La OSPA navega en un mar de contrapunto

Baldur Brönnimann, al frente de la OSPA en el Teatro Jovellanos. /  AURELIO FLÓREZ
Baldur Brönnimann, al frente de la OSPA en el Teatro Jovellanos. / AURELIO FLÓREZ

La orquesta asturiana ofrece en el Jovellanos un vibrante concierto con Vadim Kholodenko al piano

RAMÓN AVELLO GIJÓN.

'Lenguajes propios I'. Bajo ese título compareció ayer la Orquesta Sinfónica del Principado en el Teatro Jovellanos, en Gijón, para ofrecer su noveno concierto de abono. Lo hizo bajo la batuta de Baldur Brönnimann, un director suizo que ha desarrollado su labor en diferentes formaciones, sobre todo del ámbito europeo. Como solista, la orquesta contó para este recital con Vadim Kholodenko, un joven pianista ucraniano que desde muy niño dio muestra de su maestría, lo que le ha llevado a actuar en China, EE UU, Hungría y Croacia cuando contaba solo con 13 años. Desde entonces, han llegado las victorias en concursos internacionales, las distinciones y también las grabaciones en solitario, formando así una sólida carrera. Una formación de lujo para interpretar 'Música fúnebre', de Lutoslawski; 'Concierto para piano número 3', de Bartók; y 'Sinfonía nº 3 en do mayor', op.52, de Sibelius.

Al principio del concierto Baldur Brönnimann se dirigió al público para dar unas breves pinceladas sobre la obra de Lutoslawski. La música fúnebre fue compuesta como homenaje a Bartók y contiene elementos de este compositor. «Es una obra que abrió la música de Lutoslawski a un estilo serial». Efectivamente el tema inicial de la música fúnebre procede del 'Concierto para cuerda, celesta y percusión', de Bartók. La obra, estructurada en tres movimientos contínuos, tiene un clima agobiante, muy expresivo y es fundamentalmente una composición contrapuntística, melodías individuales en diferentes instrumentos. La dirección de Baldur Brönnimann en esta obra para orquesta de cuerda fue muy atractiva y es la primera vez que la OSPA la interpreta.

Vadim Kholodenko es un pianista de una precisión y riqueza de matices absoluta. Su versión del concierto de Bartók proyectó en el primer movimiento ciertas cualidades magiares en un diaólogo continuo con la orquesta. El adaggio religioso volcó una expresividad intimista dando al piano un timbre muy similar a las sonoridades de campana y parafraseando un tema pentacorto que pasa siempre de la orquesta al piano. En el tercer movimiento, más que el virtuosismo, que por supuesto lo tuvo, lo más destacable es esa claridad y luminosidad con el que el piano incluso se superpone al grupo orquestal. Es curioso que esta obra que Bartók no terminó por la muerte y que compuso en unas situaciones penosas sea de una alegría y una vivacidad muy destacada. Tras los aplusos el pianista interpretó un aire de Chacona, de Henry Purcell. En la segunda parte Brönnimann dirigió con precisión, quizá demasiado riguroso y con tiempos muy marcados la 'Tercera sinfonía' de Sibelius, uan obra que se considera 'La postoral' nórdica.