Adiós al maestro de las geometrías

Muere a los noventa años Alejandro Mieres, creador, docente y activista que llegó a Asturias en 1960

Alejandro Mieres, en la Sala Van Dyck de Gijón./ Purificación Citoula
Alejandro Mieres, en la Sala Van Dyck de Gijón. / Purificación Citoula
M. F. Antuña
M. F. ANTUÑAGijón

«Alejandro pintó la serenidad de la tierra y el polígono de la noche. Obró con sus manos la liberación azul de los rectángulos y llevó el rojo a sus límites. / Así, silenciosa y sola, fue la obra pictórica. Más tarde, Alejandro vivió un pensamiento. El pensamiento entendía de justicia y de fraternidad, y de poner serenidad en la tierra, y Alejandro supo que el pensamiento fraterno era también pensamiento pictórico». Antonio Gamoneda resumía con tan bellas palabras la obra de Alejandro Mieres en el catálogo que se editó con motivo de una exposición restrospectiva que a modo de homenaje se le hizo hace casi año y medio en el Museo Barjola de Gijón. Fue a principios de septiembre de 2016, pocos días antes de recibir en Oviedo la Medalla de Plata de Asturias, un galardón que ponía la guinda a una trayectoria artística de entrega al arte, en todas sus formas, y también a la docencia y marcada por el compromiso social y político. Ayer la vida de este hombre poliédrico, que cultivó la escultura, la pintura, el dibujo, y en los últimos años, la poesía, se apagó para siempre en su tierra de acogida, en el lugar en el que echó raíces, crío a sus hijos y se convirtió en referente artístico incuestionable e inolvidable. Y ayer también, el universo artístico asturiano le lloraba y añoraba ya de forma unánime. Fernando Alba o Bernardo Sanjurjo, por citar solo algunos, no disimulaban su desconsuelo.

Había cumplido los noventa años en septiembre y el viernes pasado sufrió un ictus que no pudo superar. Ayer, en el Hospital de Cruz Roja, poco antes de las siete de la tarde, acompañado de sus hijos y nietos y de Milena, la que fue la que fue su cuidadora en los últimos meses, dijo adiós a una vida intensa y extensa, una existencia que ha dejado huella no solo en los museos -obra suya forma parte de los fondos del Bellas Artes de Asturias y del Museo Jovellanos de Gijón- sino también en las calles. Suyos son el Cubo de la plaza del Humedal de Gijón y el faro que cubre la medianera del edificio Bankunión.

Su obra está muy viva en la ciudad que le vio vivir, enseñar y pintar, donde una calle lleva su nombre. Nacido en Astudillo (Palencia) en 1929, llegó a Asturias en el año 1960 para ejercer como profesor en el Instituto Jovellanos de Gijón y ya no nunca se fue. «Asturias es mi tierra. Vine en el 60 y llevo aquí ya un tiempo», dijo en Oviedo cuando recogió su Medalla de Plata, esa ganada a base de hacer de la naturaleza el elemento protagónico de su arte, de trazar líneas de expresión que dan volumen a sus pinturas como si labraran, como si araran la tierra.

Gran activista, socialista de pro, se metió en un sinfín de jardines y fue el creador de Astur 71, Arte en Asturias y la Asociación de las Artistas Visuales de Asturias. Fue también un pedagogo atrevido, un profesor de los que lejos de sentar cátedra, aspiraba a que sus alumnos piensen, creen sin límites, se relacionen como iguales con el maestro. Y eso, en sus tiempos, no siempre estaba bien visto. Gran conversador, polemista entusiasta, fue también un prolífico amante de la cultura en todos los ámbitos que en los últimos años había frecuentado con gusto la reflexión escrita, y en particular, los haikus.

Vivió su infancia en Astudillo, se trasladó a Palencia, luego su familia se estableció en Madrid finalizada la Guerra Civil. Lector de Víctor Hugo, Azorín, Ortega, Gogol, Dostoiesvski, Turgeniev o Bunin, decidió ingresar en la Escuela de Orientación Profesional, donde estudió los oficios de carpintería, hojalatería, ajuste y forja. Empezó también entonces a dibujar y su peripecia vital acabó donde debía: en la Academia de San Fernando. Allí completó su formación y conoció a su mujer, Rosa María Velilla, fallecida en 2015.

La catedrática de Historia del Arte de la Universidad de Oviedo Julia Barroso Villar firmó un estudio titulado 'La pintura de Alejandro Mieres' en el que aseguraba que Manuel Gutiérrez Solana fue el pintor que más le impactó y marcó: «Supuso para Mieres la revelación de mundos con un contenido para él desconocido, una real apertura de caminos». Fue en Asturias donde se hizo artista mayúsculo, donde dio con el quid de su propio arte. En Gijón deja atrás la figuración expresionista para viajar hacia la abstracción matérica, para encaminarse hacia sí mismo. Aquí comenzó, en palabras de Barroso, «el trayecto de una obra definitoria, madura y actual: modelar la materia en función de la luz».

Asturias definió su obra y puede que en mucho tuviera que ver su experiencia docente y su paso por el denominado Sotanín. Mieres formó parte de un grupo innovador que reunía a los artistas plásticos de la generación de posguerra y que favorecía el diálogo entre autores de prestigio como Nicanor Piñole, Antonio Suárez, Marola, Rubio Camín, Magdaleno, Aurelio Suárez, Navascués y Orlando Pelayo con los entonces jóvenes Bartolomé, Sanjurjo, Linares o Kíker. Entre los presentes, allí estaba él, recién llegado a Gijón tras aprobar una oposición de Enseñanza Media.

'Llegó la noche y no quiero dormir sin memoria' fue el título de la que fue esa última exposición retrospectiva que inundó de su arte el Barjola. Alejandro Mieres duerme ya el sueño eterno con su memoria muy viva en la historia del arte asturiano. Su figura es un referente incuestionable para varias generaciones de artistas de los que fue maestro y guía y su nombre se inscribe ya para siempre entre los mejores pintores de la segunda mitad del siglo XX en Asturias.

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