Diana Navarro arrasa con 'Resiliencia'

Diana Navarro, en un momento de su concierto, anoche, en el Teatro Jovellanos.
/PALOMA UCHA
Diana Navarro, en un momento de su concierto, anoche, en el Teatro Jovellanos. / PALOMA UCHA

La cantante malagueña conquista con su gran voz al público del Teatro Jovellanos

DIEGO MEDRANO GIJÓN.

Diana Navarro arrasó ayer en el escenario del Jovellanos con 'Resiliencia', al igual que ha hecho en los teatros de media España. Voz de humo en ocasiones, ajuste de cuentas consigo misma, supervivencia animal y coraje frente a los mayores asedios. No solo es terapia, según algunas letras, sino otra forma de estar en guardia. No quererse nada para volver a hacerlo y reencontrarse con la vida sin duelo alguno. Tiene el mareo de vocales y consonantes del sur, trece canciones de dolor al mismo tiempo que de mirar firme y luminoso, tratadas como poemas, sin excesivos giros o bailes sobre el escenario, con importante carga metafórica tema por tema: 'El perdón' (traición y la impunidad de quien se aprovecha en lances amorosos), 'Yo me voy a querer' (resolución tras los numerosos palos de la vida), 'Eres tú' (el amor verdadero), 'Haz conmigo lo que quieras' (descaro fuera de todo pudor), 'Los niños, no' (el trueque sentimental), 'La revolución del amor sincero' (amor desde la libertad con independencia de la persona que se ama), 'Olivia Ovidia' (emigración)...

La marca de la casa es el inevitable quejío flamenco, ('Que sí, que sí', 'Desnuda vengo aquí' o 'Ni siquiera nos quedó París') y aunque la ausencia de copla andaluza es palmaria, ella se siente deudora de la música tradicional y volverá a ella. Completa lidia al natural sin disfraces: melancolía, la rabia o felicidad de estar triste, reencuentro con la luz, purga y mundo nuevo. Ya desde el título, canciones que no obedecen a estribillos facilones y pegadizos, a morralla comercial sin criterio, sino todo lo contrario, temas pequeños que en el escenario se hacen grandes, voz baja y confesional de una artista que nos cuenta su vida sin golpes de manera natural, escritura medular de sí misma ajena a intermediarios.

Simpatía, complicidad con el público donde el pop, a ráfagas, se carga de acentos electrónicos. Hay una raíz íntima a saeta, flamenco, zarzuela o lírica en sus temas más modernos. En el concierto de ayer, lleno de emotividad, no faltaron sus propias lágrimas. Sorprendió al público que completó tres cuartos de la entrada con tres trajes que fueron del rojo al blanco en un viaje alegórico sobre un escenario que evocaba un camerino. Una escena cargada de simbolismo en un puro viaje al optimismo.

Hilo de voz, ausencia y resentimiento, instrumentación por debajo de todos los colores de la soledad y espera. La sorpresa del amor festivo, en pugna con lo anterior, dramatización distinta al género. Optimismo en temas desnudos ('Me amo y me acepto completamente') junto a la fábula de personajes inventados donde el fin de fiesta es otra vida ('Angelito de canela'). También cantó 'La reina de occidente', en cuyo vídeo sale mostrando la bandera LGTBI, que remató con la canción de Mecano 'Mujer contra mujer', en un claro homenaje al colectivo gay.

La reconstrucción de Navarro en 'Resiliencia' también es travesura. El disco, por arriesgado, igual estaba llamado a no conectar con las mayorías, pero su condición de animal de escenario lo convierte en un vehículo comunicativo perfecto.

Estuvieron ayer en Gijón todas las Dianas: la humilde y carnal, la cazadora y atrevida, la igual y distinta, la flamenca y actriz, la elegante y resiliente. Y también la que no duda en contentar a su público atendiendo peticiones como cantar 'Campanera', 'Camino verde' e incluso 'Asturias, patria querida'. Todo para que su público acabara aplaudiendo a rabiar.

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