Médico, caballero y peregrino

Médico, caballero y peregrino
Fernando Álvarez de los Heros, con los emblemas de la Orden de Caballeros del Camino. / PATRICIA BREGÓN

C. DEL RÍO

Hace muchos años que no vive en Avilés, pero Fernando Álvarez de los Heros (Avilés, 1950) mantiene bien atados los lazos que lo unen a su ciudad natal. Aquí dejó amigos y compañeros con los que hoy, cincuenta años después, aún mantiene relación y en algunos casos hasta amistad. Es extraño porque ha pasado mucho tiempo y las relaciones, como las plantas, hay que cultivarlas. Y no lo es tanto porque Fernando, aparte de pertenecer a una familia muy vinculada a la ciudad, es un hombre educado, amable y agradecido. Una de esas personas «con las que da gusto hablar», a pesar de la seriedad con la que posa para la fotografía.

Otorrinolaringólogo de profesión, vivió la medicina desde crío. Hijo de médico, con el tiempo fue también hermano, esposo y cuñado de doctores. Estudió la carrera en Galicia, inició su trayectoria profesional en Madrid y se instaló en la tranquila ciudad manchega de Guadalajara, donde ha echado raíces y desde donde se desplaza a todos los 'frentes' que tiene abiertos, futuro nieto madrileño incluido.

Como todos los hermanos, Fernando estudió de niño en el Santo Ángel y en el Instituto Carreño Miranda. Sin embargo, sus padres decidieron que estudiara Medicina en Santiago de Compostela ante la desconfianza que les generaba la aún joven facultad de la Universidad de Oviedo. Tras terminar la carrera, pasó un tiempo como ayudante de un otorrinolaringólogo, determinante para hacer el MIR por esta especialidad. Lo hizo en el madrileño Hospital 12 de octubre.

Trabajó después en el Hospital de la Princesa y en 1990 se trasladó al Hospital General Universitario de Guadalajara, donde su mujer tenía plaza como anestesista. El nacimiento del primero de sus dos hijos fue definitivo para tomar una decisión que le abrió las puertas de la docencia como profesor asociado de la Universidad de Alcalá de Henares, una práctica casi tan gratificante para él como el propio ejercicio de la medicina. Y aunque ya había dado alguna clase en los hospitales madrileños, en Guadalajara tuvo la oportunidad de entregarse más a fondo, dirigiendo por ejemplo varias tesis doctorales. Doctor en Medicina y Cirugía por la universidad Alcalá de Henares, fue médico cirujano en su servicio de Otorrinolaringología veinticinco años y profesor, más de veinte. Guadalajara reunía (y reúne) en su opinión la tranquilidad de una pequeña ciudad con las posibilidades de una grande a tan solo unos cuarenta kilómetros.

Le gustaba mucho su profesión, pero no titubeó cuando tuvo la oportunidad de jubilarse. Las quince horas de quirófano semanales, más las consultas y las docencias tenían que parar algún día porque la vida es algo más que trabajar y con inquietudes culturales siempre hay un proyecto a la vista. Al que se trae entre manos casi lo empujaron. Podía haber rememorado tiempos mozos y lanzarse a la piragua en el embalse de Entrepeñas o en cualquiera de una de las provincias con mayor capacidad para almacenar agua. Pero no lo hizo. En el piragüismo formó su carácter, forjó amistades y sigue teniendo un grato recuerdo en su memoria. Pero nada más. La exigencia de palear es más propia de una persona joven y entrenada, como él en su adolescencia y veintena.

Comenzó a asomarse a la ría y a observar las piraguas que surcaban sus aguas siendo un adolescente. Le gustaba ver los entrenamientos y a su admirado Luis Cueto. Él empezó en 1964 en aquel gimnasio de los Almacenes de Balsera que hoy no pasaría ninguna inspección y allí se labró un físico que completaría con la técnica perfeccionada en el agua. Comenzó a competir a los dos años y, en apenas cuatro de competición, ganó varios campeonatos de España en distintas categorías. Aparte de algún subcampeonato, se convirtió en Campeón de España en categoría infantil con quince años y repitió éxito como juvenil con dieciséis, aparte de otros dos campeonatos en K4. Su modalidad favorita por el rendimiento que obtuvo fue la K2, en la que compartió piragua con Gerardo García, aunque la K4 le fascinaba.

Palear se le daba bien, pero los estudios eran exigentes y tuvo que dejarlo. Más adelante, ya formado como médico y por la amistad que le unía con 'Roxín', pudo colaborar con un club ciclista.

Camino de Santiago

Decíamos que recién jubilado podría haber vuelto a coger una piragua, tal vez con otro espíritu, pero caminar es mucho más llevadero. Entre eso y que en 2016 ingresó en la Orden de Caballeros del Camino de Santiago, decidió investigar sobre esta ruta, y qué mejor que hacerlo en su entorno. Ya de niño le llamaba mucho la atención el hospital de peregrinos de Avilés y luego sus años de carrera en Santiago de Compostela no hicieron sino acrecentar su interés y cultura.

Ser 'caballero' fue la excusa perfecta para adentrarse por otros caminos que le han llevado por 'El Camino de Santiago por la Ruta de la Lana en la provincia de Guadalajara', un libro de viajes, historia, arte y denuncia de lo que hay mal mantenido o conservado que pretende ser un pequeño homenaje a la Orden. El homenaje es para la Orden, pero el libro se lo dedica a Elena, su mujer y a la que considera su gran apoyo. Con ella pasa estos días en Salinas antes de regresar a Guadalajara, también su ciudad.

 

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