«La vida de Pedro Menéndez de Avilés es pura aventura»

Luis Rubio Bardón, Antonio Fernández Toraño y María de Álvaro, en la Escuela de Comercio. / J. PAÑEDA
Luis Rubio Bardón, Antonio Fernández Toraño y María de Álvaro, en la Escuela de Comercio. / J. PAÑEDA

Fernández Toraño repasó la biografía del Adelantado de la Florida en un acto del Ateneo Jovellanos y el Aula de Cultura de EL COMERCIO

A. VILLACORTAGIJÓN.

La de Pedro Menéndez de Avilés es «una historia apasionante». Un relato «plagado de triunfos, pero también de no pocos fracasos», según resumió ayer en el salón de actos de la Escuela de Comercio de Gijón María de Álvaro, jefa de Edición de EL COMERCIO, junto a Antonio Fernández Toraño, que presentó en ese escenario su libro 'Pedro Menéndez de Avilés, Señor del Mar Océano, Adelantado de la Florida' en un acto organizado por el Ateneo Jovellanos y el Aula de Cultura de este diario. «Una historia de aventuras, de corsarios, de piratas, de motines, de expediciones, de tribus indias, de soldados de fortuna, de mares, pero también de tierras agrestes y fabulosas», que Fernández Toraño plasma con rigor y minuciosidad en una obra en la que, de paso, «consigue recuperar la memoria de un hombre al que la historia no trató como a Cortés o a Pizarro, pero que fundó la primera ciudad de Norteamérica: San Agustín».

Porque si hay algo que defina la existencia del marino asturiano es su querencia por las empresas de resultado incierto, también en palabras del propio autor del libro: «La vida de Pedro Menéndez de Avilés es pura aventura». Y eso desde que, como recordó De Álvaro, «con ocho años, se escapó de casa y apareció seis meses después en Valladolid». Una pulsión que, con catorce, lo llevó a alistarse como grumete, mientras que, con treinta, obtuvo su primera licencia de corso y, a los treinta y uno, se embarcó en su primer viaje a las Indias.

Fue así -«a fuerza de coraje, terquedad e inteligencia natural»- como se convirtió en «el mejor marino del siglo XVI junto con Álvaro de Bazán» y como «puso la semilla de la presencia española en La Florida durante trescientos años», defendió Toraño, a pesar de que «le tocó afrontar una etapa de la historia en la que escaseaba el dinero». Y, de hecho, subrayó que, en sus 55 años de vida, Menéndez de Avilés «tuvo dos grandes enemigos». El primero, «las bancarrotas del Reino de España». El segundo, «la Casa de Contratación, su enemiga íntima», con la que tuvo graves encontronazos que incluso dieron con sus huesos en la cárcel, tal era la inquina que sus oficiales le profesaban.

A su favor, jugaron «su capacidad de interpretar las órdenes que le daban primando la eficacia, la rapidez, el ahorro de tiempo y, normalmente, también el de dinero», además de su probada lealtad a la Corona.

Así que, cuando el tifus le provocó la muerte el 16 de septiembre de 1574 en Santander, «frustró también una operación de gran calado: el socorro de las tropas de Luis de Requesens, en grandes dificultades, entonces, en la región de Amberes, a causa de la guerra con los orangistas, y la más que posible derrota de estos, pues el asturiano era un gran conocedor de aquellas aguas y del río Escalda. Y, en fin, una posible invasión de Inglaterra con la misma Gran Armada que había conseguido organizar en menos de seis meses. Pero todo esto no dejan de ser elucubraciones».

Lo cierto es que, como resumió Luis Rubio Bardón, vicepresidente del Ateneo Jovellanos, «es lamentable que en San Agustín le rindan honores y en España sea una figura tan poco conocida. Quizás debido al desconocimiento y al desinterés por nuestra historia. En parte, por los complejos derivados de la famosa leyenda negra y, en parte, por la interpretación por parte de políticos e intelectuales de sucesos acaecidos en el siglo XVI con criterios del XXI».