«Aquellas armas de destrucción masiva eran necesarias en términos narrativos»

El escritor y profesor Juan J. Alonso . /
El escritor y profesor Juan J. Alonso .

El profesor de Filosofía presenta hoy en Gijón el ensayo 'El mundo volverá a saber de mí', donde analiza la figura del antihéroe y las raíces del mal

VANESSA GUTIÉRREZ GIJÓN.

Seis divertidas películas de bajo presupuesto protagonizadas por el Dr. Fu-Manchú sirven de hilo conductor al profesor de filosofía del Instituto Doña Jimena Juan J. Alonso para confeccionar el ensayo 'El mundo volverá a saber de mí' (Rema y Vive Editorial), que presenta esta tarde en el Antiguo Instituo de Gijón (19 horas). Un completo análisis sobre el mal levantado a través del mítico antihéroe (o héroe de la malignidad) que propone «a su brutal manera, un cambio profundo de valores que pasa por someter a los demás a su voluntad y, antes, por el crimen». Tan ameno como de tremenda actualidad.

El 11-S ocupa buena parte del ensayo. ¿Por qué lo califica como un mal pasado de moda?

En palabras de Susan Neiman, la Primera Guerra Mundial despedazó la fe en la capacidad de la humanidad para decidir su propio destino, y las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki hicieron que se perdiera la certidumbre de la humanidad en su supervivencia. Auschwitz aniquiló la posibilidad de una respuesta intelectual ante el horror de las cámaras de gas, un acontecimiento más allá de cualquier categoría de pensamiento político o criterio moral. El exterminio metódico llevado a cabo por los nazis es, como dice Norbert Bilbeny, el mal característico y propio del siglo XX: un mal del que no hay antecedentes en la historia porque no fue una masacre; no fue una locura porque intervino la razón de Estado; no fue una explosión de ira porque se ejecutó de forma escrupulosa, y no hubo culpa porque faltó el arrepentimiento. Los asesinatos masivos del 11-S, sin embargo, no fueron cometidos por gente común y corriente que asumió de forma irreflexiva su papel en una estructura burocrática, sino por fanáticos dispuestos a destruir sus propias vidas con tal de destruir las de otros y que llevaron a cabo sus planes después de una elaborada planificación. En ese sentido, el escándalo del 11-S es que de repente nos encontramos con un mal 'pasado de moda'.

Vincula entonces la cultura de masas con la necesidad de fabricar un archienemigo y un escenario de indefensión.

Pablo Francescutti sostiene en 'La pantalla profética' que la cultura de masas ha venido como anillo al dedo a quienes tenían la necesidad de fabricar un archienemigo que nos meta el miedo en el cuerpo y nos discipline: en el atentado del 11-S, el relato final fue elaborado a partir de las ficciones tomadas del cine-catástrofe, las películas de acción y el docudrama de las víctimas y héroes anónimos, además de los mitos del 'peligro amarillo' y del 'arma definitiva'. El mito del 'peligro amarillo', con Osama Bin Laden en vez de Fu-Manchú, proporcionó a los medios un retrato-robot avalado por la administración Bush: el de una todopoderosa Internacional terrorista con tentáculos en todo el planeta dirigida por un millonario megalómano de origen oriental. Pero al relato le faltaba una pieza indispensable para ajustarse al canon de las narraciones de archivillanos y armas definitivas y, por tanto, presentar al mundo el escenario de la indefensión de Estados Unidos que justificase una reacción en defensa propia: se inventaron entonces las 'armas de destrucción masiva' de Irak y la conexión Bin Laden-Saddam Hussein. Aquellas armas nunca existieron (seguimos a la espera de que algunos pidan primero perdón y luego paguen por sus acciones), pero eran necesarias en términos narrativos.

¿Nuestra adiaforización -la capacidad de no reaccionar ante este tipo de sucesos, o de hacerlo como si le ocurriese a objetos y no a personas- es lo peor?

Zygmunt Bauman diría que Fu-Manchú conoce bien la sociedad occidental moderna, que se caracteriza precisamente por esa adiaforización. Eso significa que para que algo agite a la sociedad tiene que ser realmente inesperado o inequívocamente brutal, como los asesinatos en la redacción de la revista 'Charlie Hebdo' o en el Bataclan, o como las terribles consecuencias de los planes de Fu-Manchú.

Estamos ante supermalos apolíticos que no plantean ninguna reclamación negociable, sino la rendición o el extermino. ¿Qué hacer?

Ojalá lo supiera. Sé que con el terrorismo del llamado Estado islámico no sirve ponerse de acuerdo para bombardear ni el recurso a la acción heroica de un James Bond contra el doctor No o un Nayland Smith contra Fu-Manchú.

Si Fu-Manchú es un monstruo y además nunca muere. ¿Qué hacer para no caer en la desolación?

Volver a ver a Bogart en 'Casablanca', a Gene Kelly en 'Cantando bajo la lluvia' o a James Stewart en '¡Qué bello es vivir!', que son maravillosos y tampoco mueren nunca.

 

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