«Pago 1.400 euros y tengo que salir a por más comida»

«Pago 1.400 euros y tengo que salir a por más comida»
Bienvenido Serrano, ayer ante el acceso al geriátrico junto a su hermano Vicente, de espaldas. / MARIETA

«Son unas déspotas, cuando alguien se queja le mandan callar la boca y se van», denuncia un interno

ALBERTO SANTOS AVILÉS.

Son las once y media de la mañana y la vida fluye en la plaza de España como suele hacerlo todos los días en el principal nudo peatonal de la ciudad. Entre tanto ajetreo de personas, un hombre, Bienvenido Serrano Fernández, va y viene nervioso junto a la entrada a la residencia de personas mayores de La Fontana. Está esperando a su hermano Vicente, de 83 años, que ha salido a pasear como todos los días. Lleva en el bolsillo de su chaqueta un recorte de LA VOZ DE AVILÉS y quiere hablar con él para que tome, ahora sí, la decisión que su familia tiene clara desde hace tiempo. «Es vergonzoso cómo los tratan, no es la primera vez que tenemos problemas con las dueñas. Tiene que irse», asegura.

Apenas hay señales de vida en la puerta de La Fontana. En dos horas, solo accede un anciano desde la plaza de España, que no quiere hablar, pero cuando este periódico insiste en preguntarle si es cierto que están en ocasiones sin cuidadores suelta un: «¿A ti qué te parece?», y se va. Casi a la vez asoma una cuidadora para meterle prisa y que no hable con el periodista. Es la misma voz que lleva tres días contestando través del interfono: «Los dueños ya tienen su teléfono y le llamarán». Nunca han llamado.

Con el reloj por encima de las doce del mediodía, aparece Vicente junto a su hermano Bienvenido. Él no tiene problemas en hablar. Y lo hace bastante claro. Sobre las dueñas del geriátrico dice que «son unas déspotas, tratan mal a las trabajadoras, por eso se van continuamente, porque no les pagan. Y a los ancianos que se quejan les riñen, mandan callar la boca y se van».

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Asegura que solo hay una cuidadora por turno «para unos veinte o treinta internos y claro, tiene que hacerlo todo, las camas, la comida, limpiar». Eso produce retrasos en tareas básicas como el lavado de ropa, «tardan y les da igual, tenemos que ir poniendo la ropa que podemos».

En cuando a la comida, Vicente explica que «ahora la hacen ellas aquí porque ya no pagan a la empresa que la traía de fuera antes». Él abona 1.400 euros al mes al geriátrico y, aún así, asegura que tiene que salir en ocasiones al exterior «a comprar más comida», aspecto que corrobora su hermano.

En la residencia La Fontana viven tanto hombres como mujeres, que, según este interno, «comparten habitaciones, cualquier día salimos todos amontonados».

En cuanto a las posibilidades de salir por las noches, a Vicente Serrano no le extraña el episodio del pasado fin de semana en el que un anciano fue hallado por la Policía Nacional en la calle. «Ya marcharon otros más veces, tres o cuatro», asegura. Además de la falta de cuidadores, el sistema de cierre de la puerta tampoco opone mucha resistencia, «porque es un pasador que es muy fácil quitar, al igual que bajar a la calle en el ascensor».

Es casi la una de la tarde en la plaza de España y se acerca la hora de comer para Vicente. Por la tarde volverá a salir a dar un paseo, aunque esta vez tiene tarea. Debe pensar su futuro porque la residencia en la que ha pasado los últimos cinco años cerrará sus puertas en diez días y su familia le pide que se vaya cuanto antes.