Muere a los 76 años el cantante Scott Walker, ídolo pop y arriesgado vanguardista

C. BENITO BILBAO.

Entre 'The sun ain't gonna shine anymore' -el gran éxito internacional de The Walker Brothers- y 'Soused' -el álbum de Scott Walker en colaboración con la banda de metal de vanguardia Sunn O)))- no solo hay cuatro décadas de distancia, sino también un abismo estilístico que puede servir de ayuda en el intento de acotar la carrera del vocalista, fallecido ayer a los 76 años. El músico, nacido en Estados Unidos y nacionalizado británico, fue en su juventud un ídolo pop que encabezaba listas y sufría el asedio de las fans: lo consiguió sobre todo al frente de su banda (ni eran hermanos, ni ninguno de ellos se apellidaba Walker), pero también con unos primeros álbumes en solitario que lo convirtieron en artista de culto. Sin embargo, a partir de 'Climate of hunter' (1984) y, sobre todo, del enigmático 'Tilt' (1995), Walker se transformó en un ermitaño que grababa discos experimentales, oscuros, exigentes, desconcertantes incluso, en los que su melodramática voz de barítono se arropaba con música clásica contemporánea y texturas industriales.

«La gente dice que están a años luz de distancia, y en muchos sentidos lo están, pero creo que se puede encontrar un hilo», defendía el huidizo músico en una entrevista con la revista 'The Wire'. Ciertamente, ya en su momento de mayor éxito comercial, durante la segunda mitad de los 60, Walker era una figura atípica que escuchaba a Bartok y leía a Sartre, con unas inquietudes artísticas que la maquinaria de la industria no le permitía desarrollar. Ayer, cuando el sello 4AD difundió la noticia de su fallecimiento, se multiplicaron las reacciones de admiradores como Thom Yorke: «Fue una influencia enorme en Radiohead y en mí mismo -escribió el vocalista británico- y me enseñó cómo podía usar la voz y las palabras».