Leopoldo María Panero, el reposo del maldito

Familiares y amigos de Leopoldo María Panero, ayer en su funeral en Astorga. /  EFE
Familiares y amigos de Leopoldo María Panero, ayer en su funeral en Astorga. / EFE

Las cenizas del poeta, fallecido en 2014, fueron enterradas ayer en Astorga tras permanecer cinco años retenidas por orden judicial

MIGUEL LORENCIMADRID.

Leopoldo María Panero Blanc descansa, al fin, en paz. Más de cinco años después de su muerte, las cenizas del maldito y excelente poeta reposan ya en el panteón familiar de su Astorga natal, junto a su padre y su hermano menor. Una misa celebrada en la iglesia de Santa Marta y el posterior sepelio sacaron sus restos del limbo judicial en el que se sumieron tras su repentina muerte, el 6 de marzo de 2014, en el psiquiátrico de Las Palmas en el que estaba recluido.

Desde entonces la familia reclamaba la urna, pero el juez no autorizó su entrega hasta el año pasado. La retuvo junto a varias cajas con documentos, una montaña de libros y manuscritos inéditos, reconocimientos, premios y sus máquinas de escribir. Eran las pertenencias que dejó a su muerte en «el manicomio del doctor Rafael Inglot», como él llamaba al sanatorio Rey Juan Carlos I en el que ingresó voluntariamente y que tenía encomendada su tutela.

Charo Alonso Panero, prima del poeta, refirió la tribulación judicial de la familia para rescatar los restos del depósito del psiquiátrico en el que el mediano de los Panero pasó casi dos décadas. Fueron incinerados sin el consentimiento de la familia, que supo de la muerte del poeta a través de su editor. No pudieron recoger las cenizas ni las pertenencias, dado que el finado nunca especificó qué hacer. Hubo que esperar a que el juez determinara quiénes eran sus herederos legales, proceso que se alargó un lustro, hasta que designó a cuatro primos del poeta, entre ellos, a Charo Alonso.

Ya se ha iniciado el proceso de clasificación de los textos y manuscritos para su edición. Los originales se donarán a la Asociación de Amigos Casa Panero de Astorga, que se convertirá en museo el año que viene, y que acogió ayer un homenaje al poeta.

«Vivió para escribir, con la poesía como única vía de escape, y soportó calificativos despectivos como maldito y loco», lamenta la prima de este apóstol de la incorrección. Poeta torrencial y autodestructivo, paradigma de genio maldito, transgresor y brillante, eligió vivir en la locura. Último de una estirpe de poetas, huyó de las inclemencias de la cordura sin que su inestabilidad emocional y mental le impidiera armar una obra singular, potente y lúcida. A pesar de su tormentoso y esquizofrénico carácter, sus paranoias y su impredecible y volcánico comportamiento, era «cercano y tierno», según sus editores y amigos Antonio Huerga y Charo Fierro.

Nacido en Madrid el 16 de junio de 1948, hijo del poeta astorgano Leopoldo Panero y la escritora y actriz Felicidad Blanc, sobrino del también poeta Juan Panero, creció en un ambiente letraherido e insano, marcado por el aliento poético de su autoritario padre, falangista y alcohólico, cima de la poesía de posguerra y afín a Franco. La poesía fue una vocación casi infantil a la que se entregó mientras estudiaba. Ni las normas académicas ni las sociales estaban hechas para él.

Antifranquista furibundo, faltón y pendenciero, antes de los 20 años sufrió varias detenciones, antesala de las largas etapas de reclusión en psiquiátricos. Capaz de memorizar toda la poesía de Rimabud y Baudelaire, dueño de una displicente y mordaz inteligencia, traductor excelso y acerado ensayista, el tabaco, el alcohol y las drogas fueron sus eternos compañeros. Sobrevivió a sus hermanos, también poetas, José Moisés Santiago, 'Michi', fallecido en 2004, y Juan Luis, el mayor, desaparecido en 2013.