«En Japón me tratan como a los Beatles»

El tenor peruano Juan Diego Flórez actúa el día 16 en Oviedo. / EFE
El tenor peruano Juan Diego Flórez actúa el día 16 en Oviedo. / EFE

Considerado uno de los mejores cantantes del mundo, actuará en Oviedo el 16 de junio tras aplazar su recital por una traqueolaringitis

A. VILLACORTA GIJÓN.

Juan Diego Flórez (Lima, 1973) iba para cantautor, pero se convirtió en uno de los mejores tenores del mundo. El peruano, extremadamente exigente con su voz, tenía previsto ofrecer un recital en el Auditorio Príncipe Felipe el pasado 26 de mayo, pero se vio obligado a aplazarlo al 16 de junio debido a una traqueolaringitis. Aún carraspea al teléfono desde su domicilio vienés.

-Una obligada: ¿cómo está?

-Pues ya mejor. El sábado tengo la primera función de 'Manon' en Viena y bien, mejorando.

-Tengo entendido que iba para estrella del pop...

-(Ríe) Actuaba en piano-bares, festivales, televisión... Tenía quince, dieciséis años. Esos fueron mis dos años de actividad pop. Pero, después, entré al Conservatorio, descubrí la ópera, me gustó cómo sonaba mi voz y me dije: «Esto es lo que quiero hacer».

-Su madre estaba preocupada porque su hijo iba a ser pobre toda la vida y ahí está: triunfado en los mejores teatros del mundo.

-Sí. Mi madre y mi padre habían sido cantantes de música peruana y eso no nos había sostenido económicamente, así que cuando le dije que me quería dedicar a esto, ella puso el grito en el cielo: «¡Ay, hijo!». Pero yo le dije: «Mamá, no te preocupes. Todo va a ir bien». Y así fue.

-Pasado el susto, ¿le apoyaron?

-Siempre. Teníamos un carro destartalado por el que nos dieron mil dólares, que era una fortuna para ese carro, y con eso pude volar a Estados Unidos a formarme. Y luego todo fue muy vertiginoso y muy inesperado. El primer teatro en el que canté fue la Scala. Tenía 23 años. Nadie se esperaba eso. Resulta que en febrero o marzo había estado allí de visita, como turista. Y dije: «Aquí voy a cantar en diez años. Van a ver». Pero ya estaba cantando allí ese mismo diciembre.

-Ha dicho que la voz no lo es todo. ¿Cuál es entonces el secreto?

-No. La voz no es lo principal. Es una combinación de cosas. Yo sigo a cantantes jóvenes a los que ayudo. Hay algunos que tienen unas voces impresionantes, pero muchos sé que nunca van a llegar a nada porque no tienen otras cosas. Lo principal es la capacidad de comunicar, de emocionar, de contar una historia. Evidentemente, la técnica vocal debe estar ahí, porque cantas para 3.000 o 4.000 personas, sin micrófono, y tienes que sonar más que una orquesta de setenta músicos tocando a más no poder. Pero, además, tienes que emocionar. Eso marca la diferencia.

-Y afirma que la plenitud vocal llega en la treintena. ¿Y después qué?

-(Ríe) La clave es el cuidado. Puedes tener 46 años como yo, pero la voz intacta. El cambio vocal ocurre en la segunda mitad de la treintena y eso te puede dar lugar a cambiar el repertorio. En mi caso, he abordado el repertorio francés romántico y eso es una oportunidad. Si uno tiene inteligencia y cuida la voz, puede cantar muchos años a un nivel alto y que todo el mundo te quiera contratar.

-Como usted, que a final de año debutará en China. En Asia casi lo idolatran.

-En Japón me pareció que me trataban como a los Beatles. Incluso tenía que salir por atrás en el hotel, pero ahí seguían, con fotos, cámaras de filmar... Te perseguían. Allí hay un grupo de seguidores operísticos muy fans. Viven la ópera muy intensamente.

-¿Ha renunciado a muchas cosas para llegar hasta donde está?

-(Ríe) No. Al contrario. Tengo mucha suerte. Hago lo que me gusta, que es cantar, decido cuándo quiero cantar qué cosa... He fundado Sinfonía por el Perú para ayudar a los niños más desfavorecidos y eso me da mucha satisfacción. Y tengo a mi familia, a mis dos hijos. El que tiene ocho años toca el violín. Y la pequeña, que tiene cinco, toca el piano. Los dos cantan y hacemos música de vez en cuando todos juntos. La música es lo mejor.

-A su nivel, ¿afectan las críticas?

-Suelen tratarme bien, pero las que me interesan son las que dicen algo malo. Esas son las que me gusta leer porque son las que te pueden hacer mejorar. Y, a veces, tienen razón.

-¿Está harto de cantar 'La fille du régiment', que le obliga a dar nueve dos de pecho casi consecutivos?

-No. Lo sigo haciendo al final del concierto. No me aburro porque siempre está el desafío de poder hacerlo mejor. La pregunta, el signo de interrogación: «¿Lo podría hacer mejor?». Eso siempre es una puerta abierta. Y luego, tras doce arias, canto algún tema peruano a modo de bis con la guitarra. Cambio de ambiente, hago algo mío y a la gente le encanta.