Los jardines invisibles de Javier Victorero

Javier Victorero, en el vestíbulo del Palacio Velarde, donde arrancó la visita. / FOTOS: HUGO ÁLVAREZ
Javier Victorero, en el vestíbulo del Palacio Velarde, donde arrancó la visita. / FOTOS: HUGO ÁLVAREZ

El artista asturiano ofreció una visita guiada a su exposición en el Museo de Bellas Artes

DIEGO MEDRANO OVIEDO.

Javier Victorero (Oviedo, 1967) metió ayer 'En el jardín' a los visitantes que le acompañaron en una visita guiada a su exposición en el Museo de Bellas Artes de Asturias, una actividad organizada por el Aula de Cultura de EL COMERCIO dentro de sus actividades de colaboración con la pinacoteca oventense. Muchas son las analogías entre la exposición (abierta hasta el próximo 23 de diciembre) y ese jardín que la titula y el creador quiso recorrerlas todas: arte-jardín, pintor-jardinero, jardín-museo. El reto no ha sido otro que reflejar la capacidad del arte para ordenar todo caos; el ímpetu del jardinero frente a la naturaleza salvaje, el jardín como espacio cerrado donde las potencias estéticas del alma lo hacen un lugar más abierto o libre. Victorero se mantiene en una defensa radical de la pintura, una deuda con el jardín como acotación física de un espacio, y así en las trazas geométricas características de sus obras planea la idea de orden frente una naturaleza tantas veces libre o salvaje. La pintura como forma de ordenación; el espacio físico frente a sus propios límites.

Geometría, campos de color, líneas, tensiones... «El jardín siempre como un espacio no para ver sino para recorrer», señaló. La planta baja del Museo de Bellas Artes, debido a su disposición cuadrangular, con viejo recuerdo de los jardines de los monasterios, antes llamados «huertos de flores», fue el espacio indicado para mostrar su cerámica. Cerámica escultórica «donde no hay una función y su premisa primordial es unir interior y exterior, afrontar la dimensión espiritual del jardín, su techo cósmico, trascender las palabras que nos aprisionan en sus definiciones». «Esferas adulteradas por círculos -según la definición del pintor- en permanente diálogo entre forma real y figurada, donde se poetiza la obra». Los óleos de las diversas estancias comparten puntos de fusión y explicación: trabajos acerca del silencio, de la luz y oscuridad, espacios en punta donde a la manera de los círculos de las cerámicas es preciso moverse: «La idea de pequeño mundo es innata al jardín; el círculo es otro pequeño mundo. El colorido viene definido por la búsqueda de lo contundente, del contraste, de lo vivo». El poder de la pintura es el siguiente paso al de la cerámica, donde se pierden colores, debido a su cocción, pero siempre con la idea del alquimista como paso previo. «Están todos los elementos en la cerámica: tierra, aire, fuego, agua. La transformación de la materia es crucial. Las huellas quedan ahí la cerámica las absorbe».

Victorero persigue una tradición de cosmos, metafísica y mística, donde la reflexión plástica no consiste en aunar contrarios sino en su misma superación. «Es el jardín epicúreo, el de los filósofos, el de la felicidad», apostilla. El intento es el de transformar la lógica lingüística en vivencia simbólica. Los contrarios forman su propio mundo. La idea general es la de apertura y viaje. «Dejar siempre abierto el espacio para que el espectador entre».

Cuadros vibrátiles, donde rimo y movimiento son dirigidos por la luz, aun en otro debate superior. «La planitud es lo que más me interesa de las formas geométricas. Si hay o puede haber diversos planos. Las formas intermedias entre los mismos. Los mecanismos de ascenso desde la sequedad y humedad de algunos colores hacia otros de mayor luz. Cierta luz acuática. No buscar la visión exterior sino la interna, en empatía con el espectador, siempre en mitad de una pintura de pensamiento con emociones vivas».

Mundo de rombos, mundos verticales en la permanente tensión horizontal, mundos arqueológicos donde las capas son sucesivas, frecuencias de intensidad que pretenden instalarse en los mundos físicos de los cuadros de mayor tamaño: «El resto es que el espectador, una vez ha entrado, no se escape del mundo físico del cuadro».

Artista convulso de lo geométrico donde lo espiritual-musical, en su parte final, acaba en trabajos a tinta y lápiz: «Quería acabar en el descanso, líneas en zigzag sin más ruido, oblicuas donde sentirse mejor y no cuestionado. Somos verticales, la fuerza de lo vertical es la nuestra, miramos al cielo y trascendemos».