«El blanco y negro resulta fascinante desde que la vida transcurre en color»

Algunas visitantes contemplan una de las imágenes. A la derecha, detalles de otras de las obras expuestas./
Algunas visitantes contemplan una de las imágenes. A la derecha, detalles de otras de las obras expuestas.

El fotógrafo José Ramón Cuervo-Arango desvela los secretos de su «magia» durante una visita guiada por la antológica que cuelga en el Bellas Artes

A. VILLACORTA OVIEDO.

José Ramón Cuervo-Arango se siente «como en casa» en el Museo de Bellas Artes de Asturias, «que además es la casa de todos los asturianos», dijo la responsable del Aula de Cultura de EL COMERCIO, María de Álvaro, poco antes de que diese comienzo la visita guiada organizada ayer por este diario a través de las fotos de este artista que lleva la vida entera capturando imágenes que, «más que imágenes, son símbolos». Porque, como explicó al numeroso público que se acercó a acompañarle entre risas y confesiones propias de quien está en confianza, «una fotografía nunca es una reproducción de la realidad. Y, de hecho, uno fotografía el presente y siempre obtiene el pasado. Es pura alquimia. Simplemente, aparece la magia». Y, a veces, también «alguna decepción» en el proceso de revelado.

«Busco la fotografía ideal, que seguramente no existirá», admitió este hombre perfeccionista y minucioso hasta límites insospechados, para quien «el elemento fotográfico más importante es la papelera», y que estos días cuelga en la gran pinacoteca asturiana el fruto de cuatro décadas de trabajo. Un centenar de fotos que cuentan un centenar de historias, porque, en palabras de María de Álvaro parafraseando a Bonet, «cada una de ellas encierra casi una novela».

Allí están, por ejemplo, varios de los nietos del artista, bajo el título 'Las caricias de Dios', «porque los abuelos sienten cosas inusitadas», por más que Cuervo-Arango jure que toda su obra ha sido posible «a pesar de la familia». O las melodías que ha plasmado en ellas quien se declara melómano irredento: «Hay muchísima músicas en mis fotos».

Pero, sobre todo, está el 'Paisaje', que es así como se titula la muestra. De Tineo a Gijón. De León a Flandes. «Fotos tranquilas, contemplativas, clásicas, muy pensadas», en las que a veces sufre «lo indecible», porque el laboratorio también tiene cosas que decir y «hay negativos amorosos que se dejan revelar, pero hay otros que se tuercen».

Para llegar a ellas, Cuervo-Arango coloca su trípode en el lugar preciso, porque «una ligera variación cambia totalmente el encuadre. Y, por tanto, la foto deseada». Y dispara. Apenas una y dos tomas. Siempre en analógico, «hasta el último suspiro», prometió. «Porque me hace muy feliz y tiene tanto que decir... Nada de imágenes digitales, que a veces son tan espectaculares que apabullan, pero que tienden a ser planas». Él quiere volumen y blanco y negro, que «resulta fascinante ahora que la vida transcurre en color». Y, así, aparecen sus fotos en pequeño formato, «porque son para acercarse, para disfrutarlas. Si se pudiera, incluso para lamerlas». Lo dicho: como en casa.