La garra figurativa de Melquíades Álvarez se despliega en Gjión

Melquíades Álvarez, en el centro, durante la inauguración. /  UCHA
Melquíades Álvarez, en el centro, durante la inauguración. / UCHA

Gema Llamazares inaugura muestra del artista gijonés con cuarenta piezas fruto de cuatro años de trabajo

DIEGO MEDRANO GIJÓN.

Melquíades Álvarez (Gijón, 1964) inauguró ayer en la galería gijonesa Gema Llamazares la muestra 'Nuevas obras' (hasta el 28 de mayo). Cuarenta piezas, cuatro años de trabajo, donde la temática es casi por entero paisajística. La figuración tiene dos vetas o calas, una la realista, y otra, de la que menos se habla, la lírica o poética, absoluta ensoñación, donde uno de los máximos exponentes en Asturias es Melquíades Álvarez, junto a Carlos Sierra o Galano. Románticos, los figurativos líricos o poéticos, por supuesto, y siempre en el visor o recámara el objeto humilde, sin pretensiones, donde una pintura desnuda habla de otro modo, ajena a excusas o fuegos de artificio. Poesía, lirismo, materia que en sus temas Álvarez construye alejado de oficio y manierismo, siempre una luz nueva, siempre un expresionismo sustentado por su relieve, donde los colores son sueño y las flores fuego.

'Cielo y sueño' barajaba el pintor como posible título a la muestra reciente, y no andaba errado, pues el paisaje engloba por completo ambas direcciones. Oscuridad, claroscuros decisivos, planos en panorámica, la realidad llega a ser lo no evidente, no se habla de una figuración realista obvia sino aquella otra donde el espectador siempre tiene hueco y cabida. ¿Naturalismo? No solo, también brilla la figuración de edificios y seres inertes o vivos, vacas y aves, lo que desde tiempos pretéritos es también otra ficción y, por tanto, metafísica.

La materia es una connotación en la obra del artista gijonés. El propio lienzo, en su fundido, tiende a lo matérico y sus relieves son tales sin forzamiento alguno. El fundido de imágenes es composición de las mismas y la distribución de elementos en el cuadro -esa claridad y disposición- otorgan esa celebración de una obra conocida, reconocida y distribuida según parámetros anteriores -he ahí la grandeza, por entero, de la firma-. Álvarez es un simbolista, tan a la manera de Galano o Sierra, donde lo nuevo importa por ser viejo y clásico. Donde lo nuevo, según los clásicos, viaja en odres viejos sin desmerecimiento.

He aquí el reto de un poeta donde la inquietud viene de la plasmación de lo insólito -ese nervio, esa vibración- en perspectivas de todos, para todos y de siempre. La fuerza de figuración tal podría tener una ecuación espléndida: magia y existencia, símbolo y vida. En mitad de todo lo demás: descubrimiento, sostenimiento de la mirada, anulados tiempo y espacio, tensión de luz y oscuridad en mitad del hallazgo sobrevenido y nada espectacular, humilde, de todos y para todos.