Sebastián Miranda revela su modo de crear

Montserrat López, Virginia Rebollar y Lucía Peláez, durante la inauguración de la muestra. Arriba, bustos de Juan Belmonte y, debajo, varios bocetos. / FOTOS: JORGE PETEIRO
Montserrat López, Virginia Rebollar y Lucía Peláez, durante la inauguración de la muestra. Arriba, bustos de Juan Belmonte y, debajo, varios bocetos. / FOTOS: JORGE PETEIRO

Pío Baroja, Juan Belmonte y sus célebres gitanas comparten espacio con un mosaico de dibujos empleados como bocetos para sus esculturas 'De la idea a la materia', fruto del depósito de Virginia Rebollar, muestra los secretos de su taller

M. F. ANTUÑA GIJÓN.

No siempre es habitual que se conserven los bocetos, las pruebas, los caminos seguidos por los artistas hasta llegar a la obra definitiva; muchas veces, esos materiales se reutilizan, se tiran y desaparecen para siempre. Por eso la exposición 'De la idea a la materia', que ayer se inauguró en la Casa Natal de Jovellanos, subtitulada 'en el taller de Sebastián Miranda', tiene ese valor revelador de mostrar el camino, el viaje que hizo uno de los grandes nombres de la escultura en Asturias. Sebastián Miranda (Oviedo, 1885-Madrid, 1975) tuvo una vida intensa, siempre creando y siempre en relación con importantes figuras de la cultura española como Pío Baroja o el mismísimo Juan Belmonte. De ambos, y de otros muchos, y de sus famosas gitanas, hay buena muestra en la exposición recién inaugurada, que llega a Gijón gracias a Virginia Rebollar, una mujer que hoy cuenta 75 años y que fue testigo de toda una época, que vio crear al artista, que comió siendo una niña tortitas en la Gran Vía junto a Belmonte y que es también ahijada de Zuloaga.

Ella ya realizó, años atrás, un depósito de 1.900 dibujos en Gijón, la ciudad que conserva su 'Retablo del mar', y ahora lo amplía con otros 900 cuadernos con dibujos, así como 80 esculturas en escayola, barro y bronce. En la muestra solo se pueden ver 17 esculturas y 51 dibujos y con ellos se establece ese viaje, del boceto hasta el barro, la escayola y el molde para hacerse metal. «Esto es lo que hubiera querido Sebastián Miranda, que su obra esté en un buen museo», apuntaba Virginia Rebollar, hija de La Sariega, la mujer que fue asistente personal del escultor y que viajó con él y con su mujer primero a París y después a Madrid. Ella era una niña en aquellos años de postguerra, pero con una memoria prodigiosa aún recuerda las amistades que frecuentaba el escultor, su manera de trabajar, y ha heredado y se ha encargado de conservar, cuatro mudanzas mediante, su notable legado. Aún queda mucho material interesante en su poder. Ayer afirmaba, por ejemplo, contar con la carta de despedida que le envió Juan Belmonte al escultor explicando las causas de su suicidio. Era muy taurino el artista asturiano, que no se perdía una feria y que había nacido el día de San Fermín. Y atesora también un centenar de cartas remitidas desde México por Indalecio Prieto, de quien Miranda era íntimo amigo.

De momento, ese prometedor material continúa en sus manos, mientras ya le duele sentir lejos el que acaba de llegar a Gijón en depósito, aunque sabe que está a buen recaudo. Eso sí, lamentaba ayer la estrechura del espacio, que la exposición no pudiera ser más amplia. Pero tanto la concejala de Cultura, Montserrat López, como la directora de los museos de bellas artes de Gijón, Lucía Peláez, coincidieron en confiar en que pronto Tabacalera pueda servir para ampliar las salas de exposiciones y dar más visibilidad a los fondos artísticos. Mientras llega ese día, vale la pena mirar una escultura de escayola policromada que retrata a una gitana cestera, a Pío Baroja en idéntico material, al torero dibujado y en dos escayolas, o los hermosos bocetos que a modo de mosaico van mostrando apuntes preparatorios para otras obras como el 'Retablo del mar'.

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