El pueblo absuelve a la pintora de las imágenes de Tineo: «Nos gustan más ahora»

El pueblo absuelve a la pintora de las imágenes de Tineo: «Nos gustan más ahora»

Ya hay quien confía en que la intervención de Marisa Menéndez sirva para atraer a turistas al pequeño núcleo tinetense

A. V. RAÑADORIO.

La paz que suele reinar en el diminuto núcleo rural tinetense de Rañadorio saltaba ayer por los aires, dinamitada por unos simples pinceles, después de que un enjambre de cámaras y micros destacados por varias televisiones y radios nacionales en la zona se mezclasen con las vacas, los tractores y los pocos vecinos que, entre el cucho y la niebla, se afanaban en las tareas agrícolas.

Los forasteros buscaban una única cosa y ellos sabían lo que era: la pequeña ermita que corona la localidad y que alberga en su interior las imágenes talladas en madera de nogal y aliso de Santa Ana (que es su patrona y que aparece junto a la Virgen y el Niño), San Pedro con las llaves del cielo y María coronada con Jesús en su regazo, que, después de pasar por las manos de la pintora aficionada María Luisa Menéndez durante un año, ciertamente «parecen otros».

Y, si a la mayoría de los habitantes de Rañadorio se les da a elegir entre el antes y el después, no albergan ninguna duda: «Nos gustan más ahora. Por lo menos, son más vistosas, tienen más colorido».

Eso defendían, por ejemplo, Agustín Menéndez y su hijo Borja, que, a sus diecisiete años, es uno de los más jóvenes del pueblo: «El resultado no nos parece malo». «¿Ni aún sabiendo que son del siglo XV?», les preguntan. Y la respuesta tampoco ofrece resquicios: «Serían del siglo XV en su tiempo. Ahora ya no».

La absolución de Marisa por parte de sus paisanos alcanzaba también La Espina, donde la artista regenta un estanco -que tuvo que cerrar a mediodía, agobiada por la presión mediática y «muy disgustada»- y donde una de sus allegadas la defendía a capa y espada: «Yo no conozco a los santos ni piso las iglesias, pero, cuando las cosas se hacen de corazón y con el visto bueno del cura y de los vecinos, bien hechas están. Además, peor que estaban no se podían dejar, que las veías en una pila leña y no mirabas pa' ellas».

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Tampoco en el bar Covadonga, pocos metros más allá, se hablaba de otra cosa y, entre servir un café y un carajillo, Hilda Fernández y Valentín Requejo coincidían en que «el pueblo estaba conforme y el párroco, también. Incluso la llamó para decirle que no se preocupase por lo que digan, que ahí está él para responder por lo que sea».

A su lado, un parroquiano, Ramón Castro, les daba -claro- la razón: «Mejor están arregladas que sin arreglar, dejándolas pudrirse». Y, en una mesa cercana, un grupo de amigos jubilados bromeaban -o no- con la posibilidad de que Rañadorio llegue a convertirse en polo de atracción turística internacional como en su día lo fueron Borja y su 'Ecce Homo', también conocido como 'Ecce Mono'.

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