El ajedrez de la vida

En el Día Mundial del Teatro, el Palacio Valdés estrenó la última obra del autor español más representado hoy en el panorama internacional

ALBERTO PIQUERO CRÍTICA DE LA OBRA TEATRAL 'REIKIAVIK', DE JUAN MAYORGA

La propuesta que Juan Mayorga vistió de largo el pasado viernes en el avilesino Teatro Palacio Valdés, 'Reikiavik', congregaba todos los ingredientes para despertar una gran expectación. El estreno absoluto de la última creación del dramaturgo galardonado en 2007 con el Premio Nacional del Teatro y que hoy es la firma española más reconocida en los escenarios internacionales, partiendo de una idea suscitada por la más célebre partida ajedrecística que han visto los tiempos, aquella que se celebró en el verano de 1972, en Reikiavik, capital de Islandia, en la que el aspirante Bobby Fischer destronó a Boris Spassky y, al paso de alfiles, peones y torres, quebró la tradición rusa de ocupar el liderazgo mundial sobre el tablero.

Señalaban los termómetros políticos de la época las altas temperaturas de la Guerra Fría, la amenaza de colisión entre las dos grandes superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, el capitalismo y el comunismo, esgrimiendo misiles en todo lo alto.

De ello da cuenta Mayorga, comenzando por la biografía de los protagonistas, muy ceñida a la reconocible en las páginas periodísticas e históricas. La infancia huérfana de padre del norteamericano nacido en Chicago, que ya desde niño podía predecir los movimientos de sus adversarios sobre el tablero con veinte jugadas de antelación, en una sociedad donde los ídolos eran Joe Louis (boxeador), Jesse Owen (atleta) o Joe DiMaggio (jugador de béisbol); el aprendizaje que del galope de los caballos sobre las sesenta y cuatro casillas blancas y negras realizó Spassky mientras caían las bombas de la II Guerra Mundial en el cerco de Leningrado, su ciudad natal, también en edad muy precoz.

Las estampas de los dos extraordinarios talentos mudan su perspectiva si advertimos que son una pareja de contemporáneos imitadores quienes les representan. A saber, Bailén, a quien le ha tocado en este caso hacer el papel del ruso (Daniel Albaladejo), y Waterloo, que se ocupa de encarnar al genio estadounidense (César Sarachu). Nombres de batallas perdidas por Napoleón.

En la orilla, un estudiante que ha preferido asistir a esta singular emulación en vez de acudir a un examen final (la actriz Elena Rayos).

El despliegue principal de la trama queda así establecido. Pero la intención va mucho más allá del documento. Y para ese propósito, Juan Mayorga se vale fundamentalmente de un trabajo actoral que usando recursos indumentarios mínimos, multiplica la presencia escénica. Una gorra, un sombrero, unas gafas, un pendiente, una bufanda, dislocan los roles y Albaladejo, Sarachu o Elena Rayos, se transforman en un séquito completo que incorpora a Henry Kissinger, al Soviet Supremo, al nutrido grupo de entrenadores, abogados y asesores que acompañan a los ajedrecistas, a la madre de Fischer o a la mujer de Spassky. Un admirable ejercicio interpretativo, que tiene su corolario en las reflexiones finales, donde trascendiendo la enconada disputa individual y su correlato en términos geopolíticos e ideológicos, se explica que lo importante consiste en «estar a la altura de la derrota o de la victoria del personaje», o sea, del papel que nos caiga en suerte, equivalente para el teatro y para la vida, homologación que está al fondo de cada cuadro.

Tal vez la ambiciosa idea de Mayorga se resienta de la propia magnitud del empeño, que por momentos se vuelve espeso, con demasiadas citas ajedrecísticas y dejando en el aire la posibilidad de penetrar mediante escalpelo más afilado en la lucha por el poder que envuelve los acontecimientos, sorteados con humor. En cualquier caso, una dramaturgia excelente.