Para que la historia nunca se repita

Los seis actores, sobre las tablasd el Teatro Jovellanos. / JOAQUÍN PAÑEDA
Los seis actores, sobre las tablasd el Teatro Jovellanos. / JOAQUÍN PAÑEDA

'Cáscaras vacías' entusiasmó al público del Jovellanos, que ovacionó a los artistas | Personajes interpretados por actores con diversas discapacidades dan vida a aquellos que eran blanco de los programas de exterminio y eugenesia

DIEGO MEDRANO GIJÓN.

La obra dirigida por Magda Labarga y Laila Ripoll, producida por La Zona y el Centro Dramático Nacional, se torna una obra confesional. Red de historias tejida con los testimonios de la 'Aktion T4', nombre en código que los nazis dieron a su programa de eutanasia destinado a eliminar personas con alguna discapacidad, a quienes consideraban «vidas indignas de ser vividas», «cáscaras vacías», y cuyas primeras víctimas fueron niños. El castillo de Hartheim fue uno de los lugares donde esta operación se llevó a cabo, seis personas que fueron asesinadas en dicha instalación nos relatan por lo menudo el horror vivido en él. Intérpretes con alguna discapacidad elaboran un convulso discurso teatral sobre la diferencia, lo raro, lo inútil en primera persona. 'Cascaras vacías' da cuenta de la ley eugenésica de la Alemania de Hitler: cuatrocientas mil personas fueron esterilizadas y doscientas cincuenta mil asfixiadas con monóxido de carbono, preludio de la exterminación de judíos y gitanos poco tiempo después.

El reto de los actores es mostrar el engaño físico de los sentidos. Una mujer sorda nos sobrecoge con su monólogo al que le cuesta encontrar palabras y tono. Otra chica con síndrome de Down encarna a una bailarina. Los intérpretes llaman a la discapacidad por su feo nombre. Liberar prejuicios, dar voz a los sin voz, eliminar eufemismos, la obra va directa al corazón y procura meterse en la mente enferma de unos asesinos que solo buscaban purificar la raza por medio de la aberración. Eliminar el prejuicio desde su base es el reto actoral. Quienes cometieron el genocidio eran científicos, hombres y mujeres educados, personas de su tiempo envueltas en la indiferencia de una sociedad anestesiada por la burocracia y la propaganda. Importaban la salud, la productividad y la excelencia, así en su nombre se cometían los peores crímenes.

Tres actores y tres actrices que van mucho más allá de sus capacidades, la videoescena acompaña a los dibujos hechos por ellos. Cada cuerpo, con sus características peculiares, lleva la carga biográfica del relato, el desafío del lenguaje. La forma externa es la del cabaré, muchas chisteras y trajes a rayas, pijamas y batas blancas. El cabaré como espejo de libertad, fiel reflejo de la época y de la sociedad germánica. La escenografía es sanitaria: baños sucios, cautiverio, los peores rincones del castillo que entre 1939 y 1945 albergó la ola del exterminio.

Patty Bonet, Ángela Ibáñez, Raúl Aguirre, Natalia Abascal, Jesus Vidal y David Blanco dejan al público boquiabierto con su desmesura trágica, confesión erizante y palabra encendida. Todo es posible, parece ser el mensaje, nada importa qué voz, cuerpo o dotación no acompañen. Los actores crecen en el escenario y hablan de una vida mejor.

Temas paralelos son la homosexualidad y el racismo. 'Cascaras vacías' no juzga, muestra y no alecciona. Habla en voz alta, repleta de coraje y belleza, manantial de agua fresca y pura, de lo que todavía hoy muchos quieren silenciar.

Aplausos incontenibles de un público completamente entusiasmado tras un final poético y muy emotivo. Cuatro veces tuvieron que salir a saludar los artistas.

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