La bailarina que llegó de París

La bailarina que llegó de París
Catherine Rezard, en el paseo de Salinas, localidad en la que vive. / PATRICIA BREGÓN

Se instaló en Avilés en 1966 y durante cuatro décadas formó a varias generaciones de bailarinas de las que muchas han seguido sus pasos

Cristina Del Río
CRISTINA DEL RÍOAvilés

«Yo tendría unos siete años y ella era 'lo más'. Si entonces alguien me hubiera preguntado qué era la elegancia, hubiera respondido que ella. Era extranjera y representaba el exotismo de lo que venía de fuera. Aún recuerdo aquel tocadiscos en el que ponía la música con la que aprendíamos nuestros primeros pasos». Las palabras de una alumna de ballet de Catherine Rezard en los años setenta resumen la esencia de una mujer que ha formado a varias generaciones de bailarinas avilesinas, entre ellas la internacional Olga Mesa, Caballero de la Orden de las Artes y Letras Francesas, y las actuales profesoras de danza en la ciudad, Teresa Tessier y Myriam Chamorro, entre muchas otras. Antes eran unas crías, pero ahora que son mayores quieren agradecer la dedicación y el esfuerzo de la que fuera su profesora en aquellos años. Porque Catherine, además de profesora, representaba la bailarina en la que ellas se querían convertir. Correcta, delicada y elegante. Reticente a los focos y a ser protagonista, ha costado convencerla, pero finalmente el próximo 22 de septiembre recibirá un homenaje en el Santa Cecilia (homenajecatherine@gmail.com).

Catherine dejó el glamuroso y avanzado París de los años sesenta y emigró a España por amor, un país en el que encontró gente generosa y abierta, mucho más de lo que ella se reconoce a sí misma. El 'culpable' de que viniera fue Antonio Ripoll, actual responsable de artes escénicas del Centro Niemeyer y durante muchos años el máximo responsable de la programación cultural municipal avilesina, al que conoció en un avión camino de Reino Unido cuando ella tenía quince años e iba a estudiar inglés en el seno de una familia durante tres semanas.

Aquel encuentro fue el primero de muchos y aquella joven sensible y culta, ducha en ballet y no tanto en violín (aunque lo intentaba), anunció en casa que se trasladaba a España para perfeccionar un idioma que había estudiado en la escuela. Sus hermanas mayores fueron siempre el apoyo de una benjamina que no por ello hacía lo que le daba la gana.

La localidad elegida fue, cómo no, la natal de Ripoll, Valencia, donde pudo compaginar sus estudios de español en la Universidad con las clases en el Conservatorio Superior de Danza. Recibía e impartía, contando con la experiencia previa acumulada en la Escuela Superior de Danza de París. Fue el centro en el que, a los seis años, se matriculó y en el que descubrió el encanto de una práctica exigente y elegante a la que llegó tal vez inspirada por las películas de la época.

Catherine se entregó por completo al igual que en su faceta como profesora, en la que tuvo la fortuna de contar con el acompañamiento musical de un pianista italiano. Valencia también la recibió de cara bajo la dirección docente de Pilar Murciano y con la colaboración de su amiga Matías Asencio, hija de los compositores Matilde Salvador y Vicente Asencio.

Traslado a Avilés

En 1966 la luz del Mediterráneo quedó atrás en favor de Avilés, una ciudad fabril, en efervescencia, eso sí, pero que entonces mostraba su peor versión, pagando un alto precio por la rápida industralización. Con todo, era una ciudad de oportunidades y Catherine pudo entrar como profesora de ballet en la Escuela de Artes y Oficios de forma inmediata.

En aquella aula que compartía con el Orfeón recibió a sus primeras alumnas avilesinas, a las que pedía que le enseñaran la boca antes de cada clase para asegurarse de que no bailaban mascando chicle. Ellas, sus antiguas alumnas, recuerdan su encanto, su belleza y su vestimenta. Era, sin duda, un modelo a seguir.

Pronto abrió su propia academia en la calle de Fernández Balsera y poco después se trasladó definitivamente a la calle de Rivero, donde continuó dando clases hasta 2008, fecha de su jubilación como docente, pero no como bailarina. Sigue practicando tres días por semana con dos amigas y completa su entrenamiento con yoga, tonificación y esquí en invierno.

Intelectualmente inquieta, terminó inglés en la Escuela Oficial de Idiomas cuando se jubiló y ahora estudia lenguaje musical en la Escuela de Música de Piedras Blancas, como complemento a sus conocimientos sobre solfeo. La música, como la danza, ha sido su compañera de viaje. Preferentemente, clásica. Y la disfruta en todas sus versiones, en la radio y en directo. Es medicina para el alma y con ella se permite volar a mil y un escenarios.