«Al médico lo define su relación con el enfermo, ha de tener una cierta herida para identificarse»

En primer plano, José Luis Mediavilla, y, de izquierda a derecha, de pie, Alberto Piquero, Paz de Alvear, Miguel Rojo, Ángel Álvarez, Inés Marful, Carlos Marful, José Luis Prado, Lola Lucio y Lucía Falcón. Sentados, Diego Medrano, Ricardo Labra y Pelayo Fueyo./
En primer plano, José Luis Mediavilla, y, de izquierda a derecha, de pie, Alberto Piquero, Paz de Alvear, Miguel Rojo, Ángel Álvarez, Inés Marful, Carlos Marful, José Luis Prado, Lola Lucio y Lucía Falcón. Sentados, Diego Medrano, Ricardo Labra y Pelayo Fueyo.

El psiquiatra y escritor José Luis Mediavilla evocó su vida y obra profesional en las Conversaciones de EL COMERCIO

LAS FRASES - ALBERTO PIQUEROOVIEDO.

Burgalés de Quintanar de la Sierra, donde nació en 1937, el psiquiatra y escritor José Luis Mediavilla Ruiz dice que a estas alturas de su vida se siente ya «tan asturiano como castellano». Así lo manifestó en las Conversaciones de EL COMERCIO, celebradas en el Club de Tenis de Oviedo. Tras un periplo universitario y unos inicios profesionales que le llevaron por diversas latitudes españolas, finalmente desembarcó en Asturias, donde además conoció a su mujer. «Y quemé las naves». Y aquí ha permanecido hasta este tiempo en el que, con la sutil ironía que le caracteriza, explica: «No he llegado a viejo, pero estoy en el borde». Por el medio, una intensa y extensa dedicación -«han podido pasar por mi consulta más de un millón de pacientes»-, en la que se han dado la mano el médico especializado en los quebrantos de la fragilidad humana y el novelista galardonado -por ejemplo, con el Premio Tigre Juan inaugural, otorgado a su obra 'Jonás'-, que comenzó su singladura literaria siendo un poeta adolescente.

Primera memoria

«Los pequeños pueblos tienen sus ventajas»

Sabio conocedor de primera mano acerca de la condición que distingue a nuestra especie y sus vanidades, José Luis Mediavilla aceptó la invitación inicial de sumergirse en los recuerdos de su vida con una advertencia bienhumorada, «las autobiografías mienten con relativa frecuencia». Y comenzó el relato: «Quintanar de la Sierra, donde pasé mi infancia y adolescencia, era un pequeño pueblo, lo que es un privilegio, porque los pequeños pueblos tienen ventajas. Favorecen las relaciones humanas, al contrario que las grandes ciudades, que las envuelven en celofán. Allí había un cura integrista y fundacional, pero también un profesor liberal, Ernesto Sanz, que de vez en cuando traía a rapsodas como Pío Muriedas y te enseñaba otra forma de ver el mundo. Yo también tenía una cierta tendencia a la introversión, y de ahí pudo surgir mi afición literaria». Paréntesis para considerar las razones de ser de la propia literatura: «Escribir es algo jubiloso y trágico, desdoblarse en la personalidad del autor y del espectador, conocer los mecanismos que nos mueven... Yo creo que en la Literatura siempre hay el intento de resolución de conflictos con el entorno».

Las universidades y la vida

«Me tiraba la Literatura, pero al final prevaleció la Medicina»

Estimaba el doctor Mediavilla que en el transcurso vital no siempre es sencillo averiguar cuáles son las situaciones en las que se acaba anclando nuestro destino. En su caso, existieron profesores y lugares que se lo iluminaron. Había ido de excursión a Santiago de Compostela tras finalizar el Bachillerato y le entusiasmó aquel espacio. En particular, «de un modo casi infantil, insuperable», la luz de las ventanas de la Facultad de Medicina. Un presentimiento. No obstante, el horizonte transcurriría previamente por Granada. «Allí mi madre tenía un pariente que era catedrático de la Facultad de Medicina. Allí hice los cursos preclínicos. También había un gran ambiente literario».

Por esa época publicó sus primeros poemarios, 'Estampas' y 'Tristeza'. «Me arrastraba la Literatura, pero en el Hospital Virgen de las Nieves también conocí a Antonio Molina de Haro, psiquiatra, pintor y políglota; y a Miguel Rojo Sierra, que experimentaba con los niveles de conciencia bajo los efectos del LSD, y prevaleció la Medicina».

El presentimiento compostelano se cumpliría a continuación, mediando «la suerte de tener por docentes a Reynoso o a Pérez Villamil». También establecería vínculos con el doctor e ilustre galleguista García Sabell, quien le recomendó para que se presentara a López Ibor en Madrid. En el ínterin, se cruzaron las milicias: «Me correspondió ser médico militar en Ibiza, en el año 1963, cuando las playas todavía estaban desérticas y comenzaban a asomarse los hippies».

A pesar de las flores de la paz y los presumibles cantos de sirena de una juventud emergente, no le desorientó el paisaje exuberante, pues «el neurólogo Antonio Subirana me habló de Barcelona y de Ramón Sarró -mi verdadero maestro-, que me recibió muy gentilmente en su casa, aunque no era nada accesible. Me hizo un interrogatorio curioso, sobre mi bagaje y mis dudas. E intuyó que podría sacar algo de mí».

Asturias

«Me identifiqué emocionalmente con Sama de Langreo»

Ya instalado en Barcelona, supo de la inauguración del Hospital de Asturias, concurriendo a una oposición a la que se presentaron más de cien candidatos, siendo José Luis Mediavilla uno de los elegidos. Y, aunque todavía le inquietaban algunas incertidumbres respecto de la reforma psiquiátrica que aquí se pretendía, conoció a su mujer y quemó las naves.

De sus primeras impresiones asturianas, evoca: «Me esperaba el doctor Beares en la estación de Oviedo y me pareció advertir similitudes con Santiago. Pero el carácter es diferente. El asturiano es más grandón y solidario». La localidad asturiana a la que dirigió sus siguientes pasos en el ejercicio profesional fue Sama de Langreo. «Me acogió en su hogar la abuela de Ricardo Labra -poeta presente en la conversación protagonizada por Mediavilla-, que se preocupaba de mi consulta más que yo. Sama vivía su apogeo. Y allí traté en el Sanatorio Adaro a Vicente Vallina, conservo amigos como el doctor Muro y emocionalmente me identifiqué con aquel lugar, algo que no tiene explicación. Todavía mantengo un piso allí. Mi mujer había logrado estabilizarme más que la Literatura y ya me sentía tan asturiano como castellano. Y llegaron mis hijos, José Luis, ahora psiquiatra en Inglaterra, y Mercedes, abogada en Oviedo».

Último y amplio puerto, Oviedo, donde ejerció a partir de entonces, en el Hospital Psiquiátrico, como profesor en la Escuela de ATS, en el Hospital General o en la neuropsiquiatría del Ambulatorio Central.

Psiquiatría y Literatura

«Todos somos lenguaje y cada conocimiento tiene el suyo»

Piensa el doctor Mediavilla que «el hombre no se puede sacar de sus circunstancias», apelación orteguiana que extiende a Husserl, de quien aprendió que «el lenguaje te transforma y lo vas transformando». En suma, que «somos lenguaje y cada conocimiento tiene el suyo». Lo comentaba a propósito de la novela por la que obtuvo el Premio Tigre Juan, en 1978, 'Jonás'. «Su construcción tiene un lenguaje de tipo obsesivo ante la falta de soluciones espirituales de Jonás, que al final le elevan al deseo de ser un pájaro». Pero si el lenguaje de la literatura es «revelacional para el escritor», asimismo existe «el lenguaje médico, el religioso o el político, el cual posee liturgias, mesías y cielos e infiernos». Alargando la vía, el lenguaje psicoanalítico: «No hay por qué denostar a los psicoanalistas, que demostraron una gran intuición y perspectivas válidas. Otra cosa es que el cerebro continúe siendo un gran enigma incluso para la neurobiología. Con todo, al médico lo define la relación con el enfermo, ha de tener una cierta herida para identificarse, que le permita la empatía ante el paciente». Más ceñidamente, «al psiquiatra quien le enseña es el enfermo». Su obra científica, de 'Pensamiento político y neurosis' a 'Psicoanálisis y locura' o 'Función y estructura del delirio', remiten a esas pautas.

Tecnologías y sociedad actual

«Son más convincentes los aparatos que las explicaciones del médico»

Cree Mediavilla que se da un grado de superchería social acerca de la nueva tecnología médica, propagada de algún modo por las excelencias que predican los medios de comunicación sobre las mismas. «Resultan más convincentes los aparatos que las explicaciones del médico». En cambio, sostiene que «la intuición acumulada en décadas de ejercicio es superior al mismo conocimiento. Porque la Medicina no es una ciencia exacta. Dos y dos no suman cuatro, sino que depende del cuándo y de las circunstancias», afirmación compartida por su colega, el internista del Centro Médico, Ángel Álvarez, quien apoyó el argumento recomendando a las jóvenes promociones a «aprender de los fracasos, con humildad». De los cachivaches internáuticos en la sociedad posmoderna, le sorprende «una comunicación que en alguna medida es una adicción y se manifiesta de un modo falso, que incluso va inclinando al rehuse del contacto físico, de las caricias, de las miradas».

El sentido de la vida

«No hay que resignarse, sino reasignarse»

¿Es el mundo un gran manicomio? «A la vida hay que darle un sentido. Reorientándola, si se ha perdido. No resignarse, sino reasignarse. En la situación del psiquiatra, acercándose a la persona para examinar el momento en el que quedó anclada». Afinando en las patologías mayores, así la esquizofrenia, porque, si bien el esquizofrénico yerra sin mentir, su verdad alucinada le convierte «ontológicamente en un ser mitológico». En ese campo, el recurso principal sería farmacológico. Puso el ejemplo del Premio Nobel de Economía, el matemático John Forbes Nash. Y yendo de lo particular a lo general, ¿somos una sociedad que tiende a multiplicar las psicopatologías? «Mirando hacia atrás en la historia, las culturas pueden desestructurarse para después revitalizarse. No creo que debamos alarmarnos a corto y a medio plazo. Pero, en todo caso, desde un punto de vista histórico tampoco tiene demasiada trascendencia. Si la sociedad se equivoca, otra sociedad y otra cultura vendrán. Nuestra longevidad alcanza hoy los 82 años. Hace un siglo, era de cincuenta años. ¿Somos muchos los sobrantes? ¿La Medicina se lo plantea en términos humanistas o de negocio? Son problemas más filosóficos que sociológicos. Y también sobrepasan a los economistas, que frente a eso se quedan en meros contables». Un humanista que se identifica con la gente, en la definición sumaria de Inés Marful.

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