El exitoso retorno del mosquetero narigudo

José Luis Gil, en el patio de butacas del Teatro Jovellanos, caracterizado como Cyrano. / ARNALDO GARCÍA
José Luis Gil, en el patio de butacas del Teatro Jovellanos, caracterizado como Cyrano. / ARNALDO GARCÍA

Varios minutos de aplausos sirvieron para despedir a José Luis Gil en su interpretación en 'La nariz de Cyrano', que puso al teatro en pie

DIEGO MEDRANO GIJÓN.

Alberto Castrillo-Ferrer ha concebido un Cyrano de Bergerac -la función de ayer del Teatro Jovellanos: 'La nariz de Cyrano'- como todo un emblema del pueblo galo, insignia nacional. El hombre valiente hasta el infinito, pero cobarde frente a la mujer que ama; el llamado 'negro' del guapo de la historia (Christian) al que escribe versos en secreto para su adorada Roxanne y que tiene un final trágico y un tanto ridículo: le cae un tronco en la cabeza y muere. Historia de espadachines, historia de honor y amor, muy fiel al texto de Edmond Rostand (1897), con guiños a la primera fijación de la obra para el teatro (la de Josep María Flotats), versión de versos alejandrinos y rimados que no por ello aleja al público del contenido. Escenografía artesanal: maderas, arena, cortinas, que da proximidad y la elegancia elástica de la simplicidad. Y una gran actuación, la de José Luis Gil, que le deparó una gran ovación con el teatro en pie tras el monólogo final, en defensa del honor y la palabra, y varios minutos de aplausos para despedir a toda la compañia.

El personaje enamoró. Este Cyrano es naif y profundo, es 'clown' y caballeroso, su condición primera es la de enamorado y su teatralidad es al mismo tiempo código y humor. Lo trágico y lo cómico configuran el discurso romántico por excelencia: Cyrano, aparte de su nariz monstruosa, es el clásico militar gascón, pendenciero y fanfarrón, hábil con la espada y con la pluma, intelectual con tal de superar su defecto físico en su trato con el otro sexo.

Cristian, el guaperas, representa todo lo que Cyrano desprecia: la belleza física desprovista de ingenio, petulante y vacío. Hace escarnio de su nariz y, aunque intenta Cyrano ser fiel a la familia, no podrá con eso de que su amada Roxanne caiga en sus brazos. No solo pierde a la amada sino que ésta se enamora de su rival, con quien mantiene trato de repugnancia y respeto. Concebirá un extraño plan, con sus cartas y versos, él pondrá el alma mientras Cristian se limite a poner el cuerpo. Una forma de acceder a los sentimientos de la amada. Todo es una atmósfera definitivamente romántica: heroicidades militares, admiración por la literatura, amor idealizado, rotunda y abrasadora pasión. Casi dos horas y media de puro teatro. Enorme.

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