Banda sonora de una película inolvidable

Mariano Rivas dirige a la orquesta mientras se proyecta la película. /
Mariano Rivas dirige a la orquesta mientras se proyecta la película.

El film de Charles Chaplin fue subrayado en vivo a pie de escenario con la maestría y la sensibilidad que caracteriza al director gijonés

ALBERTO PIQUERO GIJÓN.

Pasan los lustros y las décadas, y esa cumbre cinematográfica de Charles Chaplin que llevó por rótulo el de 'Luces de la ciudad' (1931), que el American Film Institute continúa manteniendo en su lista de películas más deliciosas del pasado siglo, conserva todo su esplendor artístico, sentimental y musical. Atrás queda el borrascoso litigio que José Padilla, verdadero autor de las líneas melódicas de la partitura que giran alrededor de 'La violetera', hubo de plantearle y ganarle a Chaplin, quien no le incluyó en los títulos de crédito.

Ayer, en el Teatro Jovellanos, lo que importó fue la traslación en vivo de esa música prodigiosa, que envuelve el guión a la manera de un abrazo repleto de ternura, extendido por la Orquesta Filarmónica de España.

En la batuta, Mariano Rivas (Gijón, 1971), quien ya se había asomado a esta aventura de gran dificultad técnica y sincrónica hace unos años, también presentada en el Jovellanos. El director gijonés, pianista y violinista, educado en la Academia de Música de Viena por los maestros Karl Österreicher y Leopold Hager, es un talento de amplio vuelo, que ha dejado su huella al frente de la Orquesta de la Ópera de Tiflis (Georgia), la Ópera de Kiel (Alemania) o la Ópera de Madrid. Y al que Montserrat Caballé ha llamado varias veces para pautar su voz en conciertos europeos.

En Asturias, ha dejado su impronta en óperas como 'Carmen', que tuvo una escenificación grandiosa en la plaza de toros de Gijón, 'Madame Butterfly', 'La Bohéme' o 'Pelagio'. Y de su conocida pasión por la zarzuela, también ha desplegado en su tierra memorables veladas, ya fuera con 'Marina' o 'Doña Francisquita'. Quiere decirse que ningún pentagrama le es ajeno.

Y ese caudal de sensibilidad afloró en este domingo, en un Jovellanos con 800 personas ocupando sus butacas, desde las notas iniciales de la obertura, introduciendo el color español de la misma, que va derivando hacia espacios de remanso para proseguir con sonoras trompetas y conjuntos orquestales muy vivos. Tal vez una de las características de las piezas sea esa ondulación que va enhebrando aires ligeros e hilvanes de melancolía.

La historia del relato de la florista ciega y el vagabundo redentor, con todo el estremecimiento que la recorre, parece haberse hecho al pie de la inspiradísima composición de José Padilla. Se entrelazan de forma celestial, se antojan inseparables. Y ese mérito de partida, alcanzó en las vibraciones del Teatro Jovellanos la culminación de las emociones en directo. Ese encantamiento que produce esta peripecia romántica, capaz de suscitar las lágrimas en los corazones más rocosos, es simultáneamente la evidencia de la trascendencia del lenguaje musical en el Séptimo Arte (cuando todavía era mudo, aunque ya existieran muestras del sonoro).

La Orquesta Filarmónica de España y Mariano Rivas lograron transparentar ese ensalmo, bordando notas como suspiros, llevando los violines a convertirse en pétalos, deslizándose en ocasiones hacia la fiesta orquestal, tañendo campanillas de cristal, haciendo dialogar a la sección de viento, hasta ese monumento del alma que vuelve al final a 'La violetera' y pone un nudo en la garganta. Velada soberbia rubricada por una ovación interminable con toda la orquesta y Mariano Rivas en el escenario.

 

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