La luz de Sorolla deslumbra al Niemeyer

La Cúpula del Niemeyer, donde las obras de Sorolla flotan suspendidas gracias a caballetes de cristal en una original propuesta que permite que se reflejen unas en otras./FOTOS: MARIETA
La Cúpula del Niemeyer, donde las obras de Sorolla flotan suspendidas gracias a caballetes de cristal en una original propuesta que permite que se reflejen unas en otras. / FOTOS: MARIETA

El centro avilesino inaugura una muestra con 58 obras maestras del artista valenciano. Por vez primera se pueden ver juntos los cuadros atesorados por Pedro Masaveu, el mayor coleccionista privado español del pintor

AZAHARA VILLACORTAAVILÉS.

«Las luces del mediodía. Las luces al filo del amanecer. Las luces plateadas del Mediterráneo. La luz cálida de sus playas de Valencia. Las luces de Castilla y Madrid. La fría luz del Norte». En todas ella habita «la increíble magia» de Joaquín Sorolla (Valencia, 1863-Madrid, 1923). «Lo que enamora de él al mundo entero. Esa manera tan singular y maravillosa de representar la luz» que deslumbra ya en la Cúpula del avilesino Centro Niemeyer, donde su bisnieta y máxima especialista en su obra, Blanca Pons-Sorolla, crecía ayer estar viviendo «un sueño» al inaugurar la muestra en la que se pueden contemplar por vez primera de manera conjunta los 'sorollas' atesorados por Pedro Masaveu, el coleccionista privado español que más obras logró reunir del «pintor de la luz». Todas a excepción de una, 'Llegada de la pesca', colgada en todo su esplendor en las paredes del Reina Sofía.

También comisaria de la exposición, ella fue la encargada de guiar a los primeros visitantes por esa ensoñación llamada 'Pedro Masaveu: pasión por Sorolla'. «Una ocasión única de disfrutar de una colección de una calidad enorme, en la que se percibe el gusto» del mecenas asturiano y que hasta el próximo 6 de enero hará dialogar a cincuenta y ocho grandes obras de primer nivel del genio de la pintura realizadas entre 1882 y 1917. Un itinerario emocionado y emocionante en el que los cuadros parecen estar suspendidos en el aire y dialogar entre sí gracias a las estructuras de hormigón y vidrio que los sustentan, inspiradas en los caballetes de cristal proyectados por la arquitecta italo-brasileña Lina Bo Bardi.

En ese flotar que asegura una perspectiva completa de un conjunto liviano y transparente encuentra el espectador una muestra dividida en cuatro secciones, «pero sin una ordenación cronológica, concreta, con predominio absoluto de la estética».

Un viaje que arranca con la titulada 'Del retrato velazqueño al retrato libre', en la que -explicó Pons-Sorolla- queda patente «la fascinación» que siente el valenciano por el autor de 'Las Meninas' en «verdaderas joyas» como 'La familia de don Rafael Erráriz Urmeneta'. Un «cuadro pintado en apenas veinte días y con sesiones de posado cortas, no más de cuatro horas», en el que, «con una paleta típicamente española, da forma a un magnífico espacio con un soberbio estudio de luces interiores» para evolucionar, más tarde, hacia el gran pintor de retratos al aire libre que sería Sorolla en su madurez, con obras maestras como 'Mi mujer y mis hijas en el jardín', «la expresión suprema de la felicidad» y de su brillo y una de las preferidas por su bisnieta.

Las escenas de género y de carácter costumbrista, su afición por inmortalizar «a los pescadores y a las mujeres que iban cantando a trabajar», captaron también la atención de Pedro Masaveu, quien coleccionó, además, estudios de flores, «que, como buen valenciano, Sorolla amaba».

Pero si hay algo que arrebata de su magistral paleta es el mar, plasmado en vibrantes pinceladas, libres y enérgicas, transmitiendo una espontaneidad imposible de imitar, todo al modo impresionista. «Un Sorolla cada vez más osado en su experimentación de la luz y del color, verdaderas líneas-fuerza de sus cuadros». Imposible apartar de la retina sus niños jugando con las olas, nadando, al salir del baño, tumbados en la arena. «Un Sorolla liberado de la corporeidad de las figuras y empeñado en captar la instantaneidad del movimiento».

Cuenta Pons-Sorolla que, a través de sus cartas, descubrió a un bisabuelo que, en ocasiones, lloraba mientras creaba, y cayó rendida. «Estamos ante un personaje tan excepcional, tan enamorado de su familia y de su esposa -posiblemente, la mujer más representada por un artista-, tan encantado con lo que hacía y tan consecuente como pintor y como persona que enamora. A mí y a cualquiera. Joaquín Sorolla y Bastida engancha absolutamente a través de su emoción» plasmada en lienzo. En el Niemeyer encontrarán su luz.

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