«Todos nos cruzamos con una mala sombra»

Xandru Fernández. /
Xandru Fernández.

Xandru Fernández presenta la novela 'El ojo vago'

A. VILLACORTA

Xandru Fernández (Turón, 1970) acaba de presentar 'El ojo vago' (Editorial Pez de Plata), una novela en la que narra las historias de Pérdicas y el Tracio, dos personajes enfrentados durante siglos. De Grecia a Etiopía, de la crucifixión de Cristo a los tiempos de los califas, del reinado de Felipe II al Londres victoriano de Jack el Destripador. Dos adversarios que atraviesan el siglo XX sorteando bombas y genocidios hasta recalar en una Inglaterra dividida entre el reggae y David Bowie.

No le gusta la novela histórica y escribe una. ¿Cómo lo explica?

No me gusta como lector y, en cuanto a si esta se puede considerar novela histórica, sí y no. Confío mucho en la opinión de los aficionados y sospecho que los aficionados al género no la considerarían una novela histórica. Otra cosa es que se usen personajes históricos como Aristóteles, Jack el Destripador o Harpo Marx. Y, además, se dialoga con las claves del género, pero es un diálogo belicoso.

Hay quien ha visto ya en ella una superproducción de HBO.

(Risas). Sí. Ese es un comentario viral bien intencionado. HBO sabrá, pero imagino que tendrá 50.000 guiones más solventes. Y no sé hasta qué punto podría tener una transposición cinematográfica.

Narra 2.000 años de guerra abierta entre Pérdicas y Tracio. ¿Qué quería contar? ¿El enfrentamiento entre el yin y el yang, la derecha y la izquierda, Rajoy y Sánchez?

(Ríe). Es un poco más sencillo. Pérdicas es el narrador y Tracio es la clásica mala sombra que casi todos nos cruzamos alguna vez en nuestra vida. Pérdicas, en ese caso, se la cruza en ocho o nueve vidas. Es una especie de némesis un poco cansina. Algo de yin y yang tiene. Y también se puede ver como el delirio de alguien que está obsesionado con otra persona.

En el fondo, no son tan diferentes.

No. Porque Pérdicas se define muchas veces por oposición a el Tracio. No es capaz de derrotarlo ni de librarse de él. Es una de estas tensiones que nos definen a todos con respecto a ciertas personas, actitudes o ideologías. El hecho de sentirse celoso o el hecho de vivir admirando a otra persona a veces te construye más que tus propias realizaciones personales.

¿Y eso es un error?

No necesariamente. Eso es la vida.

¿Usted cree en la reencarnación?

No. Yo, por desgracia, tengo muy poca capacidad para creer en brujerías. Lo de la reencarnación es una excusa como cualquier otra ficción religiosa o metafísica. Lo peor de las religiones es que, como instrumento vital, me parecen todas un fraude, pero como elementos que generan historias y relatos resultan una mina de oro. En este sentido, me valgo más de la reencarnación de lo que la reencarnación se vale de mí.

¿Y entonces en qué cree? Al menos me consta que, hasta hace bien poco, creía en Podemos.

Mis creencias políticas también tienen muy poca capacidad de cambiar. Me mantengo casi siempre en el mismo sitio. Y el libro está escrito antes de que yo supiera siquiera quién era Pablo Iglesias, aunque haya un capítulo entero sobre las luchas entre la izquierda londinense. Así que, si alguien cree que hay un mensaje en clave, no lo hay en absoluto.

¿Qué conclusiones extrae de estas elecciones?

Esa lectura es inevitable sea cual se el resultado electoral. La vida no es fácil para la gentes sencillas, pero tampoco en estas elecciones nos estábamos jugando la fraternidad universal. Entiendo que hay un cierto amargar en parte de la izquierda y lo comparto, porque era una oportunidad de cambio que se perdió, per también pienso que el mundo no se hace de hoy para mañana y tampoco la aspiración era la igualdad entre los individuos y la desaparición de la lucha de clases. Hay que relativizar un poco lo que pasa porque somos todos muy dramáticos. Yo, el primero. Porque la vida sigue.