'La Bohème' despide la temporada de ópera con ovaciones

Cae la noche sobre la plaza de un Café Momus que Sagi ha situado a mediados de los años setenta. En la imagen, la soprano valenciana Carmen Romeu en el papel de Musetta./
Cae la noche sobre la plaza de un Café Momus que Sagi ha situado a mediados de los años setenta. En la imagen, la soprano valenciana Carmen Romeu en el papel de Musetta.

El público ovetense se rindió a los cantantes, que demostraron una gran solvencia vocal y cosecharon varios 'bravos'

OVIEDO.

'La Bohème' de Giacomo Puccini es la ópera que más veces ha subido a escena en el Campoamor y ayer cerró la 68 temporada operística entre 'bravos' y ovaciones de un público ovetense rendido a la solvencia vocal del elenco, que cosechó varios 'bravos', y a la dirección musical de Marzio Conti.

Los aficionados de mayor edad recordarán a cantantes como Pavarotti, Mirella Freni, Jaime Aragall o el joven Carreras, que habían puesto muy alto el listón interpretativo, pero 'La Bohème' que anoche se disfrutó en el teatro ovetense, producida por la Ópera de Oviedo y con esta versión del escenógrafo Emilio Sagi que ya se puede considerar clásica no se quedó atrás y el respetable rió, se emocionó y, en suma, disfrutó de una representación en la que no hubo altibajos de ningún tipo. Y, de ahí, los generosos minutos de aplausos y los 'bravos' finales, que no se escatimaron.

'La Bohème' ya se había representado, con ligeras modificaciones en el vestuario, en los años 2000 y 2008. Y asistir de nuevo a esta ópera es como un vuelta, un regreso, con la inevitable carga de melancolía que siempre tienen los retornos. Y es que a ella se vuelve con ese espíritu de la nostalgia tan bien descrito por Gil de Biedma: 'Volver pasados los años / hacia la felicidad / para verse y recordar / que yo también he cambiado'.

No hay 'Bohème' sin ese leve subrayado de nostalgia y la propuesta de Emilio Sagi ahonda en ella, trasladando la acción del siglo decimonónico y romántico a finales de los sesenta del pasado siglo, o, como se sugiere por algunos cambios del vestuario, unos pocos años después, para coincidir con el inicio de la década del desencanto, a principios de los años setenta.

El diseño de la escenografía, con los tres decorados de un limpio realismo que representan la buhardilla abierta, la imagen nocturna de la plaza del Café Momus y la barrera del Enfer, una de las entradas a París que aquí nos recuerdan a uno de esos apeaderos solitarios de tren, son obra del artista ovetense Julio Galán.

En estos espacios se mueven, con proverbial naturalidad, los personajes de la acción. Porque Sagi busca en la dirección escénica esa difícil unión entre una proyección intimista, lírica, dialogante, con una multitud dispersa, pero ordenada.

La difícil y abigarrada escena en el Café Momus en el segundo acto, todo un trozo de vida del Barrio Latino, con sus niños jugando, clientes consumiendo, jóvenes discutiendo y una multitud que pasa, encaja con precisión y naturalidad. Al igual que la sensibilidad melodramática pero también hondamente emotiva del cuarto acto.

Era, además, la primera vez que Marzio Conti dirigía a Oviedo Filarmonía en 'La Bohème', una obra comprometida para la orquesta, tanto por el arropamiento vocal, muy exigente, como por el ritmo escénico y la riqueza tímbrica. Y consiguió proyectar relieves dinámicos, tiempos muy fluidos, matices muy delicados, haciendo de la orquesta una coprotagonista directa de la acción. El éxito de esta 'Bohème', sin duda, pasa por la batuta del director de Oviedo Filarmonía.

También el Coro de la Ópera de Oviedo, bajo la dirección de Enrique Rueda, quien sustituye a Patxi Aizpiri, desempeñó su papel con corrección musical y dramática. Mientras que fue muy aplaudido el coro infantil de la escuela de música Divertimento, con una actuación no solamente muy simpática en cuanto a las escena, sino también muy bien empastada en sus cantos infantiles.

En cuanto al elenco, varias de las principales voces de 'La Bohème' debutaban, asimismo, ayer en el Campoamor. En primer lugar, Erika Grimaldi, que hace una Mimí encantadora, con un toque de candidez y, además, con una interpretación vocal de primer orden. Ya fue muy aplaudida en su aria 'Si, Mi Chiamano Mimí', cantada con expresividad, homogeneidad en toda la tesitura y agudos poderosos, pero también deliciosamente sutiles.

El tenor Giorgio Berrugi, también debutante, es un Rodolfo convincente. Mejor en el tercero y cuarto actos que al principio, cuando estuvo más vacilante, aunque su voz tiene siempre un timbre precioso.

La soprano valenciana Carmen Romeu, en cambio, está muy familiarizada con el rol de Mussetta, a la que le da, además de voz, fuerza y corazón. Y su momento estelar es toda la compleja escena del vals 'Cuando me'n vo', cantando con brillantez y un sentido muy expresivo de la línea vocal. Pero, frente a esa Musetta poderosa, está la Musetta delicada, sensible, del cuarto acto, muy bien interpretada por Romeu.

Damiano Salerno encarna al pintor enamorado de ella. Su voz es de un barítono con mucha facilidad para el agudo, lo que, en ocasiones, le hace sonar brillante, casi atenorado. Hace un Marcelo muy convincente, de fuerte personalidad e, indudablemente, muy atractivo.

En cuando al bajo Andrea Mastroni, fue un Colline contundente ya desde el principio, pero, sobre todo, es en 'Vechia cimarra' donde hace una interpretación de gran fuerza y emotividad muy aplaudida por el público del coliseo ovetense.

Porque esta 'Bohème', aunque bien conocida por los aficionados asturianos, siempre depara sorpresas, puntos de innegable atractivo y detalles que conmueven y emocionan al respetable. Todo un broche de oro a la 68 temporada.

 

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