervivencia del fútbol base

CRISTINA DEL RÍO

Es Peral, el futbolista y entrenador. El ahora presidente del Llaranes Club de Fútbol. El de la voz ronca, frases escuetas y decisiones que no admiten medias tintas. Hombre de barrio pese a haber nacido en Gijón, lleva los números de la parroquia y, bajo las siglas del club, participa en todo aquella actividad puesta en marcha por el activo tejido social de Llaranes.

El fútbol ha sido siempre su otra vida, la lúdica, la deportiva, la que tiene más que ver con la pasión que con la obligación, por eso en algunas épocas de su vida se ha sentido libre para desvincularse de compromisos cuando las cosas no fluían por el cauce que él consideraba adecuado.

Lo explica sin dar demasiados detalles porque tampoco es plan de descubrir faltas ajenas o deslealtades menores. Y tal contundencia imprime con esa voz perjudicada por el tabaco que se sabe al momento que un no es un no y pocas veces hay margen para un tal vez.

Son principios que a él le gusta transmitir a sus chavales, a los que lleva entrenando desde hace 35 años. Ahora, como presidente, solo lo hace cuando tiene que cubrir la baja de alguien pero durante muchos años lo ha hecho de manera ininterrumpida. Uno de los más importantes para él es la disciplina, esa que cree que todavía es posible enseñar en campo de fútbol base y con chiquillos que juegan al fútbol de verdad y no al negocio en el que se ha convertido y que a él no le emociona nada. No es que reniegue pero entre un partidazo transmitido por televisión y uno de cualquiera de las categorías del Llaranes C. F. se queda con el segundo.

Juan Miguel Gonzalo Peral Rodríguez nació en Gijón en 1952 pero los nombres han ido cayéndose por el camino hasta quedar en Peral. Con su padre, guardia civil de profesión, y su madre, una cubana de nombre aún mucho más largo que el suyo agárrense, María Teresa Eloína Severina Blanquita Lucía, se trasladó a Podes con unos meses y se estableció definitivamente en Llaranes con dos años.

El padre entró a trabajar como guardia jurado en la empresa en la que trabajaba todo el barrio, en Ensidesa, y que se presentaba como horizonte más que probable para la generación nacida de todos aquellos trabajadores.

Peral, sin embargo, tras estudiar Maestría empezó a trabajar con dieciséis años como administrativo en la empresa de decoración Auto Funcional. No la dejó ni cuando tuvo que irse a León a cumplir el servicio militar obligatorio. Las tandas de quince días que podía estar aquí las pasaba trabajando. Conservó el trabajo incluso los dos primeros años de su llegada a Ensidesa. Primero, en Laminación, en el tran tándem, y los últimos quince, en los almacenes generales. En medio, dedicó ocho al comité de empresa como representante de USO. Dos mandatos que no repitió y de los que guarda más sinsabores que otra cosa porque, reconoce, que poco podían hacer y presionar frente a los sindicatos con mayor representación.

Con los turnos de Laminación se las apañó como pudo para mantener inalterable el compromiso con múltiples equipos de fútbol. Con el permiso de su mujer, «que ya me conoció así», cambiaba con un compañero los turnos de noche para poder entrenar. Había empezado en el Escolar de los Salesianos, luego pasó al Bosco y al Ensidesa. Los últimos tres en los que militó fueron el Marino y el Independiente, un desaparecido equipo de Llaranes. Fue el primero en el que comenzó a hacer de todo. Jugaba, entrenaba y hasta ejercía de directivo. Con más voluntad que medios llegaron a ascender a Primera Regional pero la aventura se terminó abruptamente porque no tenían ni campo propio. Con ella también se perdieron las pitanzas elaboradas por sus mujeres con las que se ponía el broche a los partidos.

Luego, entrenador

Aunque sin titulación, fue en ese Independiente en el que Peral dio sus primeras órdenes en el campo de juego. Pero viendo que la iba a necesitar sacó la de segundo grado de regional en 1979. Una titulación a la que le ha sacado rendimiento. Ha entrenado, y no necesariamente en este orden, al Navarro, al Berrón, al Marino de Cudillero, al cadete del Real Avilés, al Bañugues, al Revillagigedo y al Atlético Avilés en Liga Nacional Juvenil. Y paró en 2011.

Podría haber sido algo definitivo pero se cruzó el barrio por medio. O más bien lo cruzó él porque entre café y café de esos que bebe sin parar se topó con una escuela de fútbol y un club lleno de ilusión. Y al barrio no puede decirle un no. Comenzó de entrenador de los chavales y desde el pasado mes de abril es el presidente.

El club cuenta actualmente con 130 críos más el equipo de aficionados de Primera Regional. Tienen un equipo de iniciación con niños de 3 y 4 años («es un gusto verlos jugar», matiza), prebenjamín, dos equipos benjamines, dos alevines, un infantil, un cadete y un juvenil. Y una masa social gracias a la que sobreviven, aparte de la aportación de Fundavi. Llegaron a tener 650 socios pero el año pasado se produjo un considerable descenso que ha dejado el número en unos 385. Una cifra, en cualquier caso, nada desdeñable para la categoría.

Del campo de La Toba, Peral pasa al de la parroquia. Su mujer, Nieves, es la encargada de Cáritas, y él lleva los números de un barrio muy solidario. Las distintas asociaciones, bien de carácter cultural, lúdico o deportivo, van de la mano en las variadas jornadas solidarias que organizan. Y Peral está por allí, confundido entre los padres y los críos que lo animan a seguir día a día al frente del club.