Entre tablas, patadas y carreras

Carlos Meana, en su negocio.
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Carlos Meana, en su negocio.

Ha sido karateca mundialista y pionero en la enseñanza del surf en Asturias, deporte al que ha ligado su nombre a través de festivales como el Surf & Music Friends

POR CRISTINA DEL RÍO

No hay lesión que pueda con Carlos Meana. Deportista nato, se rebela contra cualquier impedimento de seguir al pie de cañón y no pierde ni la forma física ni las ganas de trabajar de las que siempre ha hecho gala. Surfista, skater, karateca, empresario y promotor de festivales son algunos de los campos en los que ha destacado, pero no los únicos. A sus 47 años, acumula experiencias y trayectoria suficiente como para echar la vista atrás y sonreír con el recuerdo de aquel chaval que no se aplicó con los estudios en el Colegio Virgen de las Mareas porque con cuatro hermanos mayores y un padre vinculado a la rula algo le decía que su futuro estaba en esa lonja.

Podría haber sido así, porque siendo un adolescente comenzó a arreglar las cajas de madera que usaban en los barcos para cargar el pescado y cosiendo las redes con Joselo como maestro y su hijo Juanjo de compañero. Siguiendo los pasos de su padre, Ángel, y la línea del litoral, con 16 años se estrenó como socorrista los fines de semana en la playa de Salinas. Este es el que considera su primer trabajo, por el que recibió su primer sueldo, y con el que más disfrutó. Qué más puede pedir un enamorado del mar que pasar todo el día en la playa de la que proceden sus primeros vínculos con el surf.

Era un crío y los primeros surfistas de Salinas, los que introdujeron el deporte en la comarca, se deslizaban en aquellas tablas grandes vestidos con trajes más parecidos a los de bucear que a los actuales de surf. A Carlos le encantaba verlos. Él esquiaba desde muy pequeño con su familia y pensaba que aquel deporte no podría ser muy difícil para alguien que se deslizaba por la nieve. Los propietarios del escaso material que había entonces lo dejaban en el puesto de servicio para que otros pudieran probarlo y así cogió Carlos, y otros muchos, su primera ola.

El surf se sumaba al kárate, que también por afición paterna, comenzó a practicar con los pioneros en Avilés, Manolo Enjuto y su socio Jaime, Espiñeiro y Bustamante, en el Instituto Menéndez Pidal, entonces 'el femenino'. En esta ocasión sobre el tatami, Carlos absorbió la filosofía de un arte marcial importado de Japón basado en conceptos como la rectitud, la sinceridad, el respeto y la lealtad.

El kárate pronto supuso, además, trasladarse a entrenar al Cecchini, en Oviedo, nuevos horizontes para que una persona sociable por naturaleza ampliase su círculo de amistades y, por supuesto, su técnica deportiva. Luego habría más gimnasios, también en Avilés, pero de aquella, a finales de los setenta, el desarrollo industrial y económico de la región aún no se había traducido en negocios en las ciudades.

Entrenó en Gijón con el japonés Iromichi Kojata durante años y luego ya regresó a Avilés, al Discóbolo, donde se desarrolló como karateca con Marcos Mangas hasta conseguir el cinturón negro. Fue su entrada en 1990 en la competición mundial con una selección española de kárate trufada de veteranos y de madrileños que miraron con recelo la llegada de aquel chaval asturiano. Meana no pudo contribuir al campeonato del mundo que se llevó la selección en 1992. Su oportunidad llegó dos años después, en el Mundial de Malasia. Una gran experiencia deportiva en lo personal pese a la ausencia de resultados deportivos.

Dejó la competición, pero nunca se ha desenganchado del kárate, en el que tiene cinturón negro 3 dan, el único deporte con el que logra desconectarse de todo lo que le rodea, algo que no consigue ni el surf ni las carreras de montaña a las que también está entregado y que utiliza de excusa para asaltar los picos internacionales más aclamados. Eso siempre y cuando se lo permite su tienda y su escuela de surf.

No fue el primer surfista, ni tampoco el mejor, pero sí el primero que se dio cuenta de que la formación autodidacta que imperó en los primeros años no iba acompañada de unos conocimientos técnicos o de seguridad en el agua, algo que él sabía bien por sus años como socorrista.

La suya fue la primera escuela de surf de Asturias y, junto a la cántabra, de las primeras de España. Comenzó en 1991, pocos años después de haber aumentado su popularidad en el mundillo como dependiente primero y luego propietario de la tienda 'Never Stop', especializada en material deportivo de skate y de surf cuando no existía internet y las novedades había que verlas en tienda. Se acercaba gente de otros puntos de Asturias para comprar sobre todo productos de patinaje y cuando llegaba pedido aquel pequeño local de Cabruñana se parecía más a un centro social lleno de amigos. Porque otra cosa que destaca de Carlos todo aquel que le conoce es que, a pesar de una imagen que por temporadas ha coqueteado con lo agreste, es una bella persona.

La escuela comenzó en un local cedido por el Patronato Municipal de Deportes de Castrillón y hace dos años se estableció en una casona desde la que vigila el mar a distancia.

Sus 'mil millones de cosas' en la cabeza le impiden ser más organizado de lo que le gustaría. Peccata minuta en cualquier caso porque aún así logra diseñar y poner en marcha con solvencia diferentes campeonatos siempre vinculados al surf, como el primer circuito asturiano de Body Board, o el Artículo 20 en Avilés. Los últimos cuatro años está volcado con el Festival Surf & Music and Friend, paralelo al Longboard, y en cuya última edición ha vuelto a dar un hueco a la seguridad en la playa con el 'Waterman Challenge'. Porque lo cortés no quita la valiente, y la fiesta no se riñe con la seguridad y prudencia.