El arte que el museo conserva en papel

Teresa Caballero en la biblioteca que ocupa el bajocubierta de la casa de los Oviedo-Portal. / PABLO LORENZNA
Teresa Caballero en la biblioteca que ocupa el bajocubierta de la casa de los Oviedo-Portal. / PABLO LORENZNA

La biblioteca es uno de los tesoros del Bellas Artes, con primeras ediciones y volúmenes anteriores a 1800 | Los libros de viajes llenos de grabados, un tratado de pintura anotado por Jovellanos y un volumen sobre vitela con pinturas originales son sus joyas

PACHÉ MERAYO OVIEDO.

El Museo de Bellas Artes encierra entre sus paredes algunas de las piezas más valiosas de la historia del arte. Las exposiciones temporales que unen por un lado a Picasso con sus primeros amores, Olga Khokhlova y Jaqueline Roque y, por otro, viajan del XV al XX en la donación de Plácido Arango, han disparado sus visitantes (en julio 12.274 personas, un 19% más que en 2017) y convertido sus salas en cita ineludible. Pero no todas sus joyas están pintadas en lienzo o cinceladas en esculturas. Algunas están en papel. No en el de los dibujos, que también, sino en el de los libros. Su biblioteca, empezada a formarse en 1980 y cobijada en espacio propio (cuando al palacio de Velarde se unió la casa de los Oviedo-Portal) en 1995, es otro de sus tesoros. Custodiada por Teresa Caballero Navas, ha crecido tanto que ya ha empezado a ocupar otras estancias. Todas las controla la bibliotecaria. Ella es quien ha ordenado y catalogado todos los títulos y quien ahora los está llevando a la red general, donde pueden ser consultados y compartidos, «uno de nuestros mayores objetivos, la difusión». Ella es también quien, guantes blancos en mano, muestra con sumo cuidado las páginas más valiosas. Entre las principales, el 'Despacho de grandeza del Duque de Montemar', un libro guardado en caja de cobre que encierra un documento jurídico expedido en el siglo XVIII por la dinastía de los Borbones, creado en vitela, forrado en terciopelo rojo con broches de plata como cierre y que está plagado de pinturas originales y textos manuscritos policromados.

Otros de los más de 30.000 volúmenes que componen el grueso del catálogo y tienen luz propia son los tratados de Antonio Palomino de Castro y Velasco, 'Teoría de la pintura' y 'Práctica de la pintura'. Impresos en tres tomos, de 1715 y 1724, tienen de particular no solo su contenido, «su pretensión enciclopédica en pleno siglo XVIII», sino el hecho de que uno de los que se custodia en el museo fue de Jovellanos y está lleno de anotaciones de su puño y letra.

Son muchos los libros de antigüedad excepcional. Más de 400 están fechados en el siglo XIX y 24 publicaciones datan del XVIII y anteriores, explica la bibliotecaria, subrayando el hecho de que muchos están alimentados «con interesantes grabados y encuadernaciones». De entre esta sección antigua, que llama «fondo de reserva», destaca la «serie de libros de viajes, que constituye un grupo representativo entre los que se publicaron sobre España durante el último tercio del siglo XVIII y todo el siglo XIX» y que suponen la mejor documentación de la época, ya que están plagados de estampas. Tratados de arte, diccionarios de artistas y algún que otro manuscrito cierran la mirada al pasado, que se ha logrado con adquisiciones en librerías de viejo o en bibliotecas notables.

Sin embargo, no son las compras individuales lo que más enriquece la biblioteca del Museo de Bellas Artes, sino la compra de colecciones completas. La que más valor aportó fue la del historiador Diego Angulo, que ingresó en las estanterías por mediación del que fue su albacea testamentario y director del Museo del Prado, Alfonso E. Pérez Sánchez. «Vino a completar la colección, sobre todo en lo que se refiere a libros descatalogados, folletos y otros materiales de difícil adquisición en los canales habituales de venta». Suma más de 1.500 títulos solo en monografías.

Otro de los archivos personales que se guarda como oro en paño es el que fue del pintor Luis Fernández. En el año 2000 se adquirió toda su biblioteca. «Aunque el número de títulos no es muy grande, algo más de 200 entre monografías y catálogos de exposiciones, es relevante por la información que aporta sobre este gran pintor asturiano, gracias a fotografías, artículos sobre su obra y sobre todo a sus manuscritos, que completan los que ya poseía el museo. Una aportación muy valiosa para comprender su personalidad y su pintura».

Entre 2007 y 2011 entraron en el museo otras significativas colecciones ya no compradas sino donadas «que vienen a demostrar el interés que suscita esta biblioteca». Además de las que realizan instituciones y particulares puntualmente, destacan las de los herederos del escultor Amador Rodríguez y del pintor Aurelio Suárez. «Ésta última exhaustiva a más no poder. Es la mejor documentación que hemos visto. No hay un solo libro, un solo artículo en el que Suárez fuera mencionado o referenciado que no esté en ese archivo», dice Teresa Caballero. En 2007 la familia García Morán entrega también una serie importante de obras de temática asturiana principalmente, y ese mismo año la familia Orejas Valdés realizó otra donación de libros de arte contemporáneo. En este 2018, otra donación ha amplificado la riqueza de la biblioteca, como ha incrementado la del propio museo. Se trata de la de Plácido Arango, que no solo se traduce en pinturas y alguna escultura, sino también en libros. 350 exactamente, que suponen un seguimiento sobresaliente de la colección del filántropo mexicano-asturiano. «Ha sido la donación ideal, porque los títulos los hemos podido elegir nosotros siguiendo las necesidades del museo».

También cabe señalar los archivos de los arquitectos Juan Vallaure, Julio Galán Gómez y Julio Galán Carvajal. Todos aportan importante información al fondo, que se mantiene también gracias al intercambio de publicaciones con instituciones similares. «Es otro de los cauces de crecimiento, ya que con ese método llegan a la biblioteca publicaciones que no se mueven por el mercado habitual, a la vez que se difunden las ediciones que realizamos aquí con cada exposición». Y todo ese universo en 146 metros cuadrados abiertos a investigadores, estudiantes y amantes del arte. Eso sí, con cita previa.

 

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