Adiós a Juan Cueto, el sabio catódico

Fallece a los 76 años uno de los grandes innovadores de la comunicación del siglo XX en EspañaCreó

Juan Cueto, en una de las casas que sirvieron de refugio gijonés al ovetense que siempre vivía de alquiler. / ALEX PIÑA
Juan Cueto, en una de las casas que sirvieron de refugio gijonés al ovetense que siempre vivía de alquiler. / ALEX PIÑA
A. VILLACORTA / M. ROJO GIJÓN.

A Juan Cueto Alas, ovetense que supo ser gijonés y sportinguista y de cualquier lugar del mundo, asturiano universal empeñado en romper fronteras, le espantaban «los peores instintos laudatorios» de los españoles. Así que ayer, día de su muerte, acaecida por la mañana en Madrid a sus 76 años, quizá hubiese preferido ignorar que para este mundo 'glocal' -uno de los apelativos más afortunados de cuantos acuñó- acaba de pasar a la historia como uno de los más importantes comunicadores y pensadores que ha dado el siglo XX en España, un sabio de este norte que ocupa ya para siempre una columna de honor en el periodismo de este país. Él, tan anarca y tan poco dado a galardones y homenajes a pesar de que aceptó la Medalla de Oro de Asturias y el título de Hijo Adoptivo de Gijón -refugio a la vera del Cantábrico de quien naciera al pie del Campo San Francisco-, el César González Ruano (1983) y el Francisco Cerecedo (1987).

Hacía mucho tiempo que a Cueto se le había ido complicando la salud y le echaban de menos amigos como Juan Cruz, uno de los primeros en dar ayer la noticia del desenlace de su «larga enfermedad» -otro término que sin duda detestaría- y que definió al periodista y escritor como «el líder del conocimiento y de la imaginación», dueño de «una mentalidad audaz». Un maestro, un visionario, un conversador veloz, lúcido e irónico que supo anticiparse a su tiempo. Y es que, como solía decir el cineasta Gonzalo Suárez, lo mejor de tenerlo cerca era que siempre podía explicar las cosas cuando nadie era capaz de entender nada.

Lo contaba también Manuel Vicent en 'El País', la que durante tanto tiempo fue su casa: «Fue el intérprete más verídico de la neurosis de una generación que dijo llamarse progresista, la que en este país estrenó la modernidad». El oráculo que bautizó a los 'progres', era más que un intelectual al uso o un activista cultural y ejerció de guía cuando todo parecía posible y despertábamos a la libertad.

«Todos los que convivieron con él en algún momento de sus años más activos, esto es, los que fueron de los principios de los sesenta a las postrimerías de los noventa, pueden dar fe de lo difícil que resultaba seguirle el ritmo», escribió Miguel Barrero en el prólogo de uno de sus libros, donde repasa la trayectoria de un hombre nacido en 1942 y cuya carrera empezó con tres licenciaturas (cursó Derecho por la Universidad de Oviedo, Ciencias Políticas por la de Argel y Periodismo por la de Madrid), un trabajo en la cátedra de filosofía de su ciudad natal -se reconocía discípulo de Gustavo Bueno- y una producción ensayística que comenzó con la 'Guía secreta de Asturias' y 'Los heterodoxos asturianos', que nos quitó la caspa.

Aquella trayectoria tan poco ortodoxa quedó casi interrumpida cuando, a principios de los ochenta, fundó 'Los Cuadernos del Norte', «revista patrocinada por la Caja de Ahorros de Asturias, que resistió durante toda la década y se convirtió en un referente cultural tanto en España como en el extranjero».

Para entonces, ya había estado en 'Asturias Semanal', donde nació su columna más celebrada ('La cueva del dinosaurio'); la fundación de 'Asturias, Diario Regional', donde dirigió su suplemento de cultura; e ingresado en las filas de 'El País', donde se convirtió desde sus inicios «en pionero de la crítica televisiva y demostró, para pasmo de unos cuantos, que la caja tonta era menos tonta de lo que muchos imaginaban».

Considerado uno de los articulistas más influyentes en esos tiempos convulsos, también dirigió Canal + en España en los años en los que se codificaban los contenidos para adultos y trabajó para la compañía gala tanto en Italia como en Francia, donde vivió de alquiler.

Colaborador asimismo de distintos medios radiofónicos y escritos como 'ABC', Cueto fue además uno de los primeros en ver con perspectiva la realidad de internet -tuvo una de las primeras conexiones de España en 'Villa Ketty', su refugio de Somió, que fue mansión nazi y que él convirtió en territorio libertario- y que en la televisión de pago estaba el futuro. «En otros sitios existe el pago total por los servicios, que es donde está la solución, y pongo el ejemplo de las series, donde están la audiencia en este momento y los mejores guionistas, como en 'Mad Men' o 'The Wire'». Cueto en estado puro, abriendo brecha.

Autor de 'Mitologías de la modernidad', 'La sociedad de consumo de masas', 'Exterior noche' o 'Pasiones catódicas', un libro en el que reflexiona sobre los años de la Transición con la televisión como hilo conductor, una de sus obras cumbre fue 'Cuando Madrid hizo pop: de la posmodernidad a la globalización', en la que analiza «por qué España llegó a la modernidad de forma tardía, cuando ya Europa había pasado por la movida urbana y cómo ese desfase hizo que nos retrasáramos frente a las nuevas tecnologías», que «fueron tomadas por los 'progres' como algo malo, como el diablo, y ese miedo sigue presente en muchos sitios y es una de las características de la modernidad a la española», concluía el comunicólogo. 'Yo nací con la infamia: la mirada vagabunda' (2012) fue la última, además de acercarse también a artistas como Navascués, Úrculo o Evaristo Valle, impelido a editar por sus más próximos pese a sus reparos.

Descendiente de 'Clarín', noctámbulo impenitente que impulsó iniciativas como la Semana Negra, viudo prematuro de su querida Rosa Corugedo, su hija Ana continúa la pasión por la tele de un faro catódico que -en boca de Cruz- «no se dejó sobornar por la pereza intelectual ni por las oscuridades de la maldad humana». Un hombre bueno que deploraba los localismos, esperaba la República y se irá como quería: en silencio. Con un sepelio, esta tarde, a las 18.30, en el tanatorio ovetense de El Salvador. «Cuando te acercas al final, intentas ser fiel a tus premisas», dejo dicho.