Adiós al contador y cantor de todas las letras

Muere a los 66 años en Sama de Langreo Alberto Piquero, escritor, crítico y periodista

Alberto Piquero, frente a una de las ventanas del teatro Campoamor recientemente. / ALEX PIÑA
Alberto Piquero, frente a una de las ventanas del teatro Campoamor recientemente. / ALEX PIÑA
M. F. ANTUÑA

Tenía todas las aptitudes y las actitudes para ser un gran cantor y contador de historias. Y las aprovechó al máximo. Voz, oído, tacto, buen gusto, sentido del espectáculo y dosis infinitas de empatía. Alberto Piquero, langreano, 66 años, hombre orquesta de las letras incapaz siquiera de redactar un whatsapp sin un mínimo de arte, murió en la mañana de ayer a los 66 años dejando atrás una vida intensa, repleta de amor a la cultura y al verbo en todas sus variantes.

Por encima de todo Alberto Piquero era un gran tipo, de esos que encajan los golpes con una sonrisa, que recurren al cuajo, a la ironía, a la retranca, antes que a la mala leche. Y era un amante de la vida. Se la fumó y se la bebió a mares, la disfrutó hasta el último aliento. Porque lo cierto es que desde el mismo día en que nació, el 14 de septiembre de 1952, en Langreo, se fraguó una de esas existencias que merecen la pena vivirse. Y quizá porque no quiso alargar el capítulo de la muerte de manera innecesaria, se fue sin hacer ruido después de un año batallando con humor y ganas contra un cáncer de pulmón.

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Langreo fue siempre su territorio. Sama era su pueblo, y allí creció un amante de la cultura con un férreo compromiso político con los más desfavorecidos que fue capaz de librarse de la mili no recurriendo a la objeción de conciencia, que entonces no existía, sino fingiendo una locura. Le salió bien la jugada y en lugar de ir a filas acabó viviendo en Suiza. En dos ocasiones, pero por muy poco espacio de tiempo, residió en el país helvético, la primera con 18 años, la segunda, un tiempo después, de recién casado con su primera mujer. Entonces y en algún otro momento en que vivió en Oviedo fueron las únicas ocasiones en las que dejó atrás su pueblo, esa Sama de la que fue pregonero por Santiago con orgullo manifiesto. En Sama se inició en el teatro en el grupo Soto Torres, que dirigía Francisco Palacios, y en Sama se unió a la tertulia literaria que propició el fallecido doctor Eugenio Torrecilla. Esos fueron los inicios de quien se había formado en el instituto Jerónimo González y que aprendió solo, leyendo -a Dostoievski, Kafka, Proust, que eran sus favoritos- y escribiendo, los oficios literarios de los que pudo vivir.

Sama era su territorio y el teatro, la música y la literatura, sus grandes pasiones

En Suiza comenzó su andadura en el periodismo cultural, y de vuelta a Asturias colaboró con un sinfín de publicaciones. Pero su matrimonio más largo fue con este periódico. Desde los años noventa colaboró con EL COMERCIO escribiendo sobre las Cuencas y de manera muy especial con la sección de Cultura, donde sus entrevistas, reportajes y crónicas forman ya parte de la historia reciente de la música, el cine, el teatro y la literatura en Asturias.

Era habitual verle ocupar butaca en el Palacio Valdés, en el Jovellanos, el Campoamor, el Niemeyer o en la Laboral para dar cuenta de montajes teatrales llegados de Madrid o hechos aquí, para analizarlos al dedillo y aplaudirlos -o todo lo contrario- conforme a un criterio formado con muchas horas de mirar las tablas.

El periodismo fue su faceta más pública. Pero Alberto Piquero nunca dejó de escribir. Tenía publicado un libro de relatos titulado 'La fiesta de las sombras', del que se hizo un cortometraje, y también vio la luz negro sobre blanco la novela corta 'Beckettiana'. Pero el grueso de su producción se quedó inédita en su casa de Sama, que alberga igualmente muchas de sus poesías.

Tendía a la poesía en prosa Piquero, siempre engarzando palabras en busca de la orfebrería fina en cada uno de los textos que enviaba a la rotativa. Quizá buscaba bordarlos como una canción, quizá ese amor a la música le obligaba a buscar siempre la sonoridad de todas las letras. Enamorado de la música, sobre ella escribió largo y tendido en estas páginas, desde un concierto de Malú a otro de Ricky Martin, pasando por Luz Casal, Víctor Manuel o Luis Eduardo Aute. Los dos últimos se contaban entre sus amigos. Tuvo muchísimas amistades Piquero, que también sabía sacarle arte a las cuerdas de una guitarra, que hizo del traste ese otro teclado con el que escribirle a la vida de otra manera. Cantaba cuando se lo pedía el cuerpo, que era muy a menudo, por Sabina, por Aute, por Víctor Manuel, por los Beatles (era más de McCartney que de Lennon). Le gustaba el flamenco, la copla, el blues... Afinaba la voz y la guitarra y enlazaba hits mientras calentaba el gaznate con ron con Coca Cola, preferentemente en el Bar de la Esquina. Allí aún resuena su versión de 'Las pequeñas cosas' de Serrat.

En artículos de opinión -que en 2002 le valieron el premio al mejor articulista literario de la Asociación de Escritores de Asturias-, en 'Las conversaciones de Valdediós', en 'Las conversaciones en el Reconquista', en las actividades vinculadas al Aula de Cultura de EL COMERCIO, Alberto Piquero dejó una huella que ya se añora y se llora. En el tanatorio de Sama se le recordaba ayer y se repasaban las letras de la que iba a ser su próxima novela, en la que estaba trabajando y de la que dio anuncio en las redes socicales.

Tenía pasiones múltiples más allá de la cultura Alberto Piquero. Y esas eran su compañera, Montserrat; sus cuatro hijos, María, Laura, Gabriel y David, y sus nietos, Malena, Duarte, Gael y la pequeña Alma, todavía en camino.