La 'huelgona' de Ensidesa

Así se recogían en las páginas de LA VOZ DE AVILÉS en enero de 1976 el conflicto en Ensidesa./
Así se recogían en las páginas de LA VOZ DE AVILÉS en enero de 1976 el conflicto en Ensidesa.

Un conflicto entre la metalúrgica y sus trabajadores hace cuarenta años acabó convirtiéndose en la mayor huelga que vivió Avilés hasta la fecha

ISMAEL JUÁREZ

Enero de 1976 se presentaba como un mes convulso. Franco acababa de morir en noviembre y la sociedad española estaba pidiendo cambios inmediatos. A pesar de que las organizaciones sindicales y políticas estaban ilegalizadas, lo cierto es que desde hacía años en Avilés existían células sindicales clandestinas.

«La mal llamada paz social que vivió Avilés no era tal. Estar organizados fuera del Sindicato Vertical, el único permitido y controlado por el régimen franquista, era ilegal y peligroso. Si eras sospechoso de actividades sindicales la brigada político-social que había en Avilés empleaba métodos nada democráticos para intentar probar lo que entonces llamaban la subversión». Así lo relata José María Herrero, quien hace cuarenta años era delegado sindical de CC OO.

«En Avilés convivían varias siglas ilegales: el Partido Comunista, las Bases Cristianas, el MCA, la ORT... Teníamos pisos y locales francos en el mismo centro de Avilés sin que la policía lo supiera. Trabajábamos por las libertades en la más absoluta clandestinidad. De cuando en cuando nos reuníamos activistas de todas Asturias en la iglesia de Roces, en Gijón. El cura de allí era comunista y nos ayudaba a reunirnos en secreto. Recuerdo con especial admiración a las mujeres de Tabacalera. Eran unas fieras, unas luchadoras».

Entre finales de 1975 y principios de 1976 se darían los detonantes para que estallase la gran huelga de Ensidesa. Desde hacía un tiempo se había estado negociando un convenio colectivo por parte del Sindicato Vertical. Entre sus miembros había personas que en realidad eran infiltrados, es decir, participaban en el sindicato de la dictadura al tiempo que también desarrollaban actividades en los sindicatos ilegales. Negociar aquel convenio resultó complicado desde el principio y en un momento dado tres delegados del Jurado de Empresa se negaron a firmarlo porque lo consideraban injusto. Debido a su negativa, la empresa tomó represalias contra ellos. El primero llegó a ser expulsado y al menos dos de ellos fueron trasladados durante unos días a Madrid para ser interrogados por la Brigada político-social.

Ante estos hechos, el 23 de enero, al inicio del turno de mañana, comenzaría una huelga que se alargaría durante varios días y que tendría distintas fases.

«Alrededor de treinta personas nos encerramos en las oficinas centrales mientras la fábrica se paralizaba casi al completo». Recuerda José María Herrero. Hasta 8.000 trabajadores se pusieron en huelga aquellas jornadas, según publicó LA VOZ DE AVILÉS. «De aquel primer encierro intentaron echarnos. Ensidesa tenía lo que era conocido como 'la brigadilla', que en realidad eran unos pistoleros. De hecho, en aquel encierro uno de ellos llegó a sacar una pistola para intimidarnos pero les dijimos que nos sacarían con los pies por delante», recuerda José María Herrero.

Ante el éxito de la huelga dos días más tarde Ensidesa mandó una carta a miles de trabajadores sancionándoles con veintiún días de empleo y sueldo. Tras esto, las movilizaciones pasaron a otro nivel. Cientos de personas se encerraron en la iglesia de Santa Bárbara, en Llaranes, mientras que muchos más lo hacían en la iglesia de Santo Tomás. La tensión crecía conforme pasaban las horas y el conflicto de repente había saltado a las calles. No sólo había personas dentro de las iglesias, sino que muchos otros trabajadores o simpatizantes con ellos se amontonaban alrededor de ellas.

Finalmente, grupos de 'grises' y de la brigada político-social entraron por la fuerza en los edificios religiosos provocando heridos y la disolución de los encierros.

«Recuerdo cómo el cura de Llaranes, una gran persona, José Espiña, quiso mediar e impedir que los policías entraran en la iglesia. Y yo mismo vi cómo lo golpearon cuando finalmente lo hicieron y nos echaron de allí a porrazos», sigue contando José María Herrero.

Sin embargo, esto no supuso el fin de la que ya se había bautizado como 'la huelgona'. Muy al contrario. El paro continuó y esta vez los organizadores decidieron sacar el conflicto a las calles de Avilés. De esta forma, durante varios días los enfrentamientos entre la policía y los trabajadores fueron constantes. Auténticas batallas en el centro de la ciudad que la paralizaron casi por completo, hecho que alertó a las autoridades políticas. Avilés no estaba acostumbrada a semejantes desórdenes. Era algo nuevo que no se veía desde hacía décadas. Finalmente, la empresa tuvo que ceder. Los trabajadores consiguieron que no se sancionara a nadie que hubiera participado en la huelga. Consiguieron que el delegado a quien habían expulsado por negarse a aceptar el convenio colectivo que trataba de imponer la empresa fuese readmitido y el mismo convenio fue revisado, aceptando la mayor parte de lo que los sindicatos, aún clandestinos, estaban pidiendo.

A partir de entonces las cosas empezaron a cambiar. Habían cambiado ya. A pesar de que España seguía siendo técnicamente una dictadura, las movilizaciones obreras se sucedieron durante ese año por todo el país. Casi 18.000 huelgas se contabilizaron en 1976. Aún quedaba tiempo para alcanzar una completa normalización democrática, pero las empresas fueron aceptando el hecho de que los trabajadores estaban organizados y había que negociar con ellos fuera del Sindicato Vertical impuesto por el franquismo. Un sindicato que había nacido en 1940 con la dictadura y que llegaría a su fin en 1976, tan solo unos meses antes de que se reconociera finalmente el derecho de asociación sindical.