«Cuando la muerte nos mira a nosotros todo cambia»

El escritor, tras su mesa de trabajo. / JUAN CARLOS ROMÁN
El escritor, tras su mesa de trabajo. / JUAN CARLOS ROMÁN

«Más allá de la crítica ideológica me interesa la condición humana», dice Fulgencio Argüelles, autor que acaba de publicar 'El otoño de la casa de los sauces'

PABLO ANTÓN MARÍN ESTRADA CENERA.

Tranquilo, paciente, riguroso, Fulgencio Argüelles (Uriés, 1955) ha escrito desde su casa de Cenera algunas de las novelas más sugerentes de la narrativa española actual. Allí acaba de recibir los ejemplares de la novena edición de 'El palacio azul de los ingenieros belgas' (El Acantilado) y de su nueva novela: 'El otoño de la casa de los sauces' -publicada en la misma editorial-. Nos habla de ella mientras espera nuevos envíos para sus lectores y la próxima reedición de 'Los clamores de la tierra' en la editorial de Ángeles Caso, La Letra Azul, con prólogo del historiador Javier Fernández Conde.

-Su nueva novela parte de una pieza teatral previa: 'La última cena'.

-Escribí esa obra para el grupo de teatro de Serondaya y me metí tanto en los personajes que acabé viendo las posibilidades que tenían para aprovechar su historia -sus vidas- más allá del escenario. De ahí surge la novela. Hubo también un impulso que me llevó a escribirla después de ver en televisión la entrevista de Jordi Évole a un antiguo etarra. Era un tipo elemental, pero sincero al narrar su relación con la muerte o con el líder al que obedecían ciegamente. Son temas que aparecían en la obra y están en la novela.

-Porque los personajes de 'El otoño de la casa de los sauces' son terroristas.

-Sí, la trama se sitúa en un país ficticio donde hay una dictadura militar férrea y grupos terroristas que se enfrentan a ella. Los personajes pertenecieron a uno de ellos. Tienen un líder que los alecciona en una casa apartada, la Casa de los Sauces, en la que conviven durante dos años y de la que solo salen para cometer atentados. En uno de ellos las cosas salen mal, el líder muere y el comando se dispersa. Nadie vuelve a saber de los demás. La dictadura termina y llega la república. Cada uno ha seguido su vida y, veinte años después, a Zígor, el protagonista, le diagnostican un cáncer terminal y ahí empieza la historia. La evidencia de la muerte le hace revivir la relación que tuvieron con ella cuando formaban el comando y eran ellos quienes decidían sobre la muerte de otros.

-Ese sería uno de los ejes centrales de la novela. El otro, ¿una reflexión sobre la llamada violencia revolucionaria?

-Así es. Por un lado está la muerte como realidad con la convivimos a diario y que seguimos sin aceptar ni mirar de frente, y cuando es la muerte la que nos mira a nosotros todo cambia. Ese es un tema principal en la novela. Otro sería el político-filosófico del terrorismo que tantos debates produjo en su tiempo. Recordemos el de Camus con Sartre y otras tantas polémicas de hasta qué punto era necesario el terrorismo, la justificación de la violencia...

-Algo a lo que no fue ajena su generación.

-Me tocó ese tiempo. No milité en ningún grupo, pero viví el asesinato de Carrero y otros actos terroristas durante el franquismo que entonces cualquier persona con sensibilidad política apoyaba y veía como algo necesario para acabar con la dictadura. Fue así. Ahora mucha gente se rasga las vestiduras. Yo estudiaba en el Seminario de Oviedo cuando mataron a Carrero Blanco y lo recuerdo perfectamente: fue motivo de alegría. En la novela, los personajes se plantean eso mismo: «¿Aquello que hicimos era necesario?, ¿el fin justifica los medios?». Ahora piensan que no, pero el más joven, que sigue creyendo en el terrorismo, se alarma: «¿Cómo que el fin no justifica los medios, si lo estamos aceptando todos los días?» Ese es el debate. Pero mi intención va más allá de la crítica ideológica. Lo que me interesa es la condición humana.

-En sus novelas ha indagado en ella desde distintos escenarios y momentos de la historia. Recordarnos que el ser humano no ha cambiado tanto, ¿es una de las funciones de la literatura?

-Es evidente que ha habido cambios, pero a pesar de ellos los sentimientos son los mismos: el amor es el amor, la envidia, la venganza son los temas de siempre. La literatura nos da constancia de eso. Es la herramienta y el vehículo perfecto para situarnos en el mundo, para saber quiénes fuimos y, por lo tanto, quiénes somos y lo que podemos llegar a ser.

-¿Es posible una literatura sin memoria?

-No lo concibo. Uno escribe lo que es y uno es la memoria que tiene. Si no la tuviese no tendría ninguna necesidad de escribir.

-¿Y sin un paisaje al que aferrarse? Usted siempre tuvo claro que para escribir no tenía que mirar muy lejos.

-Desde luego, el paisaje para mí es un personaje y desde el momento que lo entiendes así el paisaje de tus historias no puede ser otro que el que sientes, no ya solo el que conoces, sino el que sientes. Ese universo es el que pasa a formar parte de la memoria y por eso en toda literatura -al menos como yo la entiendo- la memoria es tan esencial como la imaginación.

Boca a boca

-A ese paisaje sentido volvió usted desde Madrid al poco de iniciar su carrera literaria y aquí la ha consolidado. Para otros escritores el viaje seguía el sentido inverso.

-Mis primeras novelas las saco en Alfaguara estando en Madrid. Y cuando le conté a mi editor, Juan Cruz, que me venía para Asturias, presagió mi final literario. Me dijo que, según iban las cosas, dos novelas publicadas con relativo éxito, irme a provincias era truncar mi carrera. Y sí que me costó, porque mi tercera novela Alfaguara ya no me la quiso publicar.

-Sus títulos posteriores, sin embargo, los escribió desde Asturias, y alguno como 'El palacio azul de los ingenieros belgas' ya va por la novena edición...

-Sí, y no tuvo ni un triste anuncio. Funcionó el boca a boca y pienso que mis lectores vienen de los clubes de lectura. Hoy España entera está sembrada de esos clubes y son los que están sosteniendo la literatura. A cargo de ellos siempre hay alguien que ama realmente la lectura y que no se deja guiar por lo comercial. Gracias a esos clubes, a buenos libreros que todavía quedan y a los bibliotecarios, es posible que estos libros vivan.

-Asistimos estos días a los actos del centenario de Covadonga. A usted, que se ha acercado al Reino de Asturias en dos de sus novelas, parece inevitable preguntarle si cree que se está aprovechando la ocasión...

-Nada, porque no hay ningún interés en hacerlo. A nivel político el problema fundamental es el desinterés. ¿Por qué no se hace un proyecto similar a 'Las Edades del Hombre' con nuestro reino o el origen del Camino de Santiago? ¿No es rentable? Eso no lo pueden sostener. Pero claro, habría que reunirse con quienes saben del tema, hacer ese esfuerzo de escuchar, y lo que yo veo en la política es una falta total de interés por mejorar las cosas. En Asturias especialmente.

-«Un sueño mal soñado por los dioses para la distracción de la historia de un pueblo enfermo de memoria», decía Magilo, uno de los personajes de esas novelas.

-Es perfectamente trasladable a lo que está sucediendo con el asturiano. Que alguien reniegue de su propia lengua es una patología social. La anécdota más ilustrativa. El paisano del chigre que dice: «¡Mecagonmimadre, el asturiano nun fai falta pa ná!». Esa es la patología, negar la propia memoria. No ya la del pueblo, ¡la mía! Y justificar cosas extrañas: que si el dinero, que si... Vamos a ver, aquí no hablamos de dinero, una lengua, como dice Xuan Bello, no necesita dinero: necesita que se reconozca.

-¿Qué le gustaría que descubriesen los lectores en su nueva novela?

-Hay cierta intriga, el lector convive con los personajes en esa casa y no sabe cómo van a reaccionar, yo espero que se vaya sorprendiendo. Y me gustaría que respondiese a las premisas de cualquier novela de interés: que entretenga, informe (se da información psicológica sobre cómo los comportamientos anteriores influyen en nuestras vidas) y que forme, que le sirva pa algo, para ser más transigentes, por ejemplo.

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