El 'Lazarillo' de los misterios es gijonés

Arriba, la primera edición que se conserva de 'El Lazarillo de ciegos caminantes'. Abajo, la firma de su autor. /
Arriba, la primera edición que se conserva de 'El Lazarillo de ciegos caminantes'. Abajo, la firma de su autor.

'El Lazarillo de ciegos caminantes' fue escrito por el funcionario colonial de Correos Alonso Carrió de la Vandera, de cuyo nacimiento se cumplen ahora trescientos años

AZAHARA VILLACORTA GIJÓN.

Cualquiera que haya pasado por las aulas españolas conoce las fortunas y adversidades del Lazarillo de Tormes contenidas en la novela anónima cuyas ediciones conocidas más antiguas datan de 1554, picaresca en estado puro que, a juzgar por lo extendido de las corruptelas, forma parte del ADN patrio. Pero lo que pocos saben es que hay otro 'Lazarillo' que algunos consideran como «la primera gran novela latinoamericana, de lectura obligada en las escuelas de la mayoría de países de habla castellana. Especialmente, en las de Argentina, Bolivia y Perú», como recuerda el crítico de arte y colaborador de EL COMERCIO Luis Antonio Alías.

LOS DATOS

El autor. Nacido en Gijón en 1776, formó parte del movimiento migratorio peninsular a América de la segunda mitad del siglo XVIII, en el que se dio prioridad a los habitantes del Norte de España.

Familia. Sus padres fueron Justo Carrió y Teresa Carreño Argüelles, miembros de la nobleza menor de Asturias.

Viaje. Llegó a Nueva España (México) en el año 1736 y allí se dedicó al comercio de efectos provenientes de Castilla. En 1750, ya en Lima, se casó con una criolla: Petronila Matute y Melgarejo.

Ascenso. Hacia 1762, Carrió se alistó para defender la costa peruana y en 1767 sirvió a la Corona acompañando a Europa a los jesuitas desterrados del Perú, ocasión que aprovechó para solicitar nuevas mercedes. Así fue nombrado segundo comisionado para el arreglo de correos y ajuste de postas.

El libro. 'El Lazarillo de ciegos caminantes' es la crónica del viaje de Carrió entre Buenos Aires y Lima en compañía de su secretario.

Se trata de 'El Lazarillo de ciegos caminantes desde Buenos Aires hasta Lima', una crónica que narra un entretenidísimo viaje de dos años de duración entre Argentina y Perú y cuyo protagonista es Alonso Carrió de la Vandera, un alto funcionario de Correos gijonés del siglo XVIII rodeado de enigmas, al igual que su obra fundamental. El primero, el que rodea a su fecha de nacimiento, aunque «la que más se repite es 1716», apunta Alías, por lo que «se cumplen ahora 300 años de su nacimiento».

Él fue también el autor de esta guía de viajes llena de detalles curiosos y mordaces, además de aderezada con «jocosidades para entretenimiento de caminantes», según avisa su prólogo, y en la que ofrece una visión certera de la vida americana colonial. Un texto que resulta especialmente valioso porque aporta información cultural, geográfica, histórica y económica de un tiempo y un lugar, haciendo observaciones novedosas sobre los territorios que el gijonés recorre acompañado por su secretario.

Y, así, por ejemplo, señala que, a sus ojos, Buenos Aires tenía una arquitectura pobre o destaca la opulencia alcanzada por ciertos sectores de la sociedad cordobesa, sin olvidarse de destacar la belleza de las mujeres de Salta. Y eso, pese a que solían padecer la falta de yodo. O explica la importancia del comercio de mulas en América del Sur, con los costos respectivos de las rutas y las distancias entre las distintas localidades.

Además, nuestro personaje describe los más importantes centros urbanos, el significado de los topónimos, las comidas, las vestimentas, las enfermedades comunes, los juegos y diversiones (corridas de toros, serenatas, carnavales) o las dificultades que entrañaban la evangelización de los nativos y el bilingüismo.

¿Pero quién fue realmente Alonso Carrió de la Vandera? Pues todo apunta a que puso el pie en Nueva España (México) por primera vez en 1736 y que, tras visitar Guatemala, Puerto Rico y Santo Domingo, en 1746 se trasladó a la ciudad de Lima, donde, a semejanza de otros inmigrantes peninsulares de la época que buscaban insertarse en la elite limeña, contrajo matrimonio con una criolla: Petronila Matute y Melgarejo, de familia adinerada e influyente.

De don Alonso sabemos también que, hacia 1762, en un alarde de valor y con motivo de la guerra anglo-española, se alistó en el regimiento de nobles formado por el virrey Amat para la defensa de la costa peruana, y que, poco más tarde, en el año 1767 sirvió a la Corona acompañando a Europa a los jesuitas desterrados del Perú, ocasión que aprovechó para solicitar nuevas mercedes. Y a fe que lo consiguió, porque en 1771 fue nombrado segundo comisionado para el arreglo de correos y ajuste de postas entre Montevideo, Buenos Aires y Lima.

Culto y racista

Ahí arranca nuestra historia, porque esa labor de Carrió como comisionado de postas inspiró la obra que le ha dado fama en la literatura colonial: 'El lazarillo de ciegos caminantes', enigmática desde el origen, ya que la primera edición del libro (hoy desaparecida, pero que aparece mencionada en la segunda, datada en Lima en 1776) fue «hecha en Gijón, en la imprenta de La Rovada», en 1773. Así que, «aunque no se puede demostrar, estaríamos ante el primer libro editado en la ciudad», señala Alías.

El colaborador de EL COMERCIO recuerda que, «aunque en aquella época no había imprentas en Gijón, sí las había itinerantes. Era la autoedición del siglo XVIII», explica, y que «de una de esas imprentas que llegaban en un carro tiradas por burros salió este libro».

Los especialistas creen que esa primera edición fue perseguida en América por las autoridades -y, de ahí, su desaparición- y que los ejemplares conocidos circularon clandestinamente, ya que la obra contiene críticas a la administración colonial.

Y también de ahí que hubiese algunas dudas sobre su autoría e «intentos por parte de los latinoamericanos de atribuírsela a uno de sus paisanos», de manera que algunos investigadores han llegado a apuntar, incluso, que 'El Lazarillo' no fue obra de Alonso Carrió de la Vandera, sino de su secretario peruano, Calixto Bustamante Carlos Inca. Aunque hoy la crítica considera probado que Bustamante era el lazarillo o guía de La Vandera y que, para evitar un enfrentamiento directo con la administración de Correos que criticaba en sus páginas, Carrió ocultó no sólo su autoría atribuyéndola a su amanuense, sino que también falseó los lugares de edición e imprenta.

Contribuyó a sembrar esas incógnitas el hecho de que en la primera edición figura que el texto fue «sacado de las memorias que hizo don Alonso Carrió de la Vandera en este dilatado viaje y comisión que tuvo por la Corte para el arreglo de Correos y Estafetas, situación y ajuste de Postas desde Montevideo, por Don Calixto Bustamante Carlos Inca, alias 'Concolorcorvo', que acompañó al referido comisionado en dicho viaje y escribió sus extractos».

Sin embargo, ya el general Mitre observó que el libro «se escribió por persona erudita y conocedora de las costumbres de la América española». Y Alonso Carrió de la Vandera conocía bien esos modos, ya que había pasado la mayor parte de su vida en funciones administrativas en México, Perú y Argentina. O, en lo tocante a la educación y cultura que poseyó, lo poco que conocemos de su correspondencia está escrito en prosa nada vulgar y muestra el gusto por las citas clásicas, por lo que un cotejo detenido de textos, con documentos más extensos, respaldaría la presunción de que 'El Lazarillo' se debe a su pluma.

Y otra pista más que nos conduce al gijonés: indica el literato Antonio Lorente Medina que un rasgo peculiar de 'El Lazarillo' es el empleo del lenguaje literario, particularmente los recursos de la novela picaresca, tales como el humorismo satírico, las anécdotas o los refranes. Un digno sucesor, por tanto, del de Tormes.

Con todo, Carrió subordina el arte literario a la descripción de la sociedad y, así, defendió a los españoles, criticando las acusaciones que se les hacía de maltratar o esclavizar a los indígenas. Mientras que, con respecto a los criollos, reconoció su rivalidad con los peninsulares.

Con respecto a los otros grupos raciales, consideró a los indígenas como holgazanes, idólatras y viciosos, aunque los estimó como inteligentes e inclinados a las artes y a las ciencias, además de resistentes al sacrificio y la obediencia. Y, en cuanto a los negros, vio en ellos el nivel más bajo de la vida social, al tiempo que destacó su «barbarie y grosería» cuando la corrección política aún no existía y la xenofobia no estaba tipificada.

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