Juan Cueto, el oráculo gentil

El comunicador asturiano Juan Cueto, en Madrid, en el año 2011. / JOSÉ RAMÓN LADRA
El comunicador asturiano Juan Cueto, en Madrid, en el año 2011. / JOSÉ RAMÓN LADRA

El autor de 'Pasiones catódicas' anticipó muchos de los males que nos aquejan hoy | Respecto a Asturias, ya preveía al principio de la década de los 80 que ni Hunosa ni Ensidesa «nos van a sacar ninguna castaña del fuego»

ALBERTO PIQUERO GIJÓN.

Puede que a primera vista, lo que llamara la atención de Juan Cueto cuando lo conocimos personalmente, allá por el inicio de la década de los 80, fuera precisamente la mirada. Una mirada que oscilaba entre la cordialidad y la agudeza, entre la receptividad y un no sé qué burlón, entre la sabiduría y la chanza, con un cierto parecido a un retrato muy popular de Albert Einstein, tanto por el bigote espeso y despeinado como por la profundidad de la pupila.

Habíamos sabido por uno de sus amigos, el periodista y escritor Fernando Poblet, que acompañarle en su ingenio verbal podía resultar agotador, razón que le aconsejó a él mismo frecuentar menos las noches en las que se le encendían las luces, pues el deslumbramiento que emitía era imposible de seguir sin caer rendido. Un comentario anecdótico en el que rebosaba el cariño y la admiración y un acicate más para un grupo de jóvenes langreanos que habíamos puesto en pie la revista comarcal del Valle del Nalón, 'Cauce', una inspiración que uno mismo había rumiado por tierras helvéticas en las postrimerías del franquismo -allí nos refugiamos de los últimos coletazos de la dictadura- y la suma artística que incorporaron el poeta Alberto Vega, Helios Pandiella y Noelí Puente. El caso es que nos desplazamos hasta Villa Ketty, domicilio gijonés de Juan Cueto, situado en Somió, tras haber acordado una entrevista generosamente aceptada por quien iba a recibirnos, dispuestos a suscribir las confidencias del oráculo de Delfos, que no debía ser mucho menor nuestra emoción. Siempre en el entendimiento de que se trataba de un oráculo gentil, amabilísimo, nada propenso a las mistificaciones, aunque hubiera estudiado a los místicos. La fotografía multiplicada por cinco páginas corrió a cargo de Antonio Ramón Felgueroso.

El ojo de un televisor mudo

El interior de Villa Ketty era un bosque de columnas de libros en equlibrio precario Durante la extensa conversación, un televisor mudo ejercía de ojo vigilante Inventó lo 'glocal' -global y local- e impulsó el verbo desdramatizar Reconocía su deuda intelectual con Roland Barthes, Umberto Eco y Gustavo BuenoEn elecciones, «lo que funciona es la memoria histórica y no la televisión» «De Corín Tellado, lo que más me interesa es lo que tiene que ver con el mito» «Lo que me gustaría es que la Academia de la Llingua recogiera todos los bables» Su último libro llevó por epígrafe descarnado el de 'Yo nací con la infamia'

Decir domicilio es usar una palabra neutra. En los inicios de los 80, para unos avanzados veinteañeros que aunque hubieran viajado un poco todavía dejaban asomar las limitaciones de su circunscripción, cruzar el portalón de hierro desvencijado y aquella especie de jardín somnoliento, con grandes árboles enigmáticos, que daba acceso al imponente caserón, era introducirse en algún arcano de la existencia o una película de autor. Y si bien cabe disculparse una vez que ya las canas escépticas nos han ido gobernando la desmesura de las interjecciones, lo cierto es que debimos sentirnos como el periodista que encontró a Livingstone, más o menos.

Livingstone era en este caso un equivalente de Roland Barthes, el estructuralismo, el afrancesamiento, el cosmopolitismo, el misterio académico de su periplo norteafricano, la mili que había hecho junto a Felipe González, la genealogía que le emparentaba con Clarín, el fundador de 'Los Cuadernos del Norte', el dominio de las nuevas tecnologías reflejado en críticas televisivas que publicaba en El País, (el descubrimiento del futuro catódico que inventaría en Canal+, ya en 1990), el aura de un tipo moderno o quizá posmoderno, que después de haber pateado las aceras sociológicas de Nueva York, París, Berlín o Milán había regresado a casa, no sé si a la manera del hijo pródigo o sabiendo que el mundo era una aldea global.

De momento, por aquí todavía estábamos, si acaso, más próximos a la narrativa sobresaltada que a McLuhan. Y un atrabiliario teniente-coronel de la Guardia Civil, por apellido Tejero, había estado a punto de hundirnos la techumbre del Parlamento, las cornisas de la democracia y la incipiente virtud de alejarnos de los anacronismos.

El interior del caserón no empalidecía la visión de la fachada. Allí el bosque eran columnas de libros en los lugares más insospechados, bien alcanzando en equilibrios espirales la altura de un matorral o peligrando por verticales mayores. Creo recordar un reloj de péndulo y manecillas doradas, detenido en una hora que no correspondía, pero eso lo dejo a cargo de los juegos literarios de la memoria. El silencio, sí, era de bóveda, de humedad marina y aire encerrado, con escasas rendijas en las persianas -puede que rotas- para que penetrara el sol de la tarde. Una penumbra con flecos de solemnidad o de soledad. Alguien nos había franqueado la puerta mediante portero automático. Juan Cueto se asomó a un corredor desde el piso del edificio, invitándonos a subir, mientras elevábamos la mirada a la aparición, que sonreía muy campechana en un trasluz. Supongo que carraspeamos discretamente antes de dirigirnos a los peldaños. Ya digo, la época era respetuosa con los mayores y los sabios.

En contexto

Durante la muy extensa conversación, el ojo de un televisor encendido y con la voz muda espió todo el diálogo. La estancia estaba repleta de antenas parabólicas, pero el anfitrión tuvo a bien mostrarse poco parabólico, siendo directo, bien que notoriamente cuidadoso de los matices, muy expresivo en la elocuencia y en la gestualidad, además de pródigo con otras provisiones: sirvió una primera tanda de whiskys a la que siguieron algunas más. Todavía no era preceptiva la circunspección para hilvanar una entrevista periodística, lo cual también favorecía el que se reconvirtiera en diálogo abierto que podía cerrarse al cabo de varias horas. Así fue.

Es conocida la capacidad que poseía para conciliar orillas aparentemente opuestas, vía neologismo, así el caso de lo que bautizó como 'glocal', la urdimbre de lo global y lo local, que sigue resultando incompatible para los políticos y huestes actuales que prefieren el cabildeo de las cabezas de ratón. Pero en aquella época había puesto en circulación un verbo preexistente, aunque poco usado por la épica ibérica: desdramatizar, que entonces aplicaba a la televisión, principio y fin de todos nuestros males. «Lo que funciona es la memoria histórica y no la mediatización de la televisión», explicaba acerca de los comportamientos electorales, que en Asturias habían reproducido un mapa semejante al de la Segunda República.

Si se le preguntaba por personas influyentes en su pensamiento, mencionaba a Roland Barthes, Umberto Eco y Gustavo Bueno, al último de los cuales le debía «el reconocimiento de que las cosas no son simples, la concepción materialista de la vida...».

Asturias y otros mitos

En cuanto a su visión de Asturias, el oráculo de Delfos no hubiera podido ser más profético: «Ni Hunosa ni Ensidesa van a sacar ninguna castaña del fuego a Asturias (...). Pero eso no lo quieren escuchar los políticos, porque resulta muy fácil simplificar diciendo que la solución pasa por esas variables... A mí que me expliquen qué es eso». Ya anticipaba, en cuadro general, que «el problema del paro se va a incrementar de manera importantísima de aquí a cinco años».

Respecto de lo que denominaba bables, se manifestaba así: «Lo que sí me gustaría es que la Academia (de la Llingua) recogiera todos los bables, sociológicamente, lingüísticamente... Y no sé si se está haciendo eso o se estarán haciendo otras cosas...».

Y tampoco fue ajena la reflexión acerca de Corín Tellado en la tarde que se iba haciendo noche: «En el caso de Cabrera Infante y Vargas Llosa, el interés puede venir determinado por la repercusión espectacular que tiene Corín en aquellas tierras (americanas), y Andrés Amorós lo trata desde la sociología. A mí me interesa el mito». Acababa de publicar 'Sociedad de consumo de masas' y tenía a punto de edición 'Mitologías del mundo contemporáneo', una década después de 'Los heterodoxos asturianos' o dos lustros antes de 'Pasión catódica', siendo su última comparecencia, en 2012, un título nada complaciente: 'Yo nací con la infamia', lo que no ha de oscurecer su inmensa voluntad de crear arquitecturas de futuro ilusionantes, dibujadas con trazo crítico y acompañadas por su enorme creatividad.

Pensador independiente que nunca se dejó arrastrar por la corriente -lo que ahora llamamos populismos, que se disfrazan de tantas cosas a izquierda y derecha, del ruralismo al patriotismo-, ha fallecido un guía indispensable e irreprochable. Aquel primer encuentro que nos concedió, al que se irían agregando nuevas benevolencias a lo largo de los años, finalizó contemplando cuadros de Úrculo y de Orlando Pelayo, o el retrato de su hija al que había puesto los pinceles Paulino Vicente. Ningún arte le era ajeno, pese a que lamentase sus limitaciones en algunos campos científicos. Se despidió yendo a buscar la bicicleta para un paseo peripatético, o sea, filosófico. Un pastor alemán ladraba por los alrededores, más juguetón que fiero. El crepúsculo se alzaba en pleno esplendor primaveral. Anteayer se nos hizo invierno.

 

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