«Comprendí lo que era la guerra cuando vi que una onza de chocolate era el mejor regalo»

El escritor José Antonio Mases, en el Muro. / JOAQUÍN PAÑEDA
El escritor José Antonio Mases, en el Muro. / JOAQUÍN PAÑEDA

José Antonio Mases, novelista, ensayista y editor, recibirá este sábado en Gijón con 90 años cumplidos un homenaje por su carrera literaria

MIGUEL ROJOGIJÓN.

Cumplió 90 años el pasado 3 de marzo, pero la mente de José Antonio González Corrales, José Antonio Mases, (Mases, Cabranes, 1929) sigue funcionando a la velocidad habitual. O quizás más rápido. Lamenta, eso sí, que las cervicales le den tanta lata que no sabe si podrá acudir al homenaje que este sábado le rendirá en Begoña la Feria del Libro de Gijón, una actividad que cuenta con la colaboración de EL COMERCIO, el diario en el que Mases sigue teniendo su personal cita con los lectores desde la sección de Opinión. No es su única ocupación. Hace un año que dio por terminada 'La Casa', la que hasta ahora es su última novela, pero reconoce que «puede que se quede sin publicar».

-¿Qué significa Cabranes para usted?

-Nací en Mases, una aldea cabranesa de 38 vecinos, hoy con dos puertas abiertas, y que dio apellido a mi nombre literario y ha pasado a ser muchas cosas, entre ellas una Comala habitada por el silencio de la voz que tuvieron mi madre Rita, mi abuela María 'les Ñeñes' (analfabeta pero sabia) y mis hermanas Tita, Lele y Luisina, ya todas ellas viviendo su eternidad en el osario de Santolaya. Allí crecí, a la sombra de una guerra que empecé a entender cuando una onza de chocolate era el mejor regalo que me hacía Vicentina, la tendera de La Llana.

-¿Qué recuerdos guarda de su infancia en la aldea?

-De cosas como estas está hecha mi infancia: la escuela de don Mariano Fuente Amor, el maestro republicano (moriría en el exilio francés) que me enseñó a leer con la palabra 'miércoles'; del baúl del desván, traído de Chicago por mi abuelo Rafael, a quien no conocí; de las largas noches de invierno, cuando mi familia se unía a la de Primitiva y me hacían leer en voz alta libros como 'El soldado desconocido', 'La aldea perdida' o 'Genoveva de Bravante'; de los tordos ateridos entre la nieve rondando la barandilla del corredor; del humo azul en las chimeneas de Arriondu, Piñera o Arboleya; del catecismo obligado; de una vaca llamada 'Gallarda'; de los entierros con hombres endomingados hablando de siembras, lluvias o sequías en el pórtico de la iglesia, mientras las mujeres de mantilla negra rezaban en el interior del templo; del primer ejemplar de 'La Estafeta Literaria' que mi madre me compró en la librería Tamargo de Infiesto, porque yo había leído en EL COMERCIO de don Ángel García (el único suscriptor de Cabranes al periódico) que aquella revista hablaba de libros, como los que me regalaba Nicanor Corripio, el médico de Castiellu.

-Después cambió el campo por la ciudad...

-A poco de dejar la escuela, me vine a Gijón con mi hermana Tita, que era modista. Ella cosía y yo estudiaba: Academia La Inmaculada, calle del Instituto. Quise ir a la Universidad, pero no pude: necesitaba trabajar. A los diecisiete años me preparé para unas oposiciones del Banco Pastor y conseguí empleo.

-¿Y cómo se las arreglaba un hombre de letras entre tanto número?

-Las transferencias, las cuentas corrientes, los saldos, las letras de cambio, la pleitesía a los clientes ricos y, en fin, la tarea gris y monótona del banco me abrumaba. Yo quería escribir. Empecé a publicar cuentos y poemas en 'Voluntad' y también en EL COMERCIO. Rematé una novela corta, 'El día siguiente', y la presenté al Premio Naranco, de Oviedo. Quedó finalista con otra de Luciano Castañón y me la elogiaron, entre otros, Martínez Cachero y Mariano Baquero Goyanes, pero hoy creo que el relato no tiene más valor que el del pequeño estímulo que supuso para un veinteañero con vocación de escritor.

-¿Cómo acabó en Cuba?

-Un día se me presentó la ocasión de abandonar el banco y, además, conocer mundo. Un amigo de mi madre me llevó a Santo Domingo. Conocí de cerca los entresijos de la emigración sin escrúpulos, la explotación de negros pobres por blancos codiciosos, el régimen despótico del presidente Trujillo y las desaprensivas razones por las que muchos indianos salían de América cargados de onzas de oro. Aguanté siete meses, reñí con mi 'negrero' y escapé a La Habana.

-En un momento convulso...

-Era 1954 y Cuba empezaba a vivir un episodio histórico. Fulgencio Batista, el dictadorzuelo al servicio de los yanquis, se convirtió en el blanco de un puñado de revolucionarios 'barbudos' que, encaramados en las breñas de Sierra Maestra, acabarían destronando al dictador. Cuando entraron, Malecón adelante, a bordo de sus carros de combate, no solo la muchedumbre habanera los vitoreaba, sino el mundo entero. El desfile triunfal de enero de 1959 separaba dos mundos irreconciliables: el batistiano, con burdeles de guajiras engañadas, ruletas en casinos rutilantes, negritos descalzos, millonarios del Miramar Yatch Club, traficantes de bolsa negra o prostitución de lujo en el Copa Room del Hotel Havana Hilton; y, en contraposición, el fidelista, que prometía libertad, abolición de arbitrariedades, depuración, justicia, paz, orden y trabajo. Pero no tardó en cundir el desánimo. ¿Responsables? Los vecinos del Norte y los hombres del 26 de julio. A partes iguales.

-¿Qué hizo de vuelta a España?

-Salí de Cuba en 1960, cuando lo hizo el gijonés Antonio Ortega, director de la revista 'Carteles', en la que yo colaboraba. Al poco tiempo lo haría Guillermo Cabrera Infante, jefe de redacción del semanario. Ortega se fue a Nueva York y, unos años después, moriría en Caracas; Cabrera se asentó en Londres, donde acabó sus días de incurable nostalgia. De nuevo en Gijón, fui oficinista de una empresa de metales y di clases de inglés. Después, Barcelona, gracias a la mano tendida de José Agustín Goytisolo: hice de corrector de estilo en la Editorial Argos. Más tarde, Madrid: traductor de letras de canciones y correspondencia en 'Canciones del Mundo', de Carmen Sevilla y los Algueró. A continuación, Oviedo, con Graciano García y sus Ediciones Naranco. Otra vez Gijón propongo a Silverio Cañada la Gran Enciclopedia Asturiana, y la codirigimos él, Luciano Castañón y yo. Constituyó un gran éxito y creo que supo recoger una enorme suma de material gráfico y escrito de la historia de Asturias. Tras la Enciclopedia, se me presentó la oportunidad de crear, con la colaboración del periodista Agustín Santarúa, la editorial Ayalga, con sede en Salinas.

-¿Qué balance hace de su obra literaria? ¿Ha merecido la pena?

-Publiqué, casi siempre en Ediciones Trea, unos cuantos trabajos de divulgación asturianista. En cuanto a mi obra netamente narrativa, a estas alturas del camino, cuando creo que mis años de editor arrinconaron mi tarea literaria, supongo que 'El palenque' y 'La Cordillera' se podrían salvar de una purga benévola.

-¿Qué está escribiendo en estos momentos?

-Viejo y desanimado, no soy capaz de dar por buena mi nueva novela, 'La Casa', enclaustrada en los archivos de mi ordenador. La terminé el año pasado, en un esfuerzo imprudente que desbarató mis vértebras cervicales. Y, leída y releída una y otra vez, no me llena. Casi me aventuro a pronosticar que no saldrá a la luz.

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