La hora y la luz mágica de Javier Riera

Javier Riera, con una de las obras de 'Una creciente transparencia' en Gema Llamazares. /  CAROLINA SANTOS
Javier Riera, con una de las obras de 'Una creciente transparencia' en Gema Llamazares. / CAROLINA SANTOS

El creador avilesino inaugura 'Una creciente transparencia', colección de imagenes que hablan de «la experiencia interior»

PACHÉ MERAYO GIJÓN.

Nada más entrar, una hermosa garza emprende el vuelo fotografiada sobre un papel y bajo un pequeño truco de predistigitación escenográfica, que hace dudar si está delante o detrás, si el lugar se transparenta o lo sostiene. Justo a su lado, el título que Javier Riera le ha puesto a toda la exposición que sigue a esta sutil imagen desde ayer en la galería Gema Llamazares: 'Una creciente transparencia'. Toda una declaración de principios en torno a lo que realmente importa al creador avilesino (1964), la «experiencia interior».

Eso es lo que buscaba cuando pintaba y en lo que indaga ahora que fotografía, «con todo el peso aprendido por la pintura». Ahora que se somete, dice, «al gobierno de la luz, que es la que genera la obra». Asegura, además que lo hace casi siempre «en la hora mágica». Esa que se detiene en la tierra, justo cuando el sol se ha puesto, pero la oscuridad no ha llegado del todo. En ese resquicio de tiempo es en el que encuentra Riera sus escenas. Las naturalezas que penetran en el objetivo no como un plano, sino casi como una escultura, ya que en eso se convierten cuando los focos que proyecta sobre ellas dibujan diferentes geometrías.

Javier Riera, que viaja siempre con su cámara y un juego de luces en el maletero, ha logrado detener, en la misma escena que interviene, la vida que maneja el universo. En una de las obras las estrellas fotografiadas quedan convertidas en una lluvia lumínica. «Se debe a la exposición. Mantengo el obturador del objetivo abierto unos cuatro minutos y en ese corto tiempo las luces del cielo cambian de lugar», cuenta, poniendo en seguida la mirada en un rincón de la sala en el que esperan sorpresas diversas. Ya no son fotos contemporáneas, sino cianotipias convertidas en todo un homenaje a las primeras instantáneas, al modo en que los fotógrafos de principios de siglo trabajaban. El resultado, que «tiene enormes cualidades orgánicas», algo que le encanta señalar «frente al mundo tecnológico», es un 'collage' de imágenes superpuestas en una serie de capas -«entre el paisaje exterior y el mundo interno»-, en las que descubre y vuelca todo el significado de la transparencia. Y muchos otros, como el que confiere al ciervo, un «animal místico, símbolo del alma y lleno de connotaciones beneficiosas». Por eso quizá le hace protagonista también de una proyección en la que va germinándose su figura desde la luz absoluta para volver a desaparecer en ella al término de la narración. No sin antes deslumbrar al que observa. Como deslumbra en otro plano su visión -en la parte de arriba de la galería gijones-, del río Tormes, transmutada su realidad en paisaje idílico, o sus faunas discurriendo por sutiles aristas de orfebre. También transparentes.

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