«Ahora los políticos ven una vaca y la abrazan»

Julio Llamazares, ayer, antes de charlar con sus lectores en el Teatro Campoamor./PABLO LORENZANA
Julio Llamazares, ayer, antes de charlar con sus lectores en el Teatro Campoamor. / PABLO LORENZANA

Julio Llamazares se muestra pesimista en Oviedo con el problema de la despoblación: «Los pueblos de Asturias van a seguir igual de vacíos»

A. VILLACORTA

Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955) regresó ayer con «una mezcla de euforia y melancolía» a Oviedo, donde cursó la carrera de Derecho, para hablar de su escritura y de su vida, si es que no son la misma cosa. De una obra que abarca prácticamente todos los registros literarios y que, en palabras del leonés -convertido en el último protagonista de la presente edición de las Tertulias del Campoamor-, «parte de lo concreto para intentar llegar a lo universal». Porque «lo que ocurre en un lugar es lo mismo que ocurre en todo el mundo. Lo que les pasa a los personajes de 'La Regenta' podría ocurrirles en Japón».

Así que, ante sus lectores asturianos, empezó recordando su infancia en Olleros de Sabero, un pequeño pueblo minero leonés «donde no había prácticamente libros», un ambiente supuestamente poco propicio para llegar a convertirse en escritor, «algo falso», por lo que desconfía de la cultura: «Yo, con siete u ocho años, ya escribía, pero tendemos a convertir a la cultura en una religión, a mitificarla, mientras que la cultura es lo que te queda cuando olvidas lo que has aprendido».

O lo que es lo mismo: «Ser escritor o músico es vocacional». Y, según el autor de obras como 'La lluvia amarilla' o 'El cielo de Madrid', «se escribe para sobrellevar nuestro desacuerdo con el mundo y nuestra soledad. Solo se escribe desde lo que no tienes o desde lo que has perdido. Unos andan siempre de fiesta, otros se deprimen, otros viajan y otros escriben». Casi como «una especie de enfermedad»: «Escritor es aquel que seguiría escribiendo aunque no publicara».

Con el virus de las letras inscrito en el ADN, llegaría Llamazares a la juventud de la Universidad ovetense y, luego, a Madrid, donde comenzaría a acercarse al oficio del periodismo, que «es una forma de literatura». Porque -según dijo- «la única frontera que los separa es pasar de los datos a la subjetividad». Y, poco a poco, se fue distanciando de lo objetivo para cristalizar historias hasta llegar a su última novela, 'Distintas formas de mirar el agua', ambientada en el embalse del Porma -cuya presa fue proyectada por el escritor e ingeniero Juan Benet, «el Mourinho de la literatura, un provocador» con dos caras, la «arrogante y despectiva» en público, la casi tierna en privado, con el que tuvo sus más y sus menos- y que anegó allá por los sesenta su Vegamián natal.

Escenarios y personajes vuelven a vivir en sus libros, porque «la literatura, el arte, es también el intento de salvar las cosas del olvido y por eso su sustrato principal son la memoria y el tiempo» y porque «la pulsión de escribir tiene que ver con el deseo de posteridad, con una forma de ser eternos».

Aunque -explicó- «lo más importante de una novela no es lo que cuenta, sino cómo lo cuenta. Hay historias muy parecidas. La claves es contarlas de la mejor manera que tú puedas hacerlo». Y, para eso, él necesita tres elementos: «Saber el título, saber el punto de vista desde el que vas a contar y decidir la estructura, porque una novela tiene algo de forma arquitectónica».

Con todo, a Julio Llamazares le ocurre lo mismo que a Machado, «el escritor que mejor ha contado este país», que, a medida que se hace mayor, alberga «más dudas y menos certezas». Que sabe que «la verdad absoluta no existe, sino las formas de mirar». Todo un alarde de escepticismo en una tierra «con un lenguaje tan contundente. Porque en España decimos cosas como 'a rajatabla', 'a machamartillo', 'por mis cojones'».

Quizá por eso huye de aquellos que pretenden convertirlo en un gurú de «eso tan de moda que es la España vacía, un tema que era invisible porque a nadie le interesaba y a los que les interesaba no tenían voz». Una faena, porque, «ahora que todo el mundo habla de ello, sabemos que el destino de los 'booms' es terminar convertidos en un bumerán y que no se haga nada».

Empezando por los políticos, «que ahora van todos en tractor y ven una vaca y la abrazan». Un interés que «nada tiene que ver con el altruismo y la filantropía, sino con que, ahora que la derecha se ha fragmentado en tres partidos, los votos de esa España vacía son importantes. Pero lo malo es que todo esto pasará y no habrá soluciones. Los pueblos de Asturias van a seguir igual de vacíos».

«Revertir el curso de esta segunda oleada de despoblación requeriría un pacto de Estado» y no «ver a Casado proponiendo medidas fáciles para un problema tan complejo como el que arregla el mundo en un bar». Aunque también tendría su aquel «que vaya a solucionar los problemas del mundo rural el líder de un partido que se llama Ciudadanos». Un problema que, en el fondo, «es cultural, de supremacismo urbano»: «Nos han educado diciéndonos que los que viven en un pueblo son de segunda división y eso ha calado».