Marta Robles: «No siempre tenemos a los hijos por amor»

María de Álvaro y Marta Robles, en las Tertulias del Campoamor. /  MARIO ROJAS
María de Álvaro y Marta Robles, en las Tertulias del Campoamor. / MARIO ROJAS

La escritora abrió las Tertulias del Campoamor en el Filarmónica, en un acto patrocinado por el Aula de Cultura del diario EL COMERCIO

DIEGO MEDRANO OVIEDO.

Marta Robles se siente querida en Asturias («Toda la familia de mi marido es de aquí aunque tengo más familia de adopción en Gijón») y siempre supone para ella un lujo encontrarse en Asturias. La definición de María de Álvaro, jefa de Edición de EL COMERCIO y presentadora del acto, hizo mella en su semblante: «Comunicadora nata, es de las periodistas que entran en tu casa por la tele o el papel impreso para sentarse en el sofá y no moverse». Siete novelas en su amplia trayectoria literaria (desde el año 1991), unos estudios de periodismo pagados por ella mientras trabajaba («Mi familia solo me daba a escoger entre derecho o económicas») y una pasión por la literatura que excede fronteras, horarios o condiciones de cualquier género. De Alvaro quiso incidir en esa línea: «No es una cara conocida de la tele que escribe un libro».

'La mala suerte' (Espasa) es novela policiaca, pero todavía más novela enigma. Manifestó Robles su predilección por la 'domestic noir' (investigaciones llevadas a cabo sin nadie profesional de la policía) y sus deudas con los escritos terroríficos que escribía durante los años escolares con las monjas. Nunca quiso ser periodista sino escritora pero, una vez inoculado el veneno, siente no poder dejarlo. Conjuga en sus días y afanes el periodismo como una forma de cambiar el mundo («Siempre a través de la denuncia») y tal vez la literatura como el mejor modo de sentirse en el mundo. Distingue la novela policial (Poe, Holmes) de la novela negra (Chandler, Hammett) donde, «en ésta última, a partir del crac de los años 20, ya no hay solo la resolución de un enigma como en la primera, sino todo un tejido de buenos y malos, radiografía contundente de la sociedad». Sigue, al dedillo, la poética de Borges: «Los académicos no se toman en serio la novela policial porque no es lo suficientemente aburrida».

Ficción, pues, que busca hacer justicia, el tema de los desaparecidos no solo como tema local («Cada comunidad autónoma tiene uno») unido al tema del egoísmo o generosidad que supone la paternidad o maternidad. Un corresponsal de guerra en el ajo, la guerra de los Balcanes como elemento de crueldad indispensable, los juicios aledaños emitidos sobre presuntos culpables («Todos empezamos a tener opinión de lo que sucede en torno a los personajes de una desaparición») y la maldad o bondad sin etiquetas que, en momentos dados, podemos padecer sin excepción frente a determinadas circunstancias.

«Los académicos no se toman en serio la novela policial porque no es lo bastante aburrida»

Canto a Vázquez Montalbán (a través del detective Roures, «de vida turbia y mochila cargada») y el grueso de un tejido de temas de máxima actualidad en cascada: maltratos no reconocidos por sus víctimas, la adolescencia como problema de inestabilidad en el hogar y cóctel de hormonas («El adolescente quiere pertenecer a algún sitio y hace cualquier cosa por conseguirlo»), paseo minucioso por el filo de la navaja, para acabar en la excusa literaria del conjunto, que sintetizó y desarrolló a partir de la pregunta: «¿A qué estamos dispuestos con tal de ser padre o madre?».

Tres conclusiones generales, a partir de las anteriores premisas, en su exposición brillante e hilvanada sin excesos: «Traemos los hijos al mundo, pero no siempre es por amor», «a los hijos los tenemos no por ellos, sino por nosotros mismos» y «el deseo de ser padre o madre no siempre hace al individuo más feliz». Los hijos como negocio a lo largo de la historia («Desde la Biblia») y otro negocio hoy con ellos como protagonistas: adopción, fecundación in vitro, gestación natural, etc. Novela también, finalmente, sobre los entresijos del arrepentimiento y la escucha: «Desconfío, a cierta edad, de quien no se arrepiente de nada».