«Si no trabajo como actor en Estados Unidos no puedo producir teatro aquí en España»

Sergio Peris-Mencheta, en el Palacio Valdés en 2016. / MARIETA
Sergio Peris-Mencheta, en el Palacio Valdés en 2016. / MARIETA

El actor y director Sergio Peris-Mencheta prepara el estreno en Avilés de su proyecto más ambicioso: 'Lehman Trilogy', un extraño musical en tres actos cargado de contenido

M. F. ANTUÑA GIJÓN.

Sergio Peris-Mencheta (Madrid, 1975) está en capilla. El próximo viernes, el Palacio Valdés de Avilés da la bienvenida a su último proyecto teatral, 'Lehman Trilogy', una obra de Stefano Massini que adapta y dirige y que es mucho más que teatro. Es un cuento, una balada, un musical que cuenta y canta la deriva del capitalismo moderno a partir de la historia de la familia Lehman. Todo comienza con la llegada a Nueva York en 1844 del hijo mayor de un comerciante de ganado de Baviera y concluye con la quiebra de Lehman Brothers 158 años después. Es una aventura escénica arriesgada y compleja que sube a escena a seis actores-músicos: Víctor Clavijo, Pepe Lorente, Darío Paso, Aitor Beltrán, Leo Rivera y Litus.

-Dice que esta obra tiene potencial para convertirse en un clásico del teatro universal. ¿Por qué?

-Toca temas universales, está bien escrita e innova en la escritura dramática, es como una balada, como un gran cuento, de cuatro horas y media el original, en el que el director tiene que decidir quién dice qué. Trasciende al puro entrenitemiento y eso le convierte en clásico.

-¿Cómo se metió en este lío?

-Vi la obra en el Greg hace dos años. Me fui solo al teatro, era en catalán, así que me enteré del 60%, pero me fascinó la historia, y se me ocurrieron muchas maneras diferentes de contarla. Pensé que me encantaría poder hacerla con Barco Pirata e intenté hacerme con los derechos. Fue un camino arduo, tenía muchas novias en España, al final el autor no se decidió por la mejor puja, sino por la propuesta más joven. Me puse a trabajar en el texto, a traducirlo a partir de la versión italiana. Tenía que elegir qué parte contar y yo la vi, la imaginé, como un musical.

-No es una dramaturgia al uso.

-No. Es muy particular. Todo está narrado, podría ser un monólogo, podría ser una obra hecha por 27 actores o por tres, como hace Sam Mendes en Londres, o por seis, como hacemos nosotros. Es una balada. Es un gran poema en verso libre. Por eso creo que tiene ese potencial que raramente se ve en las obras que llegan a mis manos. Llamé a Litus directamente para hacer la banda sonora, él había trabajado conmigo en 'La puerta de al lado', y pensé que, como narra 160 años de historia, se podía acompañar de una música que apoyara la dramatura en cierto modo. Se ha hecho un trabajo excepcional, con él y con más compositores que han participado, y con el resto de los actores que son músicos, todos cantan, bailan, y han ayudado a componer. Son seis malabaristas que hacen de todo durante las tres horas, e incluso entre los descansos.

-Son tres actos, con dos descansos, y usted dice que son tres géneros.

-El primer acto es mucho más teatral, se desarrolla en 1840, cuando llega el primer Lehman a Estados Unidos y sigue hasta después de la Guerra de Secesión. Tiene sabor al oeste americano, a los pioneros, a las raíces judías de estos inmigrantes, tiene algo de sepia; el segundo es en blanco y negro con toques de color, llega hasta la crisis de 1929, y tiene que ver principio con el cine mudo y sonoro; el tercer acto es el que más años abarca y ya nos vamos acercando a una música más moderna.

-Es un montaje muy complicado.

-Sí. Es un 'tour de force', le he puesto más horas que nunca a nada, dos años todos los días trabajando en el texto, el whatsapp ardiendo desde EE UU con los actores. Está siendo un viaje.

-¿Y un disfrute?

-Yo dirijo por los ensayos, siempre les digo a los actores que su objetivo es hacer la función y el mío, disfrutar del viaje.

-¿Cómo se cuenta y cómo se canta?

-Pues en algunos momentos se cuenta y en otros se canta, y el cuento acompaña a la música y viceversa. No es un musical al uso, con coreografías, es un musical de bolsillo, que es mucho más complejo de lo que parece. Mis ayudantes de dirección, que vienen del mundo del musical, dicen que es un musical, aunque yo no lo entiendo así porque hay infinitamente más teatro que comedia musical. Victor Clavijo ha aprendido a tocar el violín, también toca el bajo y la guitarra; Aitor, el acordeón, guitarra, batería... Cuando no están actuando, es que están tocando y van pasando por 135 personajes.

-¿135 personajes?

-Sí. Tenemos dos burras llenas de ropa encima del escenario, durante toda la función con pelucas, maquillaje a la vista del espectador. En escena van haciendo las transiciones de personajes.

-¿Y no quieren asesinarle los actores?

-Es muy dificil, es muy larga, cada acto es un mundo, son 50 minutos a un ritmo frenético y cuando acaba una historia empieza otra de la trilogía. Pero lo pasan pasan muy bien. Lo que no podemos hacer es dos pases en un día, es un desgaste brutal.

-¿Es lo más complicado que ha hecho en su vida?

-Sin duda. Y me atrevo a decir que que lo más complicado que haré.

-Dicho lo dicho, se nos olvida de que la historia lo que cuenta es la deriva del capitalismo moderno.

-Realmente es una especie de rayos X del mundo que estamos viviendo ahora mismo, es como si estuviésemos haciendo un diagnóstico a la sociedad occidental; y al final se resume en una crisis de valores por encima de todo. Es mostrar cómo esa familia de judíos ortodoxos se van despojando de sus propios valores, de la raíz de aquel sueño, de esa maleta llena de sueños.

-¿Intuye cuál puede ser la reacción del público?

-No. Porque además hay muchos elementos de luz, de sonido, magia, proyecciones, la obra está tan llena de cosas, es como un juguete gigante.

-¿Por qué siempre se trae a Avilés a su Barco Pirata para estrenar?

-Es que Antonio Ripoll es adepto a Barco Pirata. Con un año antelación me pide textos. Es uno de los grandes hombres de teatro en España. La culpa la tienen él y el virrey.

-¿Nervioso?

-Me pongo mucho más nervioso cuando me toca actuar que cuando dirijo. El día del estreno soy el marido de la parturienta, no puedo hacer nada. Cuando se apagan las luces paso nervios, sí, pero nada comparado con lo que es actuar. El día del estreno como actor es un sufrimiento casi masoca. Luego es maravilloso; pero antes es terrible.

-Una serie en Estados Unidos y teatro en España. ¿Difícil de compaginar?

-Si no fuera por la serie en Estados Unidos no podría producir o sacar adelante proyectos teatrales, la ecuación es tal cual. Si no trabajo como actor, que me da de comer, no puedo dedicarme al teatro aquí en España. Esta obra es 'Snowfall', 'La catedral del mar'... es lo que me permite subsistir. Del teatro no se puede vivir, sales a empatar y gracias. No salen los números por ningún lado.

-¿Qué tal el trabajo en EE UU?

-Pues la verdad es que la principal diferencia es la cantidad de dinero. Muy contento, no es un personaje que no digo que no sea complejo, pero no me quita muchas horas de sueño y me sale bien. Empezamos la tercera temporada en noviembre. Y he tenido la oportunidad rodar una peli que se estrena ahora en septiembre, 'Life itself', de Dan Fogelman. Es una película coral. También están Laia Costa, Antonio Banderas, Annette Bening, Samuel L. Jackson.

-¿Quedarse en Estados Unidos se le pasa por la cabeza?

-Ni de coña. Yo tengo aquí mi Barco Pirata, que es mi verdadero sueño: que pueda serguir haciendo producciones, subsistir y dar trabajo a actores, técnicos, tener cierta continuidad.

-¿Qué más proyectos tiene Barco Pirata?

-Retomamos los ensayos que empezamos en junio con Javier Gutiérrez con '¿Quién el el Sr. Schmitt?'. También tengo un proyecto con Juan Diego Botto.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos