Un asturiano entre la Komintern y la Falange

Óscar Pérez Solís. / E. C.
Óscar Pérez Solís. / E. C.

Un libro recopila los artículos de Óscar Pérez Solís, que viró del comunismo al fascismo | El historiador Steven Forti presenta una edición crítica de los textos del político allerano en los que narró su viaje a la Rusia soviética de 1924

A. VILLACORTA GIJÓN.

En el verano de 1924, el político asturiano Óscar Pérez Solís (Bello, Aller, 1882-Valladolid, 1951) viajó a la Unión Soviética para participar en el V Congreso de la Internacional Comunista y, dos décadas más tarde, tras haber abjurado de sus viejas creencias izquierdistas y haberse afiliado a la Falange, recordaría esa experiencia en una serie de artículos titulada 'Un vocal español en la Komintern' que se publicó en las páginas del semanario falangista 'El Español'. Un alucinante viaje ideológico que ahora acaba de quedar plasmado en un apasionante libro que, con el mismo título, recopila los textos en los que el también periodista y escritor dejó constancia de su evolución durante los años más convulsos del siglo XX.

La edición crítica de esos escritos la firma, para la editorial Renacimiento, el historiador y profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona Steven Forti (Trento, 1981), que hizo su tesis doctoral sobre los tránsfugas del periodo de entreguerras.

Ahí fue donde Forti descubrió a Pérez Solís y quedó prendado de un hombre «cuya trayectoria es extraordinariamente peculiar, aunque no fueron pocos los dirigentes con itinerarios políticos similares en la Europa de aquellos años, porque él mismo era un personaje peculiar», cuenta el historiador, quien recuerda que el allerano comenzó su trayectoria política en las filas del PSOE. Ahora bien, apunta, «no es un clásico dirigente con una juventud marcada por la clase obrera, sino que, como militar de carrera, se aproxima primero al anarquismo y luego al socialismo a través de la lectura y del contacto con algunos soldados». Así que, en 1909, Pérez Solís se encuentra en Valladolid como capitán de artillería y, a partir de ahí, empezará a acercarse al Centro Obrero pucelano, se convertirá en un dirigente del PSOE vallisoletano y dejará el Ejército».

El segundo viraje, el del socialismo al comunismo, se produce poco más tarde. «Pérez Solís era un dirigente de la corriente reformista del PSOE. Lo que ocurre es que, en 1920, por una sentencia de destierro a causa de unos artículos que había escrito contra el cacique liberal de Valladolid Santiago Alba, tiene que abandonar la ciudad, se muda a Vizcaya y, allí, en contacto con una realidad obrera mucho más desarrollada que la castellana, se acerca a posiciones más favorables a la Revolución rusa y, al año siguiente, sería uno de los fundadores del Partido Comunista».

Y así es cómo llegamos a 1924, cuando el asturiano viaja por media Europa con un pasaporte falso hasta llegar a la Rusia soviética, en la que se entrevista con dirigentes como Bujarin, Zinoviev o Trotski -«me recibió afabilísimamente», contó después-, además de hacerse amigo de Andreu Nin, quien le sirvió de intérprete en una entrevista con Stalin.

Una fe en los postulados revolucionarios que se derrumbaría poco más tarde, apunta Forti. «En 1925, durante la dictadura de Primo de Rivera, será encarcelado en Montjuic, tendrá unas charlas con otro asturiano, el padre Gafo, y se convertirá al catolicismo. Así que, en 1927, abjurará del comunismo, abandonará la política, saldrá de prisión y se dedicará al periodismo en la prensa regional vallisoletana y, a partir de ahí, hasta 1936, experimentará una paulatina deriva fascista. De hecho, el 18 de julio de ese año se encontrará en Oviedo como enlace de los sublevados, participará en el llamado sitio de Oviedo y sus conocimientos militares le serán muy útiles al general Aranda, aunque luego no tendrá un papel destacado durante el franquismo. Será, más bien, un propagandista hasta su muerte. Un hombre que escribirá mucho en periódicos afines al régimen como 'El Español'».

Allí publicaría en los años cuarenta los artículos sobre su viaje a Rusia que ahora se compilan, ya con las lentes de su nueva ideología, aunque yendo más allá de los tópicos de la vulgata anticomunista, tan en boga en la España de Franco. Así, escribe: «Al cabo de mi estancia en la capital soviética llegué a sentir el deseo de huir de allí cuanto antes». Y habla de «las quimeras de aquella revolución 'redentora' que perdía todo su encanto vista desde cerca».

Y eso que reconoce que la vida como invitado político no era desagradable: «Aun cuando la generalidad de la población tuviera que afrontar en Rusia grandes privaciones, los capitostes revolucionarios -al menos los que estábamos allí en calidad de huéspedes de la Komintern- no lo pasábamos del todo mal, sin que nadáramos en la abundancia. Caramba: no podíamos quejarnos. Lo teníamos pagado todo, y por añadidura percibíamos, para gastos menudos, unos dos rublos diarios».

Una visión muy distinta a la que se muestra en la segunda parte del libro, en la que se recopilan otros artículos que escribió durante su periplo ruso como corresponsal para el semanario del Partido Comunista, 'La Antorcha', «en línea con la propaganda de Moscú», un hombre «cuya vida privada fue bastante oscura», que terminó sus días viviendo con su madre y su hermana y que, en sus escritos, termina deshaciéndose en elogios hacia Primo de Rivera, «algo en lo que pesa el hecho de que, cuando sale la cárcel, le encuentran un trabajo en Campsa, la compañía de petróleos creada por la dictadura».

 

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