«Me fui sin nada, solo con esperanza»

Alfredo posa con algunos de los dibujos que cuentan su vida en el Museo Barjola. /  PALOMA UCHA
Alfredo posa con algunos de los dibujos que cuentan su vida en el Museo Barjola. / PALOMA UCHA

La exposición autobiográfica ofrece también retazos escritos por él. Con 85 cumplidos, no puede ir «con el carpetón a todas partes» Alfredo, el Premio Nacional de Ilustración asturiano, dibuja su vida en el Barjola

PACHÉ MERAYO GIJÓN.

Tiene Alfredo dos apellidos que no utiliza -González Sánchez-, una vertical difícil -«porque estar tantas horas sobre un tablero de dos metros me ha dejado las vértebras tocadas»-, cara de buena gente y tanto talento como biografía. Tiene además este asturiano de Moreda (1933) un Premio Nacional de Ilustración (2017) y más de una generación de creadores que le veneran como maestro. Un equipaje con el que, después de más de medio siglo, regresa a su tierra, de la que se fue «con 13 años y una mano delante y otra detrás. Sin nada, solo con esperanza». Y regresa, precisamente, para contar lo que fue y es su vida. Para hacer un relato dibujado y ahora expuesto en el Museo Barjola. La primera planta es toda suya desde ayer. Allí está él de niño, en aquella Asturias de los años 30. Están su habitación, su hermana, su padre, picador; su abuela coraje, su abuelo bebido. Su ventana, que fue su «punto de salida al mundo. Mi escape. Mi paraíso». También cuelgan en las paredes llenas de negro de su tinta y el rojo de sus rotuladores el primer tren que le llevó a Madrid, los miedos, «las anécdotas en medio mundo», las compañías. Umbral, con el que escribió 'Teoría de Madrid', y del que fue «gran amigo, aunque éramos muy diferentes». Le llamaba el «Durero underground» y todavía se ríe al recordarlo. Ignacio Carrión, que puso el verbo de 'De Moscú a Nueva York' «y me hizo pasar más de un susto». Alfredo Amestoy, «que era grande y me llevó de la mano» y así lo retrata; Gallego y Rey, sonriendo a su lado; Marisa, su mujer, «gritando que estaba embarazada». Todos están y muchos más en su recorrido existencial. Y con todos y en todas partes, él. Dibujado en los dibujos y mirándolos como espectador. No solo de los trazos, sino también de los escritos. La exposición ofrece algunos de su puño y letra con anécdotas e hitos entrañables, unos, muy divertidos, otros. Esa vida que sigue fuera del papel, pero que en el museo termina con un autorretrato en el escusado. Libro recién caído en el suelo y el dibujante sentado mirando a cámara -si la hubiera-. Y ¿Por qué ese lugar y esa pose?. Sencillo «a mi edad», dice, «no hay nada más importante». En esa escena y en el resto, Alfredo se muestra totalmente abierto. «Desnudo», apunta Mauricio d'Ors, comisario de la exposición, que ambos han titulado como el libro que está detrás de ella, 'La ventana de atrás. Alfredo. Desmemorias de un dibujante'.

Asegura d'Ors que en otras memorias hay mucha mentira, mucha impostura. «En esta todo es cierto. Está solo la verdad». Con ella, además, la historia de un tiempo. «La intrahistoria», aclara el viceconsejero de Cultura, Vicente Domínguez, que asiste a las explicaciones de creador y comisario y asegura que «para él lo que hace el Premio Nacional de Ilustración es sortear los grandes acontecimientos y centrarse en sus vivencias, casi a modo de Unamuno».

Mauricio d'Ors asiente y Alfredo rebusca en su memoria más anécdotas que contar, como la del día que su madre le dijo: «¿Por qué pintas torcido» y él, que no había caído, le contestó: «Porque me sale así. No puedo decir más». No hay segundas lecturas, como ya no hay tantas horas sobre la mesa de trabajo, en el sótano de su casa de Madrid, al que sigue bajando porque sigue «trabajando. Menos, pero sigo». Lo que ya «no puedo hacer», confiesa, «es ir con el enorme carpetón a todas partes como hacía antes». Como hacía de ciudad en ciudad. Por cierto, las ciudades, Nueva York, Moscú, Ciudad de Panamá, también están allí.

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