Lopez-Otín: «La muerte de los ratones del bioterio es tan excepcional que no puede ser algo casual»

Carlos López-Otín, en Oviedo, donde atendió a los medios por la presentación de su libro / P. LORENZANA
Carlos López-Otín, en Oviedo, donde atendió a los medios por la presentación de su libro / P. LORENZANA

Otín, que quiere «pasar página y no buscar venganza», calcula que tendrán que trabajar cinco años para volver al lugar en el que estaban

MIGUEL ROJO OVIEDO.

Atendía por teléfono a un periodista de Zaragoza, sentado en un butacón del Hotel de la Reconquista, y se reconocía cansado cuando nuestro fotógrafo le pedía que posase para la cuarta entrevista del día, aún le quedaban otras tantas y temía no llegar a una comida que tenía con su hijo. A su lado, como un guardaespaldas, el responsable de la editorial Paidos, con la que publica 'La vida en cuatro letras'. «Estoy muy contento, está el primero en ventas en divulgación y en ensayo», celebraba Carlos López-Otín mientras se acomodaba para atender a EL COMERCIO. La primera pregunta, casi obligada. ¿Como se encuentra? La respuesta, la que viene contando estos días. «Decepcionado, descorazonado, desubicado, sin 'ikigai' -la palabra japonesa que significa 'propósito de vida'-, pero esperanzado». Porque a pesar de todo lo que le ha pasado, de la exposición pública, de la «persecución», de la depresión y del aislamiento voluntario, el científico de la Universidad de Oviedo asegura que dedica«la mañana a dar clases y la tarde a pensar en cómo podemos desarrollar proyectos in vitro, sin animales vivos, para retomar cuanto antes nuestras investigaciones». Lo dice porque los 6.000 ratones del bioterio de la Universidad de Oviedo, en los que se concentraba el trabajo de 20 años, sufrieron una infección que derivó en el sacrificio de todos los animales.

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Otín, en este caso, lo tiene claro. «Que se produzca esa infección es algo tan excepcional que no puede ser casual. Pregunta en qué laboratorio ha pasado eso y verás que en ninguno. Y es aún más excepcional que haya sucedido en el momento en el que sucedió, cuando yo estaba siendo víctima de una campaña de acoso y derribo», se sincera. ¿Me está diciendo que alguien hizo enfermar sus ratones? «Yo lo llamo aniquilación. No voy a buscar culpables ni a pedir explicaciones, quiero pasar página, porque el daño está hecho, y no solo a mí, sino a todos los que trabajaban conmigo, pero prefiero mirar al futuro. Como dijo Sidney Brenner, Nobel recientemente fallecido, todo lo que tiene más de un par de días es historia antigua. Quiero pasar página, no buscar venganza».

Así las cosas, ¿cuáles son los pasos para recuperar todo lo perdido? «Lo primero, ocuparme de mis estudiantes de doctorado. Son los número uno de Asturias y tengo que animarles y transmitirles que yo tengo fuerza para recuperar todo el tiempo perdido. Lo segundo, recuperar el bioterio. Se ha dicho que todo está arreglado y es cierto que está ya limpio, pero claro, está vacío. Obviamente no somos tontos, y tenemos congelados embriones de todas las cepas de ratón con las que estábamos trabajando, pero calculo que hemos perdido unos cinco años de trabajo y que tardaremos cinco más en recuperar el nivel que tenía el laboratorio. Hay que dedicarse a descongelar esos embriones, volver a generar ratones modificados genéticamente, que vayan naciendo y crear colonias lo suficientemente numerosas como para volver a poder trabajar en ellas, algo que nos llevará un par de años. Los ratones viven unos tres años, que son los que dedicamos a trabajar sobre ellos. Nos queda mucho por delante». Si antes dormía cuatro horas diarias, ahora, dice «no duermo». Apenas una hora. Y es que dedica el tiempo «a pensar», a buscar soluciones, a rehacer su vida y su trabajo. «Hay que rescatar las ruinas», resume. Y recuerda a Eduardo Galeano, uno de sus autores favoritos, para tratar de explicar cómo se siente. «Cuenta la historia de un músico ambulante al que asaltan en un pueblo, lo desnudan, le dan una paliza, le quitan el laúd y las mulas, pero aún así, sonreía. '¿Por qué sonríes?', le preguntaban. 'Porque no podrán quitarme la música', contestó. Pues bien, mis estudiantes son mi música, ellos son mi motivación para volver».

«Hoy es la última vez que hablo del pasado», dijo antes de subirse al coche y acudir a la cita con su hijo. ¿Puede decirme cuáles han sido los ocho días más felices de su vida, que son los que dice que ha tenido hasta el momento? «Son demasiado personales, pero puedo decirte que salvo el día en el que me dieron el Premio Aragón, todos han sido en Asturias, el último en Salinas, viendo atardecer. También que el día de la boda de mi hija, por culpa de todo esto, no pudo ser uno de ellos».