El gran pintor de la montaña asturiana

El gran pintor de la montaña asturiana

El volumen, escrito por Agustín Guzmán Sancho, será presentado el próximo 5 de febrero en el Ateneo Jovellanos Un libro repasa la vida y la obra del artista gijonés autodidacta Urbano Cortina

A. VILLACORTA

Urbano Cortina pintó como pocos las cumbres de esta tierra, que, como buen montañero, tanto gozaba y tanto sufría en sus travesías. Así lo dejó dicho su amigo y colega Roberto Díaz de Orosia: «La montaña era para él una evasión del mundo cotidiano y la llevó a la pintura de una manera muy personal, muy sentida, muy vivida, muy a su manera». Y así ha quedado inmortalizado ya para siempre en un libro dedicado al pintor gijonés nacido en 1934 y fallecido prematuramente en 1993 que lleva por título 'Urbano Cortina. Pintor de la montaña asturiana'. Un volumen que será presentado el próximo 5 de febrero en el Ateneo Jovellanos (19.30 horas) y que lleva la firma de Agustín Guzmán Sancho.

El volumen es un tributo póstumo de su viuda, Carmen Martínez Sánchez, quien encargó a Guzmán Sancho recoger la vida y la obra de este artista autodidacta que donó parte de sus óleos al Bellas Artes y que compaginó la creación con su trabajo en la siderúrgica Uninsa, así que nunca pudo dedicarse exclusivamente a pintar y seguir así los pasos de quienes tantas veces había admirado en el Museo del Prado. Tantas, que juran que podía pasear por sus salas con los ojos cerrados sin equivocarse nunca.

Un creador «introvertido, pero que llamaba a las cosas por su nombre, original y autodidacta», del que, según recordaba ayer el autor del libro, «se ha dicho también que era un alquimista, porque mezclaba sus propios pigmentos, preparaba sus lienzos y plasmaba su arte sobre cualquier papel con técnicas tan innovadoras que, a veces, cambiaba pinceles por trapos». Un artista total que se ocupaba incluso del enmarcado de las telas.

El crítico Jesús Villa Pastur aseguró de él que «era un maestro del paisaje», mientras que Víctor Alperi defendía que «Asturias está en deuda con este pintor» que nos ha legado «una obra de primerísima calidad, alejada de escuelas y de falsas vanguardias. Una pintura pensada, sentida y trabajada con las manos y con el corazón».

También lo piensa así el periodista Carlos Rodríguez, quien será el encargado de presentar el libro y que recuerda que «han sido muchos los que han reclamado que una calle gijonesa lleve su nombre y que se coloque un busto en el parque de Isabel la Católica» en recuerdo de «un hombre desgajado del Renacimiento», en palabras de Joaquín Fuertes en un acto de homenaje organizado en 2009 por el Aula de Cultura de EL COMERCIO. «El heredero paisajístico de Valle; también de Piñole», que se consideraba a sí mismo «un pintor malísimo».

De momento, este volumen recorre la vocación clásica y romántica de este miembro del grupo 'El Chamicín' que escondía a un virtuoso del dibujo y a un apasionado de una naturaleza que aprendió a amar en su infancia en Roces y cuyas cenizas reposan, como él siempre quiso, en el Picu Fariu.