Los rejoneadores Andy Cartagena y Diego Ventura salen a hombros en Gijón

Corrida de Rejones en El Bibio. /DAMIÁN ARIENZA.
Corrida de Rejones en El Bibio. / DAMIÁN ARIENZA.

Ambos cortaron dos orejas, aunque el caballero lusitano las logró en un tercer toro que regaló al público de El Bibio

JOSÉ ANTONIO RODRÍGUEZ CANAL

La corrida de rejones fue una caja de sorpresas. No porque Diego Ventura saliera a hombros en compañía de Andy Cartagena, sino por la forma en que consiguió el caballero lusitano las dos orejas que le abrieron la puerta grande. Fue con la lidia de un sobrero de Guiomar Cortés de Moura, de magnífico juego, que regaló en contra de lo que está mandado, por mucho que el obsequio fuera hecho con el acuerdo de los otros dos rejoneadores, de la empresa y de la autoridad.

Se lidiaron también seis toros de Romao Tenorio, de Portugal, reglamentariamente despuntados y, en general, mansos. La plaza cubrió alrededor de la mitad del aforo y en el exterior hubo una manifestación antitaurina muy sonora y concurrida. Ya está dicho que no fueron colaboradores los toros de Romao Tenorio, sobre todo el quinto, un manso de libro, y asimismo el sexto, los dos peores del encierro. El primero fue un sosainas, el segundo se dejó -como suele decirse-, igual que el tercero, mientras que el cuarto facilitó el lucimiento de Cartagena.

Andy Cartagena, en el toro que abrió plaza, prendió rejones y banderillas casi siempre a la grupa y se lo quitó de encima de un rejonazo que resultó suficiente. Fue ovacionado. Se resarció en el cuarto, que salió con muchos pies y luego dio facilidades al jinete, que estuvo eficaz al prender los castigos y tras dejar un rejón de muerte trasero consiguió las dos orejas que le permitirían salir a hombros de los capitalistas.

Ventura estuvo desacertado en la suerte suprema al pasaportar a su primer enemigo, después de haberse lucido al prender banderillas y el premio quedó en ovación. El quinto era un manso de solemnidad, que sin embargo acudía a los capotes. Dio la impresión de que Ventura estaba interesado en que devolvieran al toro, lo que hubiera sido un despropósito, porque su único defecto era la mansedumbre. Se resignó el portugués y dejó a su enemigo como un acerico, porque le prendió once castigos diversos y remató la tarea con un rejón de muerte trasero. Hubo petición de oreja, pero el premio quedó en ovación. Ventura pudo lucirse después, en el toro que regaló, irregularidad consentida, un bicho codicioso en la embestida que dio facilidades al centauro lusitano. Aunque mató de un rejonazo caído con refrendos de descabello, el entusiasmo del gentío arrancó del palco la concesión de las dos orejas que le franqueaban la puerta grande en compañía de Cartagena.

Léa Vicens debutaba en El Bibio y pasó por el ruedo gijonés con más pena que gloria. A su primero lo despachó de un rejón y cuatro descabellos. Oyó un aviso y el silencio acompañó el final de su labor, que había tenido muchos altibajos al hacer las reuniones y la colocación de los castigos. No mejoró en el anunciado como último de la tarde, otro manso al que hirió con constantes pasadas en falso y excesos de cautela y precaución en la ejecución de las suertes. Un rejón de muerte al segundo intento pasaportó al astado y de nuevo el silencio fue refrendo de su actuación.

 

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