«Soy de Lugones con pedigrí»

Etelvino Vázquez, en el área de La Cebera, adonde acude a caminar. / PABLO NOSTI
Etelvino Vázquez, en el área de La Cebera, adonde acude a caminar. / PABLO NOSTI

Su centenaria casa y La Cebera son escenarios para crear teatro, para repasar y repensar papeles. Son el billete de vuelta irrenunciable de una vida en danza | Etelvino Vázquez tiene colocado su ordenador en el mismo lugar en el que nació

M. F. ANTUÑA

En el mismo lugar donde vino al mundo tiene ubicado hoy Etelvino Vázquez (1950) el ordenador. Pocas personas han nacido, crecido y vivido durante toda su existencia en la misma casa. La suya, en Lugones ya camino de Llanera, en El Resbalón, muy cerca de La Máquina y sus celebérrimas fabes, es la de la familia, en la que criaron a sus hijos una mujer de origen francés y un gallego que pasaba por Asturias y se quedó, es un espacio grande donde nacieron y nacen también las representaciones de Teatro del Norte. No tiene nombre esta casa con más de un siglo de historia que fue la panadería del güelu y que, requisada durante la guerra civil, se convirtió en parque de automóviles de los republicanos. Es para él mucho más que un lugar en el mundo, es el hogar con mayúsculas. «¡Esta zona cambió tanto desde que era niño! Yo aprendí a nadar en El Pozón, en el río Noreña, jugué mucho en los praos y en los alrededores, donde ahora hay chalés, naves». Aún recuerda el tranvía a Oviedo, aún recuerda lo mucho que jugó de niño y que luego siguió jugando, que es como se dice actuar en inglés, que es lo que es el teatro, el juego de ser o no ser. «Yo soy de los pocos con pedigrí de Lugones», anota el actor y director, que tiene hasta el nicho listo con vistas al Naranco, bien soleado y justo detrás del campo de fútbol.

En Lugones vive. En Lugones trabaja. Y en Lugones está La Cebera, un lugar maravilloso. Lo elige para la foto por muchas razones: «Es donde camino todos los días. Hay de todo, árboles centenarios, riachuelos y por momentos puede parecer que estás en la selva Lacandona», resume de manera gráfica. Es una antigua fábrica de explosivos recuperada como área recreativa a la que acude siempre que puede. «Cuando camino pienso, repaso los papeles», concluye.

No ha tenido una vida tranquila Etelvino Vázquez. Ha viajado tanto por trabajo que no asocia la maleta con placer -«siempre tengo que tener un motivo para viajar, ya sea banal»-, aunque todos los lugares del mundo que haya pisado le hayan aportado su poquito o su mucho de placer. Francia, Holanda, Rumanía, Moldavia, Montenegro, Egipto, Argentina, Perú, México, El Salvador... Son algunos de sus destinos. «Yo hice una función en El Cairo no sé si muy emocionante o todo lo contrario. Salía desnudo, de espaldas, y, como los egipcios no podían ver un cuerpo desnudo, salieron todos del teatro. Solo quedó dentro la Policía». Al día siguiente, repitió con un calzoncillo y se acabó el problema.

Hay tantas aventuras. Tantos escenarios. Y la magia no está en la belleza de los lugares donde plantar la escenografía, sino en la conexión que se produce con el público, ese enganche intangible, incontrolable, inexplicable. En Latinoamérica lo ha hallado con más frecuencia. «Hay gente con más ganas, con empeño, aunque las circunstancias sean malas. Hay un impulso, un voluntarismo, que no advierto aquí», remata.

Adora Argentina, en El Salvador descubrió un lugar mirando al Pacífico en el que no le hubiera importando quedarse a vivir y es, en este lado del Atlántico, un auténtico enamorado de Italia, de Ferrara, de Bolonia... Pero al final siempre hay un billete de vuelta a Lugones: «A veces fantaseo con que, cuando sea mucho más mayor, voy a buscar una casa cerca del mar, en Llanes, y hacer una vida más retirada», explica. Lo que nunca le ha tentado es la ciudad, ni dejar Asturias, porque entiende que tiene la obligación de hacer teatro aquí. Este es su lugar. Aunque haya otros muchos pendientes, como Nueva York. «En una ocasión estuvimos unas cuantas horas en el aeropuerto, pero nos vimos muy aldeanos para ir y volver hasta la ciudad. Se nos hacía muy cuesta arriba». Volverá para verlo, caminarlo y disfrutarlo.

Su vida está repleta de escenarios. Sostiene que le falta pisar más a menudo el Jovellanos y el Campoamor, elogia la cercanía y la belleza del Palacio Valdés, pero al final se queda con la Casa de Cultura de Lugones. Inevitablemente, todos los caminos conducen a casa.