La muerte en colores vivos

Oviedo Filarmonía y el Orfeón Donostiarra, ayer, sobre las tablas del Auditorio Príncipe. /
Oviedo Filarmonía y el Orfeón Donostiarra, ayer, sobre las tablas del Auditorio Príncipe.

El Orfeón Donostiarra y Oviedo Filarmonía interpretaron un 'Réquiem' de Verdi monumental

RAMÓN AVELLO OVIEDO.

Nada más vivo que la 'Misa de Difuntos', de Verdi. Se ha dicho que su 'Réquiem' es 'ante mortem', y que el protagonista no es Manzoni, sino el ser humano vivo, que se angustia, se exaspera y protesta por la inevitable muerte. El 'Réquiem' de Verdi no es una meditación sobre la muerte, sino un grito contra ella. A veces, este grito se atempera, por ejemplo en el 'Kirie' o el 'Agnus', pero fundamentalmente prevalece el sentido del drama humano -temor y rebeldía- que evoca el 'Dies Irae'. Precisamente por estas cualidades dramáticas, no muy alejadas del mundo teatral verdiano, se ha dicho que el 'Réquiem' es una ópera vestida con un traje eclesiástico.

La teatralidad radical del 'Réquiem' transciende a unos personajes operísticos concretos, para elevarse a una escala universal que abarca a toda la humanidad. Probablemente esa sea la clave de la emoción que provoca el 'Réquiem' y que ayer, bajo la dirección de Marzio Conti al frente del 'Orfeón Donostiarra' y Oviedo Filarmonía, se volvió a revivir, en un Auditorio Príncipe abarrotado de público.

Para Oviedo Filarmonía es un reto abordar esta obra que excede la composición de la propia orquesta. Conti buscó el contraste, en dinámicas y tiempo, y fue fiel al sentido envolvente y estereofónico en los pasajes del 'Tuba Mirum', con las trompetas situadas en los laterales del auditorio. Sin embargo, el equilibrio y el empaste orquestal no siempre estuvo bien trabajado. Dinámicas en fuerte expresivas pero desflecados, rotos, frente a otros pasajes de una sonoridad, especialmente en las cuerdas, demasiado velada.

El 'Réquiem' es una obra eminentemente coral. La hondura expresiva de la obra nos la da fundamentalmente el coro y la soprano. Respecto al coro, el Orfeón Donostiarra nos ofreció una versión de un gran impacto sonoro, bellísima por la variedad, la emoción, el empaste y la afinación. Conmovedores los pianísimos extremados, casi confundidos con el silencio, pero perfectamente audibles en la sección inicial del 'Réquiem'. Impresionantes las dinámicas exaltadas, rotundas del 'Dies Irae'. Tersas, equilibradas, vibrantes, las secciones fugadas del 'Sanctus' y del 'Liberame Domine'.

En definitiva, una versión coralmente perfecta. De los solistas, mejor cuando cantaban en las secciones individuales que en los concertantes. Gustó mucho la mezzo Marianne Cornetti, con un registro medio y grave de gran solidez. Correctos el tenor Vittorio Grigolo y el barítono Carlo Malinverno y sobresaliente la soprano americana Ángela Meade, que cantó con lirismo, exquisita elegancia vocal y esa expresividad suplicante que recorre el 'Liberame domine'.