La vida en visión retrospectiva

Conesa y Gutiérrez Caba, sobre las tablas. /
Conesa y Gutiérrez Caba, sobre las tablas.

El Palacio Valdés aplaude el estreno de la obra de Bergman 'Después del ensayo'

ALBERTO PIQUERO AVILÉS.

Antes que nada convendría volver a reparar en el hecho de que el Teatro Palacio Valdés, una vez más, acogió ayer sobre su tarima un estreno nacional. Es de obligado cumplimiento indicarlo, pues lo extraordinario cuando se repite frecuentemente padece el riesgo de convertirse en simple rutina. Y no es aconsejable caer en ese equívoco. El magnetismo que los gestores de la programación teatral avilesina han logrado para atraer a tierras asturianas estos acontecimientos, merece cuando menos el subrayado de todos quienes disfrutamos de este privilegio, público y cronistas.

En este caso, la oferta del estreno nacional en lengua española -se había hecho una versión en catalán- vino de la mano de un autor de culto, Ingmar Bergman, cuya obra 'Después del ensayo' ha sido dirigida por Juan José Afonso, quien ya llevaba algunos años tras ese rastro, y adaptada por Joaquín Hinojosa.

Bergman la escribió en los inicios de la década de los 80, en formato de película televisiva que se proyectó en la pequeña pantalla en 1984, teniendo entre sus actores a Erland Josephson, Ingrid Thulin y Lena Olin, que en el traslado al escenario del Palacio Valdés han tenido la correspondencia de Emilio Gutiérrez Caba, Carmen Conesa y Rocío Peláez. Si el arte de Talía es siempre deudor de sus intérpretes, aquí ha de enfatizarse tal aspecto, pues entre otras muchas cosas, 'Después del ensayo' (ya el título es indicativo), según se ha dicho, es el mejor homenaje a los actores y los directores de teatro.

Tenía Ingmar Bergman en el momento en el que abordó este texto una edad sexagenaria, de las que permiten echar la vista atrás y contemplar una extensa retrospectiva existencial, amores y desamores, éxitos y fracasos, costuras y desgarros. Tal vez por ello, también se ha considerado que la reflexión que alberga el drama es, en cierto modo, su testamento. Bien que todavía le quedaran por delante varios lustros de creación. De otro lado, se estima que la urdimbre se hilvanó con el material más autobiográfico de cuantos dejó para la posteridad. Tal vez, la vida examinada desde el otro extremo en el que la recogió en 'Fanny y Alexander' (1982), donde la memoria era la infancia. Un modo de cerrar el círculo.

Tres personajes compusieron la trama. Henrik Vogler (Gutiérrez Caba), un alter ego del propio Bergman; Rakel (Carmen Conesa), una antigua amante ya fallecida que adquiere figura fantasmagórica o de la propia conciencia de Vogler, y Anna (Rocío Peláez), hija de Rakel. El conflicto atraviesa las páginas del tiempo vivido, con diálogos descarnados entre Vogler y Rakel, que observa Anna, tiempo presente o futuro.

'El sueño', de Strindberg, una de las referencias dramatúrgicas del mismo Bergman, es la obra a la que se alude en 'Después del ensayo'. Teatro dentro del teatro. O la vida como ensayo.

Gutiérrez Caba encarna al realizador de 'El séptimo sello', como ha explicado, trayéndolo hacia aires más latinos; pero dotándolo de una profundidad nórdica. Impecable. Carmen Conesa, en una intervención no demasiado extensa, sin embargo imprime un carácter que impregna toda la función. Deslumbrante, concentrando múltiples registros. Rocío Peláez, sueño imposible de Vogler, desprende frescura y seducción.

Al fondo, el implacable curso de los calendarios que arruga las pasiones que fueron un día. Pero también la evidencia de que el teatro es inmortal, más allá de la fugacidad de nuestros latidos. Juan José Afonso ha logrado esa perennidad. Los aplausos hicieron levantar más de una vez el telón.

 

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