'El fotógrafo que nunca existió' ve la luz en el Bellas Artes

Arriba, muro de luz con retratos de trabajadores. Sobre estas líneas, las dos zetas hechas con 35 metros lineales de tela con fotos impresas. / FOTOS: PABLO LORENZANA
Arriba, muro de luz con retratos de trabajadores. Sobre estas líneas, las dos zetas hechas con 35 metros lineales de tela con fotos impresas. / FOTOS: PABLO LORENZANA

Oviedo muestra la obra de José Zamora, un capataz de la Real Compañía Asturiana de Minas que retrató el trabajo de principios del siglo XX

M. F. ANTUÑAOVIEDO.

Más de 1.200 imágenes, 990 de ellas situadas sobre dos telas de 35 metros lineales y 70 centímetros de anchura que ocupan en vertical el patio central del Palacio de Velarde formando dos zetas: de Zamora y de Zinc. El apellido es el del fotógrafo desconocido que ahora sale a la luz por la puerta grande que supone exponer su obra 66 años después de su muerte en el edificio noble del Museo de Bellas Artes de Asturias; la otra, la de Asturiana de Zinc, la empresa en la que se convirtió la Real Compañía Asturiana de Minas, de cuyo archivo ha salido todo el material que conforma la muestra y el libro catálogo editado por Trea con el patrocinio de Villa y Miller Consultores.

No es una exposición al uso de las que suele albergar el Bellas Artes de Asturias 'El fotógrafo que nunca existió, José Zamora (1874-1953)', porque añade al componente estético y artístico, a la belleza formal de las imágenes que se revelan, todo el valor histórico y antropológico que se desprende de una rápida mirada a lo exhibido: es un relato fiel y sin filtros de lo que fue el trabajo en la Asturias de principios de siglo XX de la mano de otro trabajador, el propio fotógrafo, que, sin saberlo, convirtió su afición en arte, que con una Volleda y un trípode hizo mucho más que disparar a sus compañeros para conformar las fichas de la compañía.

Las dos salas del Palacio de Velarde albergan copias de época y otras realizadas expresamente para la exposición, y también documentos personales y de trabajo de Zamora, un hombre nacido en Cartagena que emigró a Asturias para trabajar como capataz en la mina de Arnao de la Real Compañía. Hombre de confianza de la dirección, realizó retratos de todos y cada uno de los trabajadores (1.500 se documentan, pero no todos se exponen) y a ellos llegaron de forma casual Juan Carlos de la Madrid y Alfonso García, los dos comisarios de la muestra, que tuvieron que tirar de muchos hilos para descubrir quién era el autor de aquellas instantáneas que tanta información aportan sobre los currantes de antaño. Apuntaba ayer De la Madrid que las fotos atesoran un dosis extra de emoción, y no mentía. Ver lo que eran fotos en papel de tamaño carné ampliadas a gran formato y detenerse en los gestos, en las miradas, en las ropas de esos hombres y mujeres anónimos que ya no lo son, no solo desprende un aluvión de información directa a la retina sino también ese algo más con que se nutre el arte.

Esos retratos son los auténticos protagonistas, también en pequeño formato, también proyectados sobre una pared, también sobre un inmens muro de luz en una de las salas, pero hay igualmente estampas de la vida en la comarca de Avilés o incluso una imagen de gran tamaño de lo que era su laboratorio en su casa de Salinas, que es posible ver a través de un visor estereoscópico. No es esa la única instantánea en las 3D de la época que se muestra en el Bellas Artes, que hasta el 6 de octubre permitirá al público descubrir de una manera diferente todos los entresijos de la investigación histórica llevada a cabo por De la Madrid y García. «Por fin vemos caminar el proyecto en el que nos embarcamos hace dos años», afirmaba ayer el segundo, para quien esta exposición es, por encima de todo, «una victoria del recuerdo sobre el olvido».