Pilar del Río: «La democracia ha dejado de ser el gobierno del pueblo para serlo del dinero»

Pilar del Río, con Marcelo Palacios tras ella. /
Pilar del Río, con Marcelo Palacios tras ella.

La viuda y biógrafa de Saramago defiende en Gijón que «para que los derechos humanos sean efectivos, los ciudadanos también deben ejercer sus deberes»

PABLO ANTÓN MARÍN ESTRADA GIJÓN.

«Si la razón no se gobierna por la ética, fácilmente se convierte en un arma de destrucción», con estas palabras del Premio Nobel de Literatura José Saramago tituló su viuda, la periodista y escritora Pilar del Río, la conferencia que ayer impartió en el Centro de Cultura Antiguo Instituto, invitada por el Aula de Bioética de la SIBI (Sociedad Internacional de Bioética), que preside el gijonés Marcelo Palacios. Del Río expuso en su charla las líneas generales de la elaboración de la Declaración Universal de Deberes Humanos que impulsa desde 2013 la fundación que preside y que lleva el nombre del escritor portugués, en colaboración con expertos de todo el mundo y de las universidades Autónoma de México y la Internacional de Andalucía.

La presidenta de la Fundación José Saramago comenzó recordando que la iniciativa de promover la Declaración Universal de Deberes Humanos partió de su marido y se encuentra esbozada en su discurso de aceptación del Nobel en diciembre de 1998. Aquel año se conmemoraba el medio siglo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y el escritor reflexionaba en la ceremonia de Estocolmo que, desde entonces, «no parece que los gobiernos hayan hecho por los derechos humanos todo aquello a lo que moralmente, cuando no por la fuerza de la ley, estaban obligados. Las injusticias se multiplican en el mundo, las desigualdades se agravan, la ignorancia crece, la miseria se expande». La viuda de Saramago recordó la estupefacción expresada por este en su discurso ante los avances científicos de nuestro tiempo y la indiferencia ante la injusticia y la pobreza en el mundo: «(Hoy) se llega más fácilmente a Marte que a nuestro propio semejante», dijo.

Durante su intervención, Pilar del Río recurrió en numerosas ocasiones a la cita de palabras textuales en las que el escritor portugués manifestaba su disconformidad con el rumbo que tomaban las cosas en un mundo «en el que parece que todo se puede discutir, excepto la democracia», dijo su viuda y biógrafa. Ya en aquel discurso de aceptación del premio alertaba de que «alguien no está cumpliendo sus deberes: ni los gobiernos, ya sea porque no pueden o no quieren o no se lo permiten aquellos que efectivamente gobiernan, las empresas multinacionales, cuyo poder no es democrático, ni los ciudadanos que somos». Del Río apeló a la propia responsabilidad de «los ciudadanos comunes» para hacer que los derechos humanos se cumplan: «Tenemos la palabra y la iniciativa para reivindicar nuestros derechos y el deber de exigir a los gobiernos que se respeten y se cumplan».

La presidenta de la Fundación José Saramago se refirió a sucesos recientes como los atentados de Londres o a la propuesta de partidos de la extrema derecha europea para perseguir legalmente el auxilio a las pateras de inmigrantes: «Estos días hemos visto ante nuestros ojos los planes de algunos locos y no podemos dejarnos contagiar por la enfermedad de la indiferencia: no es el sistema el que está en juego, sino la vida de miles de seres humanos que no cuentan porque no son consumidores». Pilar del Río atribuyó la debilidad de los actuales sistemas democráticos para enfrentarse a sus problemas más acuciantes a que «la propia democracia ha dejado de ser el gobierno del pueblo para convertirse en una plutocracia, es decir, el gobierno del dinero». De nuevo acudió a las llamadas de atención realizadas por su marido en múltiples ocasiones para advertir que «si no hay una democracia económica y cultural, el riesgo no es sólo la degradación democrática, sino la catástrofe total para el planeta».

La conferenciante señaló la importancia de contar con la Declaración Universal de los Deberes Humanos que impulsa la fundación que preside y con ella concienciar a los ciudadanos de la nececesidad de implicarse directamente en la resolución de los problema: «Como ciudadanos tenemos la responsabilidad de participar en las decisiones, no dejar que otros lo hagan por nosotros». Y concluyó, volviendo a rescatar las palabras de Saramago en su discurso de Estocolmo: «Con la misma vehemencia y la misma fuerza con que reivindicamos nuestros derechos, reivindiquemos también el deber de cumplir nuestros deberes. Tal vez así el mundo comience a ser mejor».

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